Teatro de sombras

Cuando Universal Pictures, buscando su lugar en el mundo del cine, decidió usar un género como el terror fantástico para posicionarse entre los otros estudios, inició, voluntaria o involuntariamente, el que fue probablemente el primer universo cinematográfico de la historia, el denominado Monstruos Clásicos o Monstruos de la Universal; y difícilmente podría haber optado por un reclamo mejor para iniciar la franquicia que el monstruo que da nombre a la inmortal novela de Bram Stoker.

Ciertamente, no fue la primera adaptación al cine de la novela, pero si fue la primera oficial. Antes hubo adaptaciones “oficiosas”, es decir, que no contaban con los derechos de autor y tuvieron problemas legales con la viuda de Stoker, Florence, siendo “Nosferatu”, de Murnau (1922) la más conocida, aunque se rumorea que hubo un par más en esa época. Para ser exactos, lo que se adapta en esta película es la obra teatral de Hamilton Deane y John L. Balderston (esta si con los derechos en orden) estrenada primero en Inglaterra en 1924 y luego estrenándose una versión en Broadway en 1927. Y este es, precisamente, el factor que más condiciona esta película: la excesiva supeditación y fidelidad de Browning a la pieza teatral, hasta el punto de convertirse en su mayor lastre.

Efectivamente, la excesiva estaticidad en la puesta en escena (es la película con menos dinamismo de Browning que soy capaz de recordar) lo hace más próximo en algunas escenas al teatro filmado que al cine, aunque, afortunadamente, esa rémora se ve aliviada por dos factores: primero por la labor como director de fotografía y operando la cámara de Karl Freund, director de fotografía capital en el cine mudo y en el Expresionismo Alemán, movimiento del que se notan claras influencias durante el film, por ejemplo en un gran uso dramático y expresivo de las sombras (como muestra, algunas escenas de cuando Renfield está encerrado en el manicomio); y segundo, la interpretación de Bela Lugosi como Dracula. Él, junto con Dwight Frye en el papel de Reinfield, brilla con luz propia en medio de las correctas actuaciones de sus compañeros de reparto. La presencia elegante de Lugosi le da tal aire amenazador e intensidad a Dracula, que ni siquiera le hace falta su acento húngaro cuando habla para provocar inquietud en el espectador. Curiosamente, el actor pensado para interpretar al personaje era Lon Chaney, pero su repentina muerte hizo que el papel recayera en Bela Lugosi, quien también lo interpretó en la precedente obra de teatro de Broadway, quedando así ligado eternamente a ese personaje.

El protagonismo otorgado al personaje de Renfield, por otro lado, supone uno de los cambios más destacables respecto a la obra de Stoker, asumiendo ese personaje toda la parte introductoria en el castillo de Drácula que le correspondía a Harker en la novela. Esa incapacidad para adaptar fielmente el libro se mantuvo a lo largo del tiempo hasta nuestros días, incluso hasta la muy notable “Dracula de Bram Stoker” (con coletilla incluida) de Coppola, que si bien era probablemente la que lograba transmitir mejor el formato epistolar y a base de diarios de la obra, y la que era más fiel en su desarrollo, le confería un carácter romántico al personaje del Conde nada acorde con el mostrado en el libro, quién estaba más cerca de la fisicidad y bestialidad de connotaciones sexuales del Dracula de la Hammer, con Christopher Lee, que del antihéroe víctima del amor trágico romántico interpretado por Gary Oldman.

Como curiosidad final, señalar que Universal rodó simultáneamente a la versión de Browning una versión para el mercado hispano dirigida por George Melford e interpretada por un reparto de habla hispana. Cuando el equipo de Browning acababa de usar los escenarios durante el día, el equipo de Melford rodaba su versión de noche. El guión era el mismo, si bien hay pequeñas variaciones y algunas escenas añadidas que le hacen tener una duración algo mayor (por ejemplo, en esta versión se muestra el destino final de Lucy, perdón, Lucia, aunque sea en fuera de campo, mientras que en la de Browning queda como un cabo suelto de la historia). Cabe señalar que aunque las interpretaciones en esta versión en general son bastante deplorables, basculando entre la inexpresividad y la sobreactuación en todo momento, la realización mejora a la de Browning en no pocos momentos, resultando en general menos teatral, aunque eso sí, sin contar con la inestimable fotografía de Freund. Hasta donde yo se, esta fue la primera y última vez que Universal recurrió a este curioso método para llegar a mercados de otras hablas en vez de recurrir al doblaje.