La desaparición del lo humano.

Dentro del discurso sobre la «mutación del fantasma en una entidad tangible» realizado por Endika Rey en Motivos visuales del cine de Jordi Balló y Alain Bergala, el autor destaca la materialidad del protagonista de The Invisible Man como el ser «más visible de todos.» Esta característica intrínseca del fantasma, su condición del no-visto, se convierte en un elemento recurrente dentro de la cinta de James Whale, donde se reflexiona sobre la irrevocable inmanencia del ser humano. La pertenencia física a este mundo, un espacio del que Jack Griffin, afamado científico interpretado por Claude Rain, parece huir constantemente. Su experimento lleva al protagonista de la cinta —como los clásicos monstruos, se presenta al inicio de la historia como un ser errante y sin rumbo— a hospedarse en la posada de un pequeño pueblo en medio de la nada. Allí sembrará el caos entre los lugareños, estrangulando y agrediendo a varios policías por lo que se verá forzado a escapar, asediado por la presión popular y el rechazo de la multitud. Un enfrentamiento que le llevará también a reencontrarse con sus compañeros de profesión, Arthur Kemp o el Dr. Cranley, y a la mujer que ama, Flora.

La persecución, el cerco y el rechazo a lo diferente, son situaciones recurrentes para personajes como los de The Invisible Man, que ven en la muerte su única redención posible. La pérdida de la vida nos encadena al mundo terrenal, mientras que la invisibilidad alcanzada por Griffin lo convierten en un Übermensch por encima del bien y el mal, que cuestiona los valores morales de la época. De hecho, el objetivo principal del científico a lo largo de la cinta es sembrar el mundo de caos y destrucción. Una vocación compartida por la mayoría de monstruos de Universal, aunque todos ellos justificados por un denominador común: el rechazo público, la vulnerabilidad de lo visible. En cambio Griffin parece no seguir ningún razonamiento lógico ni atisbo de humanidad, aunque nos encontremos ante el personaje «más humano» de todos. Su psique, excelentemente interpretada a partir de la voz y presencia de Rain, es errática e inestable. Podríamos asociarlo al efecto de las drogas utilizadas en el experimento, pero todo apunta a que su condición de «superhombre» le ha llevado a convertirse en un verdadero idiota. La famosa corrupción del poder, en otras palabras.

Si en la mayoría de las cintas de personajes como por ejemplo Drácula, el Hombre Lobo o Frankenstein hay una voluntad de redención o al menos atisbos de ella, en The Invisible Man no hay espacio para el sentimentalismo. Al menos, desde una perspectiva inmanente, por lo que ese sentimentalismo del que hablábamos queda reprimido una y otra vez. Incluso la figura de la mujer amada, Flora, carece de peso emocional y cinematográfico —su presencia en cámara apenas llega a la media hora de metraje—, que puedan influir en las decisiones morales del protagonista. Los paralelismos entre otras obras protagonizadas por monstruos o seres sobrenaturales son inevitables, en parte también por el origen y motivación de los protagonistas alrededor del experimento científico. Si en Frankenstein, The Phantom of the Opera o The Wolf Man no hay una voluntad de los protagonistas en convertirse en monstruos, en The Invisible Man su personaje principal ansía esa trascendencia. Esa necesidad de alcanzar la gloria es una lacra que conduce a Griffin a la ruina y decadencia representada en la muerte y, por ende, al fracaso debido al regreso de su visibilidad, algo que comparten todos los mortales de los que tanto reniega. En los aledaños de la Segunda Guerra Mundial, la cinta parece arrojar una visión descorazonadora de la sociedad, en la que una gran arma como la que propone Griffin se erige como la solución a los problemas políticos entre estados. Una apología también a la bomba nuclear que arrasó Hiroshima en 1945. Y si en todas las cintas de Universal sobre monstruos el cerco se estrecha sobre sus protagonistas malditos y condenados a un funesto destino impuesto sobre ellos, en The Invisible Man Griffin se adelanta al odio de la población, convirtiéndose en un tirano con el que es complicado empatizar desde la perspectiva del espectador.

El amor, otro de los tópicos del cine clásico de Hollywood y principal arma contra el horror, es abordado en The Invisible Man como una obligación más que como un leitmotiv para el protagonista. Incluso cuando ella se presenta en casa de Kemp, Griffin se muestra arisco, sin estar muy seguro de querer demostrar que todavía tiene sentimientos hacia ella. Un desapego sexual que muchos han intentado relacionar con la condición sexual de Whale, pero que parecen inclinarse más hacia la confección de un discurso moral que a la pretensión de reivindicación de género. Aunque Griffin realiza el experimento para ser en cierta manera digno de Flora, lo que realmente subyace bajo su confesión es una clara necesidad de reafirmación social. Algo inherente en los líderes políticos contemporáneos como el reciente presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

The Invisible Man logra su objetivo: crear una atmósfera enrarecida, con un personaje errático y ubicada en un espacio-tiempo que no logramos discernir. James Whale construye un discurso conservador sobre la necesidad del ser humano de vivir en lo visible, en los límites de una sociedad en la que no hay espacio para experimentos improvisados. Jack Griffin es mostrado como un condenado en vida, un rara avis, que se pasea desnudo por un pueblo anegado por la nieve, sembrando el caos y el terror entre sus habitantes. No hay quién pueda detener su demencia, pero de algún modo es necesario hacerlo por el bien común, por el bien de lo humano. Un dispositivo entero de policías armados acecha la casa en dónde Griffin se guarece del vendaval, pero son sus pisadas en la nieve lo que terminarán por revelar su posición para recibir el tiro que acabará con su vida. Está claro que el ser humano nunca estará preparado para lo invisible, para los monstruos o para todo lo que el inesperado futuro está todavía por traer.