Adaptación de la homónima novela francesa de Gastón Leroux y dirigida por Arthur Lubin en 1943, Le Fantôme de l’Opera se enmarca dentro del ciclo de Monstruos de Universal, aunque ligeramente alejada en cuanto al concepto canónico de monstruo se refiere. Protagonizada por Claude Rains, que repite papel protagonista tras su aparición en El hombre invisible, la historia nos zambulle en la sociedad francesa del siglo XIV. Tras el telón de la Ópera de París, se esconde Enrique Claudin un misterioso compositor forzado a vivir en las catacumbas después de que una mujer le desfigurase el rostro con ácido. Como otros ejemplos de la factoría, el caso de Claudin se suma al de Frankenstein, Drácula o incluso V, de la reciente adaptación V de Vendetta (2004), almas torturadas que se ven arrastradas a salir de la vida pública. No obstante y a diferencia de otras adaptaciones, la cinta de 1943 trae consigo innumerables incongruencias, tanto estilísticas como narrativas.

Si tuviéramos que identificar el espacio predilecto de El fantasma de la ópera de Lubin sería sin duda el escenario de la Ópera de París: el escenario del mundo. En realidad, se trata más bien de un tamiz de vanidades, debilidades y egolatrías del ser humano, que se enfrentan ante un público inflexible que les obliga a dar lo mejor de cada uno. Frente a la audiencia, cada uno de los actores exhibe ricos vestidos, la mejor sonrisa y la nota más alta, pero tras los decorados pintados a mano se disputa una auténtica lucha de sexos. Los personajes masculinos luchan por amor, los femeninos por el reconocimiento social y Claudin por la restitución de su música dentro del espacio escenográfico. No obstante, todas estas motivaciones que parecen empujar a cada uno de los personajes de la cinta son dispersas y en ocasiones, ambiguas. Nadie sabe exactamente de dónde nace la obsesión, casi enfermiza, de Claudin por Christine, ni tampoco el cariz del amor que se profesan el ménage à trois compuesto por la propia Christine, Anatole Garron y Raoul Daubert. De hecho, el planteamiento de Lubin acerca del amor, no sólo fraternal sino sexual, deja mucho que desear a lo largo de toda la cinta. El interés sexual de Garron y Daubert por la cantante es insultante, acentuado por un final, con reminiscencias a Casablanca, en el que ambos deciden irse a cenar después del rechazo de Christine.

Si en El hombre invisible lo invisible se hacía visible, en El fantasma de la ópera se muestra todo lo contrario: el dolor se compone en silencio. En la soledad de su azotea parisina, Claudin escribe las partituras que le devolverán a la platea para siempre, mientras que Christine se mantiene en segundo plano y únicamente aparece en escena cuando la actriz principal se muestra indispuesta. Ausencias contrapuestas a una trama principal que se desvanece tras el altercado del ácido con Claudin y se recuperan al final de la cinta, para intentar justificar su acto maquiavélico que lo convierte en un monstruo. Sobre el drama del compositor poco se enseña, porque tal vez no interesa al espectador, que seguramente se quede ensimismado con la belleza de los protagonistas de la cinta o los ricos decorados que engalanan las óperas. El fantasma de la ópera tiene mucho de ópera, pero poco de fantasma. De hecho, Claude Rains configura un personaje mucho más desestabilizado en El hombre invisible, cuyos motivos para la demencia eran bastante más escasos, que en la cinta de Lubin, en dónde termina por convertirse en un patético inadaptado antes que en el legendario personaje de Leroux. Sin un villano de peso, la película parece divagar entre un drama de tocador de señoras y una recreación en Technicolor de La Traviatta, hecho que puede estar relacionado con la desdramatización dentro del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial.

La verosimilitud del personaje de Claudin, no precisamente debido a una pobre interpretación de Rains, y a la posible paternidad respecto a Christine, acaban de rematar una cinta que no hace justicia a la obra de Leroux. En ningún momento existe una conexión emocional con el drama de Claudin, ni siquiera la desfiguración de la que hace gala en la escena final de la cinta, ni tampoco las catacumbas en dónde rapta a Christine, ayudan a dar el golpe de efecto necesario para que El fantasma de la ópera trascienda. Una adaptación que se pierde en la majestuosidad de unos decorados bellos, afianzados con el uso del Technicolor, pero que le van a la contra a una historia que pierde fuelle por todos los recovecos posibles. Tampoco ayuda el reparto que, a excepción de Rains, parece más preocupado de no dar el perfil bueno ante la cámara que a meterse en los entresijos de su personaje.