Tarantino es un tío con un concepto de la construcción dramática de las escenas un poco diferente al resto, eso no es nada nuevo. Le encanta huir de la tensión con la banalidad, y lo cierto es que lo hace de una forma magistral. La conversación entre John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction, o el baile del Señor Rubio en Reservoir Dogs, con la mordaz ironía de hacerlo mientras suena “Stuck in the middle with you”, son ejemplos de estos escapes de la trama que son a la vez sinónimo de que las cosas se van a poner duras.

En mi opinión, Tarantino ha ido perfeccionando esta técnica tan suya hasta conseguir llevarla al culmen con la escena de los sacos de Django Desencadenado. La acción está en un momento elevado, la suerte de Ku Klux Klan primerizo que forman la caterva de paletos dirigidos por Big Daddy está cargando sobre el carruaje de Django y el Doctor Schultz. Y cuando parece que la pelea se avecina, Tarantino corta el asalto y hace un flashback que saca al espectador de ese momento álgido. Pero lo hace yendo a una escena con un diálogo tan hilarante que cuando vuelve otra vez la tensión que se respiraba es totalmente diferente. Ya nadie piensa “oh no, Django se va a meter en problemas”, la gente ve ahora es a esos pobres diablos, más tontos que una piedra, llevando unos sacos que no les dejan ver nada mientras montan a caballo. Y después de esa oda a la estupidez humana, ¡pum!, la explosión, el momento culminante del desenlace de la acción produce risa. Y además resulta que todo era una trampa del Doctor Schultz; y resulta creíble, porque los villanos han sido mostrados como unos personajes muy estúpidos.

Ahí es donde se produce esa banalización de la tensión, que en el 99% de las películas se resuelve con una frase “chistosa”. Que resulta más ridícula que ingeniosa porque se hace después de la tensión y porque has visto al protagonista sudar demasiada sangre como para andar diciendo sandeces al final. Por eso el método de Tarantino funciona tan bien, porque plantea las reglas del juego y se ciñe a ellas, aprovechándolas para hacer prácticamente lo que le dé la gana. En la escena del tiroteo, Django se enfrenta inicialmente a no menos de 20 tiradores y sale sin un rasguño. En cualquier otro caso sería algo totalmente increíble, pero no este caso no, porque son las reglas que plantea: los malos son tontos y no tienen puntería. Ya sabíamos que eran tontos, pero ¿cómo demostrar que además no tienen puntería? Con el vaquero que se queda en el suelo recibiendo balazos durante toda la confrontación. Además de servir para plantear las reglas, sirve de nuevo para relajar la tensión y llevar las carcajadas al público.

Por eso Tarantino es un director tan grande, porque pese a jugar siempre con unas reglas totalmente irreales (Kill Bill, la propia Django Desencadenado), es capaz de plasmar esas reglas y hacerlas llegar al público de tal manera que este las entienda y las acepte. Quizá es ir demasiado lejos, pero me da la impresión de que Tarantino podría dirigir “Crocopulpo” y hacerla una película de culto.