Siempre que sale a colación el nombre de Robert Downey Jr. en un debate cinéfilo hablo de El detective cantante. Lo hago cuando me canso de oír el manido discurso de que no sabe hacer otra cosa que no sea interpretarse a sí mismo. Podría poner como ejemplos otros títulos que harían que esa idea se tambaleara de inmediato, pero puestos a reivindicar prefiero hacerlo con una película en la que, además, creo como producto cinematográfico. Y es que considero que El detective cantante, además de demostrar que Downey Jr. es mucho más que Iron Man o Sherlock Holmes, es un experimento narratológico muy elogiable. 

Este remake cinematográfico de la también genial serie de televisión que firmó Jon Amiel en 1986 está hecho para el deleite de su actor protagonista. Michael Gambon ya se salió cuando en la década de los 80 encarnó a ese escritor enfermo de psoriasis que, aprovechando su instancia en el hospital, escribe/imagina su nuevo libro. No compararé ambos productos porque sería injusta con la película. La miniserie se valió de 6 capítulos y 415 minutos para contar la misma historia que años después Keith Gordon compiló en 109. Admiro mucho el trabajo de Gordon, porque a pesar de que no era fácil acotar tanto una historia así, no lo hizo nada mal, pero es obvio que su adaptación carece de la profundidad requerida. Aún así de ambos trabajos se puede extraer una misma idea: sus protagonistas están inmensos.

En esta escena vemos cómo Dan Dark, el personaje afectado por la brutal psoriasis al que da vida Downey Jr., tiene que contener una eyaculación ante el masaje que su enfermera, Mills, le está dando por las piernas. Dan lo intenta todo pero, finalmente, es incapaz de controlarse.

Puede que esta escena no sea el mejor ejemplo para reflejar lo bien que juega esta película con las estrategias metalépticas, que ayudan a crear una intriga desconcertante a la vez que atrayente, pero creo que deja claras las intenciones, el tono y la personalidad del personaje al que acompañaremos durante más de hora y media. En esta secuencia nos topamos con un monólogo interior divertidísimo que empieza con un “Oh polla, polla, no des la nota. Pobre polla. ¡No te excites! Piensa en algo aburrido… Muy, muy aburrido. ¡RÁPIDO!”. Esta pequeña introducción a la desternillante retahíla de pensamientos antieróticos que se sucederán después nos presenta a un personaje directo, imaginativo (es escritor, qué duda cabe) y que se vale de la vulgaridad para hacer comedia.

A continuación asistimos a una de las numerosas secuencias musicales del filme (vale la pena recordar que eso de cantar no le es extraño a Downey Jr., que incluso tiene un disco de estudio en el mercado). En este caso “Mr. Sandman” es la canción que suena mientras se representa la fantasía sexual del personaje protagonista. Esta pieza musical, que juega muy bien con la yuxtaposición, pone el broche final a una escena muy divertida y creativa que se ve engrandecida por el maquillaje que cubre todo el cuerpo de Robert Downey Jr. y por la hilarante expresividad de los ojos del actor durante los casi cinco minutos de escena.