No entiendo cómo No es país para viejos no es una de las películas más alabadas de los hermanos Coen. Tampoco he venido aquí a argumentar por qué considero que esta película es la segunda mejor de los hermanos (la primera siempre será El gran Lebowski) pero espero que a través de esta escena y del pequeño análisis que realizaré de ella se entiendan las razones por las que admiro tanto este trabajo de los Coen.

No es país para viejos llegó el momento justo para que los fans de los hermanos no nos pegáramos un tiro. Después de encadenar dos proyectos de encargo (Crueldad intolerable con Universal y Ladykillers con Disney) con nefasto resultado, los Coen recurrieron a una novela de Cormac McCarthy para recuperar su toque especial, su estilo propio, ese con el que encandilaron a todos con Sangre fácil o Muerte entre las flores y que han ido depurando en trabajos como Barton Fink o El hombre que nunca estuvo allí. Partiendo de este libreto homónimo de McCarthy, los hermanos volvieron a reinventar(se), a mezclar géneros y a criticar a la sociedad norteamericana contemporánea. En definitiva, volvieron a ser ellos mismos.

Para que disfrutéis aún más de esta brillantísima set piece de la película que he querido destacar os situaré un poco: Llewelyn Moss (Josh Brolin) se refugia en un hotel con el botín que encontró tras un intercambio entre narcotraficantes que salió mal. Anton Chigurh (Javier Bardem) va tras él para recuperar el dinero. Tras ellos ya existe un reguero de sangre imposible de ocultar… A la caza de ambos un sheriff, Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), que ni entiende ni quiere entender la violencia extrema que asola las calles de una ciudad en la que los viejos sheriff, como su padre y como él, que creían que los agentes de la ley no necesitaban llevar pistola, ya no tienen cabida. 

Esta escena me fascina principalmente por una razón: el uso del sonido. Desde el comienzo de la misma son muy pocos los sonidos que llegan al espectador: un teléfono descolgado (un elemento muy bien utilizado a lo largo de toda la película), unos pasos tras la puerta, una respiración entrecortada, tiros sordos provenientes del arma de Chigurh… Durante ocho minutos no oímos más que eso. No hay intercambios de palabras, sino de balas. Sólo percibimos disparos, gemidos y el eco de la escopeta de Moss. Todo ello representativo de esa violencia descarnada, inexplicable, que está presente a lo largo de toda la película y que lleva a la perdición a todos sus protagonistas.

No hay posibilidad de identificarse con los protagonistas de esta set piece. Es cierto que la escena tampoco nos pide que lo hagamos ya que en ningún momento busca que nos impliquemos emocionalmente con ellos, pero si lo intentáramos tampoco podríamos hacerlo porque tanto Moss como Chigurh son hombres sin pasado, sin historia, de los que no sabemos absolutamente nada, y que tan sólo encarnan esa violencia que se ha desatado en el mundo y ante la que no hay nada que hacer (de ahí que, al final de la película, el sheriff Bell se retire). Ambos son protagonistas de un enfrentamiento intensísimo que viene a simbolizar la lucha entre el cowboy tradicional (Moss), cuyo misticismo se destruye poco a poco a lo largo del largometraje (al igual que el existente en torno a la figura del sheriff), y la violencia sinsentido de nuestros días (Chigurh). Asimismo, resulta muy llamativo que ninguno de estos tres personajes, ni en esta escena ni en ninguna otra, compartan un solo plano en toda la cinta, reflejando así las diferencias insalvables que existen entre ellos.

A nivel formal no puedo evitar hacer referencia a la parte de la secuencia centrada en la puerta de la habitación de hotel de Moss. Seguramente los mayores fans de los Coen no han podido evitar acordarse de esa escena final de Sangre fácil en la que Abby (Frances McDormand), apuntando hacia la puerta, no dispara su pistola hasta que la sombra de su atacante se ve reflejada por el umbral de la misma. Sin duda alguna, esta parte de la secuencia porta la mayor carga de tensión de la misma. Una tensión acentuada perfectamente por el silencio, por la utilización del plano subjetivo y por el golpe de sonido que provoca el arma de Chirgurh y que hace que el pomo de la puerta golpee contra el pecho de Moss. A partir de ese momento, todo se vuelve mucho más frenético, y aunque se mantiene el uso minimalista del sonido, los distintos elementos que van apareciendo, además de puntear el desarrollo de la acción, intensifican enormemente el dramatismo de la misma. 

Por todo esto, considero que la escena aquí destacada no es sólo una de las mejores de la película (por lo que representa y por cómo está rodada) sino que es probablemente el mejor ejemplo de cómo el cine de los Coen ha llegado a un equilibrio perfecto entre historia y técnica.