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Si ha habido en la historia del cine un director con una carrera harto heterogénea tanto en estilo como en temática, ese ha sido William Wyler. Capaz de desafiar al mismísimo código Hays y sus normas de moralidad en el cine hablando de infidelidades; de pasar de los melodramas más intensos con la diva Bette Davis en Jezabel, La carta o La loba a westerns con Gary Cooper y al antibelicismo de Los mejores años de nuestra vida; de descubrir a todo un icono de dulzura en Vacaciones en Roma a arrasar con todos los Oscar a los que optaba en la ceremonia de 1960 con la monumental Ben-Hur. En ocasiones se ha tachado a Wyler de ser un director sin un estilo propio debido precisamente a esa diversidad de géneros, sin entender que su grandeza reside justo en haber creado una obra plural en la que su capacidad para saber contar una historia va más allá de marcas o métodos personales y reconocibles como los de alguno de sus colegas coetáneos que fueron más fácilmente identificables en sus películas. Esa falta de uniformidad temática en su filmografía, hizo que a dos películas tan épicas como Horizontes de grandeza y Ben-Hur le siguieran otras dos totalmente alejadas de esa suntuosidad en favor de dos trabajos en los que el drama psicológico y el peso interpretativo de los actores fueran los dos pilares recios en los que se sustentaban. Por un lado, en 1961 llevo a la gran pantalla la controvertida obra teatral de Lillian Hellman La calumnia, y por otro, en 1965 cruzó el Atlántico para rodar su primera y única película en Inglaterra adaptando la primera novela del escritor británico John Fowles.

El coleccionista es una de las primeras películas que sentó las bases para la descripción de personajes con una psicopatía que deriva en una conducta obsesiva, hasta el punto de secuestrar al objeto de su obsesión. Sin embargo, lo que a lo largo de los años ha ido derivando en películas y series de televisión en las que la psicología del criminal sólo se tiene en cuenta por los investigadores para capturarle, aquí es el pilar en el que se fundamenta toda la historia. Fiel a la novela al contarse en off en primera persona, escuchamos los pensamientos de Freddie, un pusilánime empleado de banco que acaba de ganar la lotería, con respecto a su concepción del amor. Tal como hace con las mariposas que colecciona, Freddie observa y estudia con precisión cada detalle que le atrae de su amada para poder proporcionarle un marco acogedor dentro del cual poder mirarla, y al igual que a aquellas hay que mantenerlas lejos de la luz directa del sol y en un recipiente hermético para mantener vivos sus colores, encierra a Miranda para mantenerla pura y bella. Una belleza que sabe inalcanzable pero a la que desea observar con la esperanza de que algún día ella también le observe y vea en él ese otro tipo de belleza ajena a la simple percepción visual. Sólo cuatro palabras bastan para que entendamos el verdadero propósito de Freddie al raptar a Miranda: “Quiero que me conozcas”, le dice tras ofenderse porque ella piense que si no la retiene por dinero, es por sexo.

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Wyler recrea fielmente el ambiente y la cultura pop british que se encontraba en plena ebullición en la década de los 60 en Londres, como marco para un duelo interpretativo entre Terence Stamp y Samantha Eggar. Salvo un par de escenas en las que aparece un tercer personaje, todo el peso recae en un guión elaborado a base de monólogos y diálogos inteligentes con los que cada personaje va desvelando las capas de su personalidad hasta lograr una total identificación del espectador con cada uno de ellos. Más allá de la típica historia del psicópata que rapta a su víctima y los intentos de su entorno por salvarla, encontramos en El coleccionista una historia de dominación a dos bandas en la que no es una, sino dos víctimas que van rotando sus roles a lo largo de la película. Ella, inteligente, de clase media y con una gran capacidad de reacción, enseguida comprende que su captor es un ser débil, apocado e ingenuo al que le será fácil manipular para conseguir escapar. Las ansias de éste por ser amado y de Miranda por ser libre, se enzarzan en una lucha en la que la psicopatía y la manipulación se convierten en las armas de las que ambos disponen para imponerse al otro en una espiral claustrofóbica que va aumentando la tensión hasta llegar al final.   

Tan desoladora como el final de La heredera, El coleccionista es otra muestra de la capacidad de William Wyler para explorar y plasmar de manera precisa la psicología humana y los rasgos obsesivos de los personajes de sus películas. Seres solitarios que de una manera u otra necesitan escapar de su propia vida a base de mentirse a sí mismos a sabiendas de que, por mucho que lo intenten, nunca podrán hacerlo. Una cuestión que en el caso de El coleccionista queda recogida en una de las frases que Freddie le dice a Miranda la segunda vez que se establece entre ellos un diálogo: “Nunca te encontrarán. Porque hay gente que te busca, pero nadie me busca a mí.” Porque, en definitiva, El coleccionista nos habla de la soledad, de la aceptación de una soledad autoimpuesta por el carácter del protagonista pero sin querer renunciar a ser amado, a compartir su soledad con los seres más bellos que se cruzan en su camino, ya sea pinchándoles con un alfiler y enmarcando su belleza o disfrutando de la visión de la misma desde el quicio de la puerta de un sótano inexpugnable.

Crítica escrita por Mª Carmen Fúnez Galán (@mcfunezg)