Podríamos decir que la historia de John Huston y su ambición por adaptar al celuloide a Moby Dick, tiene mucho que ver con esa ambición de Ahab por dar caza a la gran ballena blanca. Durante mucho tiempo el realizador quiso llevar la novela de Herman Melville, uno de los clásicos más importantes de la literatura norteamericana, a la gran pantalla. Su idea, siempre fue, que su padre, Walter Huston, diese vida al capitán Ahab. Por desgracia, el fallecimiento de éste en 1950, hizo que John dejase aparcado durante un tiempo el proyecto. Fue tres años después de morir su padre, cuando el realizador se puso en contacto con Ray Bradbury para trabajar en la adaptación de la obra. El escritor ya gozaba de gran reputación por su colección de cuentos Crónicas Marcianas, y acababa de publicar la que posiblemente sea su obra más célebre, Fahrenheit 451, y aunque había trabajado como guionista en televisión, nunca había trabajado en el cine hasta la fecha, aunque ya le había puesto en manifiesto a Huston su deseo trabajar con él. Huston que había visto mucho de Melville en los relatos de Bradbury, no le dio mucho pie a pensárselo y tan sólo le concedió 24 horas para que aceptara el trabajo. 

Ambos se pusieron a trabajar rápidamente en la adaptación de la obra, una obra inabarcable para el cine, ya que Melville, ahondaba en detalles sobre el mundo de los cetáceos, llegando casi al nivel de incluir en el libro una tesis doctoral sobre el comportamiento de las ballenas. Bradbury llegó a leerse nueve veces la obra, y el escritor confesó que terminó aplastado por una profunda depresión, sintiendo la carga de Melville sobre sus espaldas. Con el libreto terminado, sintetizando de manera extraordinaria el relato a 150 páginas, dónde se suprimían por completo las digresiones que abundaban en la obra original, para darle mucho más ritmo a la película, comenzó un rodaje, que como la caza de Ahab, parecía condenada a la tragedia. Con un presupuesto de cinco millones de dólares, el rodaje comenzó en Irlanda, el mal tiempo no sólo hizo imposible el rodaje, si no que acabó con dos de las gigantescas maquetas de la ballena. A punto de tirar la toalla, a finales de 1954, se trasladaron a las Islas Canarias, dónde pudieron terminar de rodar.

No fue el rodaje el único punto negro de un proyecto tan ambicioso, el estudio, preocupado por recuperar la homérica inversión que suponía la película, obligó al realizador a contratar a Gregory Peck, que ya era una de las grandes estrellas de la época, como protagonista. El realizador, hasta el final, siempre defendió la interpretación de Gregory Peck en público, pero lo cierto es que una vez terminado el rodaje de la película, nunca más volvieron a hablar. Desde luego la elección de Gregory Peck es totalmente errónea, el actor, habría podido dar vida a un estupendo Starbuck, pero era demasiado joven para el papel. Aunque fue capaz de llevarlo a su terreno e interpretarlo de una manera comedida y sin muchos aspavientos, su interpretación se veía mermada por un horripilante maquillaje y la forma de la que consiguieron oscurecer al galán amable que solía interpretar el actor. Una ceja permanentemente levantada, una cicatriz, y su continua mirada de reojo, daban al personaje un aire de villanía demasiado infantil. Sin lugar a dudas, Walter Huston, la idea que siempre tuvo en mente el realizador, o su buen amigo, Humphrey Bogart, habrían sido unos Ahab mucho más adecuados. Pero insistimos, en que, aunque no estemos hablando de la mejor interpretación de Gregory Peck, el actor trató siempre de dar lo mejor de sí, para un personaje, que sencillamente, no tendría que haber interpretado.

Existe, de manera generalizada, la idea errónea de que Moby Dick es un relato de aventuras. Pero nada más lejos de la realidad, y por suerte, Huston y Bradbury, supieron respetar la esencia de la obra original. Una obra de marcado carácter religioso, dónde el viaje que se realiza, realmente no es el del de deseo de un hombre por capturar a una ballena. En el viaje de venganza de Ahab, asistimos a un viaje introspectivo, en busca de una venganza que arrastra hasta la locura. En el deseo tortuoso por encontrar a ese animal que le arrancó la pierna. Un animal que tiene mucho de divino y que se asemeja a la figura de un Dios, llevando de este modo a la rebelión del hombre contra Dios. La película arranca con la bella bajada de Ismael, el narrador, con una voz en off usada con inteligencia y nunca excesiva, y que pronuncia la célebre frase con la que abren tanto la película como la novela, “Llamadme Ismael”. La integración de éste con los habitantes del pueblo dentro de la taberna, así como la pequeña presentación de Ahab, caminando entre la tormenta, haciendo resonar los ecos de su pierna de marfil de ballena, están llevados de una manera extraordinaria. El positivismo del personaje principal, entra rápidamente en discordancia con la unión de una comunidad religiosa y muy cerrada, y la tenebrosa personalidad de un capitán al que aún no conocemos, pero del que con una simple imagen, ya sabemos que vive sumido en la oscuridad.

Pero no tardamos en toparnos con el carácter religioso de la obra. La misa en la parroquia, que arranca con un tétrico travelling dónde vemos las lápidas de marineros muertos por ataques de grandes cetáceos continúa con la potente entrada de Orson Welles, encarnando al padre Mapple, y subiendo a un altar con forma de proa de barco. En pos de la religiosidad, el plano del padre Mapple, en su altar, tiene mucho de Dreyer. Mientras que Welles recita en su sermón la fábula de Jonás y la ballena y nos habla de como para obedecer a Dios, tenemos que desobedecernos a nosotros mismos. No es casual la elección de este sermón, no ya por la rápida similitud que encontramos en la figura del cetáceo, si no porque realmente Ahab se encuentra luchando a un reto impuesto por Dios, aunque en sus propias palabras, sienta que es la mano de Dios quien lo mueve.

Ahab debe olvidar al escualo del mismo modo que su compañero, que también perdió la mano por un ataque del animal, lo hizo. Ser capaz de perdonar. Estamos hablando de una representación ambigua del bien y el mal, Ahab busca su venganza contra un animal, que simplemente actúa por instinto, por lo cual, aunque veamos en el cetáceo el mal por su ataque al capitán, siempre, la representación del bien y el mal, aparece de manera incierta. Obviamente el relato, no crítica a la caza de la ballena, algo que a día de hoy está muy mal visto, ya que en el momento que la obra está ambientada, esto era algo que no sólo ocurría de manera normal, si no que era necesario, puesto que las casas se iluminaban con el aceite del animal. La obra no cuestiona que Ahab haga el mal por cumplir su deber como ballenero, si no que es el arrastre a la locura, la obsesión por una ballena con nombre y apellidos, la que le arrastra hasta el mal.

Existe también, en la película, cierto tono político, representado de nuevo en la figura de Ahab. No es simplemente un capitán con un propósito, es un líder, con una idea, que busca contagiar al resto de su tripulación. Como todo líder político, sabe bien los métodos que utilizar, para conseguir el seguimiento del pueblo. Es así, cuando en un bella escena, Ahab clava un doblón de oro al mástil del barco, y se lo promete al primero que vea a la ballena. Una promesa visible, y siempre reluciente, que aún cuando la catástrofe empieza a ser palpable, lo único que reluce es el golpe del sol contra el oro. Y aunque en un pequeño momento de cordura, se planteen tirarla al mar, y acabar con la persecución de tan arriesgado sueño, se quedará ahí clavada hasta que la ballena aparezca. 

Por supuesto, ésta aparece, Ahab conoce su camino, ya que en su viaje hasta la locura, ha seguido cada uno de los movimientos de la ballena a través del mundo con los comentarios que ha escuchado, algo que se representa a través de un mapa con caminos trazados por todos los mares del planeta. De nuevo aquí, aparece la deidad representada en la ballena, ya que como Dios, se muestra omnipresente y es visible desde cualquier parte del mundo. Con el único propósito en mente de cazar a la ballena, y de arrastrar a su misión al resto de su tripulación pese a lo suicida de la misma. Ahab no duda en renunciar a su parte de ganancia, para repartirlo entre los que queden vivos tras cazar a la ballena, apelando así a la codicia del ser humano, para asegurarse el seguimiento de un grupo de acólitos. Es aquí dónde nos empezamos a plantear la existencia real de la ballena, o si simplemente ésta existe en la mente de Ahab, y en la mente de aquellos que han seguido su adoctrinamiento.

Tan sólo Starbuck había permanecido ajeno a la locura, actuando de este modo como la voz de la conciencia de Ahab. Pero tras la visión de un Ahab, muerto y enterrado entre las cuerdas de sus propios arpones, pero moviendo el brazo, llamando a su tripulación, en un movimiento mecánico producido por el vaivén de las olas. Acabará sumido, al igual que el resto de la tripulación, en la locura de Ahab. Así, apelando a su deber como ballenero, arrastrará a toda la tripulación, a continuar la misión marcada por su líder y llevarles de camino hasta la tragedia anunciada. El hombre venció a Dios, pero, ¿a qué precio?

Huston, no sólo dotó a su obra de un importante significado, que como indicábamos afloraba en lo religioso y en lo político con tintes de tragedia griega. Si no que también llevó a cabo un cuidado trabajo técnico. Su dirección nos regala escenas de una belleza enorme, la partida del Petuoq, posiblemente el único momento alegre de la película, se ve empañada por las lágrimas de esas mujeres que despiden a sus hombres, en un camino del que bien saben que es posible que no volverán. La imborrable imagen de Peck apagando el fuego fatuo con sus propias manos. O especialmente esa última escena, en la que Ahab resucita, como lo hiciera Jesucristo, una escena, para la que además Peck decidió rodarla él mismo, sin ayuda de extras. Dotan a la película de un poderío visual que va a acompañado por la extraordinaria fotografía de Oswald Morris, rodando en technicolor, pero con un paleta de tonos fríos y gastados, que evocan directamente a la época en la que está ambientada la película. No fue éste el único detalle que se guardó con recelo a la hora de acercar la obra a su ambientación a mediados del siglo XIX. El barco que se usó como el Petuoq, era una goleta de 1870, casi coetánea a la publicación de la obra, y que ya había sido usada por Disney para ser la Hispaniola de su adaptación de La Isla Del Tesoro.

Huston afirmó que Moby Dick era la película más difícil que había hecho en su vida, “Perdí tantas batallas mientras la hacía que llegué a pensar que mi ayudante de dirección estaba conspirando contra mí. Luego comprendí que solamente era Dios.” Huston llevó a luchar a Ahab contra Dios, Ahab sentía que era Dios el que le había amputando esa pierna, y tenía que luchar contra él. Como apuntábamos antes, ¿existía realmente esa ballena?. Huston luchó contra su ballena, luchó contra Dios, y venció, en un camino tortuoso, en un proyecto que estuvo rondando por su cabeza durante muchos años y que cuando por fin lo pudo llevar a cabo fue una dura batalla contra un mar de contratiempos. Pero de toda batalla vencida, se acaba saliendo más fuerte. Moby Dick no sólo fue un gran éxito, convirtiéndose en la película más taquillera el año de su estreno y doblando su presupuesto, si no que el tiempo acabó convirtiéndola en un merecido clásico, como la mejor de las representaciones cinematográficas posibles, de esa lucha del hombre contra Dios que escribió Melville. Una obra, dónde quizá su único punto negativo lo podemos encontrar en la elección de Peck, pero aún así, el actor, hizo todo cuanto tenía en su mano, y hasta procuró esconderse, para que la fuerza de un personaje tan fuerte como Ahab, permanezca como una huella imborrable por encima de su interpretación.

 

FICHA TÉCNICA

Título:

Moby Dick

Título Original:

Moby Dick

Año de Producción:

1956

País:

Estados Unidos

Dirección:

John Huston

Guión:

John Huston y Ray Bradbury (Basado en la novela de Herman Melville)

Música:

Philip Sainton

Fotografía:

Oswald Morris

Reparto:

Gregory Peck (Capitán Ahab)

Richard Basehart (Ismael)

Leo Genn (Starbuck)

Friedrich Ledebur (Queequeg)

James Robertson Justice (Capitán Boomer)

Harry Andrews (Stubb)

Orson Welles (Padre Mapple)

Fecha de Estreno:

27 de Junio de 1956 (Estados Unidos)

6 de Octubre de 1958 (Madrid, Cine Lope de Vega)