El eslabón perdido

A nadie que haya visto el otro gran hito de la filmografía de Jack Arnold, El increíble hombre menguante, y su filosófica conclusión, le sorprenderá que La mujer y el monstruo se abra con un prólogo que, igualmente, sitúa la pequeña peripecia fantástica de la película en un marco cósmico de implicaciones mucho mayores de las que esperaríamos de una historia a priori tan tonta como esta. Este prólogo, solemne pero sencillo y ligeramente poético (recuerda bastante al comienzo de la Jennie de Dieterle), plantea rápidamente una breve historia del mundo, para situarnos a continuación en el ahora (y en el allá, en pleno Amazonas), proponiéndonos que leamos lo que vamos a ver en clave “evolutiva”. Al igual que aquel hombre menguante que filmará tres años después de esta película, el ser humano es una mera gota de agua en el vasto mar del tiempo, lo que ya nos predispone a sentir cierta simpatía por otras criaturas, aunque sean monstruosas, y su proceso de desarrollo.

La poesía concisa pero efectiva de esa pequeña overtura, por fortuna, se mantiene, surgiendo aquí y allá, a lo largo de todo el metraje: mientras nuestros intrépidos científicos (porque son científicos, por mucho que tengan, ellos y ellas, cuerpos de vigilantes de la playa californianos, que en Hollywood lo primero es lo primero) investigan ríos y lagunas negras, la cámara se regodea en las escenas submarinas, con su ondulante y ligeramente siniestra belleza, rozando en ocasiones la abstracción visual, mientras Arnold se resiste a enseñarnos al monstruo del título durante más de media hora, aumentando el misterio. Muchas escenas fuera del agua también están cargadas de belleza, con la cámara olvidándose de los personajes para filmar sin más el espesor de una jungla que amenaza calmadamente, acompañada de una muy buena, levemente inquietante banda sonora (aunque una vez que vemos al monstruo si acabe pecando un poco de obvia y gritona).

Es curioso, porque esa atención a la belleza, al misterio y a lo inquietante por encima de lo abiertamente terrorífico, había sido desde el principio, allá por los años 20 y 30, una seña de identidad de las películas de terror de la Universal, pero en los años 50 las cosas estaban ya cambiando (en breve llegaría la Hammer con sus festivales de sangre y erotismo), y se empezaba a llevar más lo explícito. Y es curioso porque, del mismo modo en que esta película trata de evoluciones y eslabones perdidos, la propia película es en sí misma un eslabón clave en la evolución del “Monstruo de la Universal” y, por extensión, también en la evolución de todo género de terror. Mantiene esa poesía y misterio, esa belleza de lo macabro y lo inquietante, pero también se abandona al susto, a la violencia, y a una estructura en la que prima el suceso impactante sobre el retrato de caracteres (y en este aspecto lo hace también muy bien, con ritmo y potencia).

Este último punto no es baladí: desde los tiempos del fantasma de la ópera de 1925 con que el gran Carl Laemmle abre el ciclo, tanto ese fantasma como Frankenstein, la momia, el hombre lobo e incluso, hasta cierto punto, Drácula, eran antihéroes trágicos, personajes desarrollados, en mayor o menor medida, pero desarrollados. Fuera de la productora de Laemmle, hasta King Kong fue humanizado y buscaron que nos identificáramos con él. Aquí el monstruo, aunque el arco dramático nos recuerde precisamente al de aquel King Kong, nunca deja de ser ante todo animal, fuerza irracional desatada para susto e impotencia de la humanidad a la que, habiendo ultrajado el paraíso amazónico donde la criatura se negaba pacíficamente a evolucionar, no le queda más que agachar la cabeza y esperar las terribles consecuencias (y además de esas notas sobre la insignificancia del hombre en el devenir de los milenios, hay primitivos pero jugosos apuntes ecologistas). Estamos, pues, ante una obra clave, que al mismo tiempo que supone el fin de la era Universal, anuncia el comienzo del terror moderno, del “slasher”, de las películas donde no hay apenas drama detrás, sino que simplemente un grupo de personajes sin mucha personalidad llega a un lugar donde un monstruo o un asesino se dedica a eliminarlos. Y esto no tiene ningún ánimo despectivo: dentro del slasher hay también obras maestras, y su riqueza puede estar en otras partes que no sean un enjundioso entramado dramático.

Así, La mujer y el monstruo no solo es una película hermosa, más rica en matices de lo que parece a primera vista, y muy, muy entretenida, sino que es también una pieza arqueológica valiosísima. Por usar el lenguaje del guión, en sus fotogramas está inscrita la evolución del terror: hunde sus raíces en el misterio romántico de los años 30 y 40, en King Kong y Frankenstein, pero se proyecta al futuro, tiene grandes hallazgos que reconocemos en muchas obras posteriores, y sus ecos reverberan claramente, sin ir más lejos, en iconos tan reverenciados como Tiburón o Alien.