Se diría que la sorpresa, en el cine, es cosa que ha sido monopolizada tradicionalmente por determinados géneros muy ligados al entretenimiento puro y duro: el suspense, el terror, la intriga policiaca. Pocas veces utiliza el cine un giro inesperado en la trama o en el desenlace de la película para desvelar o enfatizar el mensaje de la misma, o subrayar –caso de no existir ese mensaje en sentido estricto- el poso de su sentido estético o moral. La sorpresa, por lo demás, pocas veces va de la mano con el arrebato emotivo.

La escena que he escogido rompe con esta tendencia y le da, a mi juicio, una dimensión nueva (o nueva en el cine que yo había visto hasta la primera vez que vi esta joya que luego he revisitado tantas veces) al concepto mismo de la sorpresa. La sorpresa como culminación del recorrido filosófico anterior. La sorpresa como desencadenante del más denodado nudo en la garganta. Sobra o quizá no ADVERTIR que lo que nos ponemos a mostrar y a contar es un SPOILER de manual. Y además es un SPOILER que atañe directamente al final de la película, el final de Brassed off, juego de palabras sin solución que en España se llamó Tocando el viento (Mark Herman, 1996), de largo -a mi juicio- el mejor exponente de eso que se llamó la comedia social británica de los noventa. 

(Hemos seleccionado esta curiosa versión, con subtítulos en italiano, porque es lo más parecido a una versión con subtítulos en castellano que hemos encontrado, pero también porque nos hace gracia).

Hasta llegar aquí, hemos visto a Danny (descomunal Pete Postlethwaite) ejercer de concienzudo, perseverante director de orquesta en la banda de músicos de Grimley, una deprimida comunidad minera en la Inglaterra de Thatcher. Hasta llegar aquí, creíamos que Danny tenía por única obsesión y preocupación en la vida el mantenimiento de la actividad musical de sus paisanos y la participación (a ser posible exitosa) de la banda en diferentes concursos donde bandas locales miden sus fuerzas y que poco a poco, eliminatoria tras eliminatoria, han desembocado en la gran final de brass bands en el mismísimo Royal Albert Hall de Londres, que es donde nos encontramos. Danny, hospitalizado por estar gravemente enfermo, ha sorprendido a sus compañeros de banda escapando del hospital y apareciendo por sorpresa en el evento, ese evento que (todos piensan) es lo único que a Danny le preocupa antes de hundirse en la mina de la que no se regresa. Bollocks.

“Esta banda que tengo a mi espalda os dirá que este trofeo me importa casi más que cualquier cosa en el mundo. Pero estarán equivocados. La verdad es que pensaba que importaba, pensaba que la música importaba, pero una polla. No en comparación a cuánto importa nuestra gente. Esta copa (que acabamos de ganar) le importará una mierda a la opinión pública, pero no así el gesto de rechazarla, como nos disponemos a hacer. (…) Durante los últimos años este maldito gobierno ha destruido sistemáticamente toda una industria, nuestra industria. Pero no es solo nuestra industria. Son nuestras comunidades. Es nuestra vida. Y todo en nombre del progreso. Les diré algo que no saben: hace dos semanas, la mina donde trabajaban estos hombres que tengo detrás fue cerrada. Otros mil hombres perdieron su trabajo. Pero no es solo su trabajo. Muchos perdieron hace tiempo el deseo de vivir”.

Prosigue el discurso de Danny, que nunca dejará de conmovernos intensamente. Prosigue para siempre. Hay hombres atrapados por su amor al arte y hombres entregados a la causa de la justicia. Algunas veces, y esa es la sorpresa, el reparto de papeles es menos claro de lo previsto.