“No sé por qué nunca he estado en el sitio en el que mataron a Pasolini”. Con esta frase cierra Nanni Moretti el primer capítulo de su peculiar Querido diario, titulado En mi vespa. En la película, una suerte de retazos acerca de las inquietudes de este extraordinario director, Moretti da pie a esta escena, justo después de un cómico momento en el que agrede a un crítico de cine por las malas críticas vertidas sobre él. No hay en esta escena un gran despliegue cinematográfico, algo que no hemos encontrado jamás en el cine de Moretti, quien nunca ha sido un virtuoso y siempre ha preferido dejar que la cámara capturase y no crease. Quizá este momento, el más bello que el cine ha dado sobre la figura de Pier Paolo Pasolini, sea una de las pruebas más clarividentes de esto.

La escena es sencilla: está dividida en apenas cinco tomas, la primera, en la que Moretti formula la frase que citábamos al inicio, la podemos ver mientras se pasan varios periódicos anunciando la muerte del realizador y escritor italiano. El viaje comienza con un pequeño travelling lateral y termina con un plano de la estatua levantada en homenaje a Pasolini, primero desde fuera de la valla que la protege, con un zoom que poco a poco va disipando esa cerca, y finalmente con un contraplano del mismo monumento desde el otro lado. En medio de esto: un simple plano secuencia en el que seguimos a Moretti con su vespa durante varios minutos hasta que llega al lugar de los hechos.

No es una escena pulcra, pero tampoco pretende serlo. En el fondo de la imagen se encuentra Moretti mientras la cámara le sigue detrás. Aunque la velocidad del coche que lleva la cámara trata de ser constante, en muchas ocasiones vemos cómo el realizador se aleja o se acerca dentro del campo de la imagen dependiendo de las circunstancias del camino. Y posiblemente poco le importaba a Moretti la filmación de la escena en dicho momento, en el que solo busca documentar el necesario viaje conciliador entre el realizador y Pasolini, el encuentro de un admirador (no olvidemos que Moretti es sobre todo un gran cinéfilo) y la figura de su admiración.

Pero hay algo que hace a esta figura especial, algo que la dota de una inusitada belleza. La escena, acompañada de la pieza jazzística The Köln Concert de Keith Jarrett, se ve cubierta de cierto tono de pesadumbre, como una lúgubre marcha a través del que quizá fue el último camino que Pasolini tomó. La decisión de Moretti de finalizar su viaje, simplemente bajándose de la vespa y contemplando el monumento en memoria de Pasolini, dota a la escena también de cierta solemnidad, de ser el perfecto y completo homenaje.

No, no hay grandes aspavientos, no estamos ante planos calculados, ni siquiera ante una escena creada desde el guión, estamos ante la improvisación absoluta (algo que también subraya el uso de la pieza de Jarrett como acompañamiento musical). Sin duda, no estamos ante lo que, si nos ceñimos a la materia puramente cinematográfica, tildaríamos como una gran escena y, sin embargo, rezuma toda ella un poder total de cinefilia, de verdadero amor al séptimo arte, como el jazz, como el homenaje, como un bello adagio a Pier Paolo Pasolini.