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En pleno siglo XXI, el tabú se ha perdido por completo gracias al gran cambio generacional que se ha producido en la sociedad. Y esto se refleja perfectamente los medios, donde la pederastia, las violaciones y los asesinatos están a la orden del día. Ahora podemos hablar tranquilamente de cualquier tema sin pudor. Si antes no se podían mencionar temas como el porno o la homosexualidad por la vergüenza que podía originar, ahora se habla de ello sin miedo. Temas que antaño no podían ser mencionados y que ahora se han convertido en tema habitual.

En 2012, un año de grandes películas, el director danés Thomas Vinterberg nos sorprendió con una cinta desgarradora en la que nos mostraba lo mejor de si mismo. Un Vinterberg cercano al de Celebración. En este trabajo el director danés abordaba un tema tan complicado como el de la pederastia, y lo hacía de manera magistral, consiguiendo llevar al espectador a la lágrima. Esa película de la que os hablo es La caza, protagonizada por un Mads Mikkelsen en estado de gracia en la mejor actuación de su carrera.

En La caza, Mikkelsen interpretaba a un padre de familia bonachón, que nunca tenía problemas con los demás, convirtiéndose así en un hombre solidario para el pueblo, una buena persona. Pero la estima de estas personas hacia el personaje de Mikkelsen se esfumará cuando sale a la luz un tema muy controvertido que saca la furia de todos: el abuso a una niña. A partir de ahí, el protagonista caerá a los peores infiernos, convirtiéndole en un extraño, un monstruo que todos desconocían. El principal causante de esto: una niña.

Los niños nunca mienten. Ese dicho sobre el que gira la película en toda la película, al igual que lo hacía John Patrick Shanley en La duda. Los niños nunca mienten, pero, ¿es eso cierto?. Un niño es inocente por naturaleza, por eso damos por hecho que todo lo que diga es cien por cien verdad, pero las confusiones pueden ser un arma de doble filo. La incertidumbre que embriaga la cinta de Vinterberg bebe directamente de otra película de hace 55 años realizada por William Wyler: La calumnia.

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Aunque no llego a comprender por qué Wyler no es un director muy conocido por la gente, por lo menos su filmografía, ya que su gran obra es Ben-Hur, que llegó a conseguir 11 premios Oscar. Después de haber ganado esos 11 Oscars, el director nacido en Mullhouse se puso en marcha para realizar La calumnia, eligiendo a dos actrices que estaban en la cumbre de toda su carrera: Audrey Hepburn, repitiendo de nuevo con Wyler después de Vacaciones en Roma y Shirley MacLaine, que un año antes había interpretado a uno de los personajes más recordados del Séptimo Arte, el de Kubelik en El Apartamento. Ambas interpretan a unas jóvenes profesoras de una exclusiva escuela para niñas. Una de ellas, la interpretada por Hepburn, está comprometida con un buen hombre. Todo va bien hasta que las circunstancias dan un giro inesperado debido a dos niñas, algo que nos recuerda nuevamente a La caza. Si en aquélla se hablaba del abuso a menores en esta todo gira en torno a la homosexualidad, algo que en la época (los años 60) era inconcebible. Este hecho hace que las profesoras queden relegadas a la marginalidad, las sitúa a ambas en el punto de mira.

Hepburn y MacLaine sufrirán por desmentir esa homosexualidad de la que han sido acusadas por el ataque vengativo de una niña irresponsable, una pequeña llena de maldad a la que le mueve la rabia que ha ido acumulando por los diversos castigos recibidos durante su estancia en el colegio. Esta niña consigue revolucionar a una pequeña población, y no lo hace sola sino con la ayuda de otra inocente niña que no sabe distinguir entre el bien y el mal. Este será el tema sobre el que girará el resto de la película, y que  no sólo hará sufrir a las dos protagonistas, sino también al propio espectador. Y esa angustia tan bien transmitida se debe en buena medida al portentoso guión de Lillian Hellman, un texto escrito con una crudeza desgarradora, sin ñoñerías, que expone un caso de la manera más realista posible y que nos hace reflexionar acerca de la veracidad de los bulos que nos rodean en nuestro día a día. Los personajes que crea Hellman son los idóneos para Hepburn y MacLaine, consiguiendo que ambas representen la dulzura y la inocencia a la perfección, una actitud que se va marchitando hasta que ambas confiesan sus sentimientos como si se tratara del final de toda su existencia.

Como digo al principio de la crítica, hay tabús que con el tiempo se han perdido y que nosotros hemos adoptado como temas normales, y la homosexualidad es uno de ellos.