La nueva ola de cine taiwanés tiene tres nombres destacados: Tsai Ming-Liang, Hou Hsiao-Hsien y Edward Yang. Estos dos últimos, más preocupados por la historia e idiosincrasia de Taiwán que el primero, filmaron, cada uno a su modo, los tiempos de cambio que azotaron la isla a mitad del siglo XX en las consideradas como sus más grandes obras: Un día de verano y Ciudad doliente.

Esta última de algún modo condensó ese ánimo de narrar la triste historia de Taiwán en un conmovedor prólogo que poco o nada tiene que ver con hecho histórico alguno pero que resume a la perfección el sentir de su sociedad, el ansia de transformación, la incertidumbre, esperanza y desilusión que se van narrando a través de toda la película.

En este prólogo se muestra un parto en una familia. Las mujeres, en una habitación asisten a una embarazada que grita. Los hombres, fuera, fuman y esperan, iluminados por una luz tenue y cálida. Bastan cuatro planos fijos, en los que se mantiene una distancia con lo que ocurre, como suele filmar Tsai Ming-Liang, para describir toda la escena. Finalmente, la embarazada necesita agua y, mientras uno de los hombres levanta la cortina que cubre una lámpara, ésta da a luz. La estancia se ilumina más mientras el llanto de un bebé inunda la escena y aparece el siguiente texto:

En Agosto de 1945, Japón anunció su rendición incondicional. Taiwán fue liberada después de 51 años de ocupación japonesa. La mujer del hermano mayor, Lin Wen-Heung, dio a luz a un niño. Lo llamaron Kang-Ming, que significa “Luz”.

Pocas escenas resumen de una forma tan magistral la esencia de una película y, en definitiva, el sentir de una sociedad que ha estado siempre a la sombra de grandes potencias que decidían su destino.