La obra maestra de Alexander Dovzhenko es toda ella un poema, con una anécdota narrativa mínima que sirve solamente de hilo conductor para la expresión de una serie de temas, ideas y sentimientos relacionados con la vida y la muerte como partes iguales de la naturaleza y su ciclo de sucesiva regeneración que lleva al progreso. En el curso de estos ciclos se desarrolla la experiencia humana y, por tanto, esa experiencia no debe temer a la muerte, pues no es sino un paso previo para el renacimiento, ni oponerse al progreso, al avance de la vida en la tierra.

El torrente de imágenes y escenas memorables que ofrece es apabullante, y prácticamente cualquier plano de la película serviría para esta sección, pero hay una escena en particular en la que todo se individualiza en un solo momento lleno de humanidad y belleza: el tractor y, con él (en la mentalidad de la Rusia de entonces, aunque la poética del director fácilmente la trasciende), el progreso y el reparto equitativo de la tierra y sus frutos, por fin ha llegado a la aldea, y el campesino que más ha luchado por ello no cabe en sí de gozo. Al acabar el día, cuando todo el pueblo ya se retira a sus casas, él se retrasa un poco, y, cuando se queda solo, camina en la noche, feliz. Esa felicidad va siendo tan incontenible que poco a poco, gradualmente, su caminar se va convirtiendo en danzar, primero ligeramente, pero cada vez más claramente un baile y no solo un paseo.

Dovzhenko lo filma en cinco planos muy similares, pero con sutiles e importantes diferencias: en todos ellos la cámara, estática, filma al campesino a cierta distancia, caminando hasta quedar en primer plano, pero en cada uno de ellos la danza es más evidente que en el anterior, de manera que los tres cortes sirven al director para marcar el ritmo, para graduar e ir adecuándose a la progresiva euforia del paisano. Además, nos va mostrando por dónde avanza el campesino: en el primer plano entre en el pueblo, desde el campo de cultivo caminando; en el segundo y tercero ya está entre casas de la aldea y baila por sus calles; en el cuarto vemos que su alegría es tanta que no se ha detenido en su casa, sino que ha cruzado el pueblo entero y vuelve a estar en el campo; y en el último plano la distancia entre él y la cámara es mucho mayor, filmándolo en mitad de un camino en mitad del bosque, como si la plenitud de la felicidad que siente es tal que se funde con la naturaleza, con la “tierra” del título, y es solo una parte más de ella, aunque aún lo distinguimos claramente, una figura pequeñita en mitad de un camino en la noche, bailando como loco.

No diremos lo que ocurre a continuación, porque es la clave que desencadena el último acto del filme, pero en esos cuatro planos Dovzhenko ha conseguido destilar una de las expresiones más líricas, puras y contagiosas de júbilo jamás grabadas. Solo se me ocurre otra escena que se le pueda comparar, en la que también la danza sirve para comunicar la alegría absoluta, y es el Singin’ in the Rain de Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952); pero no nos olvidemos de que Tierra es una película muda, y habla por sí solo del talento visual de un director el que consiga transmitir todo el gozo de un baile sin que podamos oír la música o el canto que lo guían.