“¿Víctimas? No seas melodramático. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse?”. Esta es la pregunta que le hace Harry Lime a su “querido amigo” Holly mientras la noria del Prater de una ruinosa Viena está en el punto más alto de su tenso recorrido. Lime abre la puerta del cubículo, desafía a Holly a mirar hacia abajo y bastan unas pocas línea de texto, un silencio y una mirada cínica para que captemos la brillantez de un momento glorioso de la historia del cine, estremecidos por el cuestionamiento de los más básicos códigos morales.

Pero qué ocurre si nos atrevemos a dar un paso más, qué pasa si intentamos entender (ya saben que no es lo mismo que justificar) a Harry Lime. Pues que tal vez nos suden la manos, frías y temblorosas, y el corazón ya sea de las tinieblas al comprobar que el mundo, su ruido y su furia, transita habitualmente por esa impiedad descrita por Harry Lime con la frialdad de un entomólogo. No en vano, muy poco después del momento descrito, nada más tocar suelo los amigos, el personaje impecablemente interpretado por Orson Welles hará histórica su tesis en un monólogo merecedor de ocupar una sala destacada en algún gran museo, ya sea de cine, de arte, o de los horrores: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.

¿Cómo desmontar las “verdades“ de Harry Lime? ¿Por qué preocuparse por los demás si tratarlos como hormigas puede producir más beneficio? ¿Por qué ensalzar el altruismo cuando aquellos que administran el bien común usan con frecuencia tal argumento como perverso pretexto para el provecho propio? En crudo resumen, ¿de qué sirven las buenas intenciones cuando, ya al nacer, estamos todos muertos, y solo falta una pizca de tiempo para que el fin se consume?

Suele verse amoralidad en estas oscuridades de Harry Lime, un tipo que asusta aún más si cabe, al conseguir no resultar meramente repulsivo, y sí simpático en ocasiones, travieso y macabro danzarín sobre las brasas de un mundo destruido por la guerra. Sin embargo, más que amoralidad, cabe preguntarse si no será Lime un moralista estricto, regido por unos férreos valores individualistas que solo buscan el lucro en medio del desastre y el desquicie general provocado por la Segunda Guerra Mundial. No en vano, las ruinas de Viena, y el reparto de la ciudad por parte de las diferentes potencias vencedoras, son un monumento que grita lo efímero de la vida a quien tenga ojos, lo quebradizo de los grandes ideales a quien tenga cabeza y, en definitiva, la angustia de haber comprobado en cuerpo y haber inscrito a fuego en alma que efectivamente somos meros puntitos negros, ahí abajo, lejos, a merced.

Pero si algo de lo dicho hasta aquí ayuda a entender las bajezas de Harry Lime, si ya sabemos de dónde viene su oscura visión del mecanismo del mundo que se ha derrumbado a sus pies, no parece fortuito que –en tanto infierno- el desenlace de El tercer hombre tenga lugar en las cloacas de la ciudad. Acaso porque Viena (y no solo Viena) ha sido devastada precisamente por los mismos códigos que Lime pretende encarnar con levedad, sin mancharse, como quien viaja en noria para verlo todo desde arriba y evitar la cercanía de las tripas. Con distancia analítica, con una frialdad supuestamente clarividente y hábil, nuestro personaje cree ser mucho más que un distante puntito negro, y, en definitiva, lee mal la lección que dictan las ruinas, al no saber mirar a los ojos de su querido amigo Holly.