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No es una tarea sencilla adentrarse en el cine de un director tan complejo como Andrei Tarkovsky. Hace algunos años decidí aventurarme en la filmografía del vanguardista director soviético viendo la que, según muchos, era su mejor obra: Stalker. Cuando la vi por primera vez me dejó una sensación extraña, no sabía si había llegado a comprenderla del todo, aunque sí me había gustado mucho. Había algo en esa película que me hipnotizaba y me incitaba a ver más obras de este peculiar realizador. Algunos años después, y con toda la filmografía de Tarkovsky vista, podía afirmar con toda seguridad que el soviético era, sin lugar a dudas, uno de mis directores favoritos. Pero había algo que debía hacer de nuevo, tenía una cuenta pendiente con el bueno de Tarkovsky, y era que necesitaba ver de nuevo la película que me inició en su cine. Aprovechando el especial sobre los 70 que nos tiene ocupados estos días en la web, decidí que era la ocasión ideal para volver a ver Stalker y ya de paso, dejar mi opinión en forma de crítica. Creo que pocas veces en mi vida una revisión me ha resultado tan fascinante, ya que no solo volví a quedar hipnotizado, si no que todas y cada una de las cosas que Tarkovsky quería transmitir en su obra maestra las sentí claras como el agua. Ahora sí que me veía capaz de rendir mi pequeño y humilde homenaje al cine del director soviético, estaba preparado.

Stalker nos sitúa en un país desolado, post-apocalíptico, en el que existe un lugar en el que tiempo atrás cayó un meteorito, un lugar al que llaman La Zona. En La Zona, lugar de acceso restringido por las autoridades, se cuenta que existe una habitación en la que los sueños de los que allí entran se hacen realidad. Es entonces cuando un escritor y un profesor deciden contratar a uno de los guías especializados, llamados stalkers, para que los introduzca dentro de La Zona con el fin de comprobar la existencia de aquel misterioso cuarto de los deseos.

La primera idea que es necesario analizar es el concepto de La Zona. ¿Qué es La Zona? ¿Es un lugar en el que realmente los sueños se cumplen y en el que no existe vida alguna? Probablemente, no. A pesar de que Tarkovsky quiere jugar con la dualidad de dos mundos utilizando los colores, La Zona no es tan diferente del mundo real. El director soviético usa el sepia para narrar los pasajes que transcurren fuera de La Zona, mientras que cuando la película transcurre dentro de ella lo vemos a todo color. Esta maniobra es usada por Tarkovsky para ilustrarnos sobre la austeridad y la tristeza del mundo cotidiano, rodado en sepia, y la belleza y el esplendor del mundo idealizado, dentro de La Zona, en color. La razón de esa dualidad cromática no es si no un recurso para mostrar las dos caras de la misma moneda, del mismo mundo, aunque se nos haga pensar que La Zona es un lugar verdaderamente mágico y especial. Ya usó la misma técnica el soviético en su anterior obra, la también colosal El espejo, aunque de manera muy distinta, jugando con diferencias temporales y no espaciales, como sí se hace en Stalker.

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Al igual que el uso del agua, tan presente en todas sus películas y que en cada una parece adquirir un significado distinto. El elemento acuático está presente desde el comienzo hasta el fin de Stalker, vemos agua por todas partes. ¿Por qué? Tarkovsky afirmó en alguna ocasión que el agua carecía de algún significado especial en su cine, algo que a muchos nos cuesta creer. El agua puede ser considerada en Stalker como un elemento purificador, no a un nivel físico si no espiritual, casi místico.

Dentro de La Zona se cuenta que existen infinidad de trampas y sortilegios que hay que evitar y sortear para poder llegar al cuarto de los deseos. Con la excusa de que para llegar a él hay que evitar el camino más directo, el stalker traza un viaje lleno de rodeos para poder acabar dentro del cuarto, aunque esto no es más que una maniobra del guía para completar su función de iluminar a los viajeros, concepto del que hablaremos unas líneas más adelante. El cuarto de los deseos está muy cerca del punto de partida, pero La Zona tiene vida propia y va cambiando de aspecto continuamente según el stalker, y es por ello que deben tomar un camino más extenso dando innumerables rodeos para llegar a esa misteriosa habitación.

El contraste entre La Zona y el exterior puede ser tomado también como referencia a los problemas que tuvo Tarkovsky en su país natal. El gobierno soviético se mostró desde siempre muy desconfiado y severo con el realizador, tanto que por culpa de su anterior película, El espejo, Tarkovsky casi termina entre rejas. El canon impuesto por la URSS en la manera de hacer cine se veía gravemente amenazado por el estilo vanguardista de Tarkovsky, de tal forma que Stalker fue su última cinta rodada en la Union Soviética, años después se vio obligado a partir a Italia cansado de la opresión impuesta por el gobierno de su tierra natal. Puede que en Stalker haya algo de esos anhelos de Tarkovsky por querer huir a un sitio donde sus sueños se cumplan y pueda trabajar plenamente sin la opresión de su grisáceo país, a pesar de que en Nostalgia, su siguiente obra rodada en Italia, se muestra nostálgico (valga la redundancia) con su patria y echa de menos la tierra en la que creció.

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Otro concepto de vital importancia en el análisis de Stalker es el desarrollo de sus tres personajes principales. En primer lugar, la figura del profesor. Un científico que necesita entrar en La Zona para comprobar que realmente existe algo que hace que los sueños se cumplan. Su mente racional no concibe el hecho de que algo que escapa de toda lógica científica exista en un mundo así, por ello quiere entrar en La Zona y estará dispuesto a destruirla en el caso de confirmar su existencia. En segundo lugar, un escritor cuya inspiración se ha disipado completamente y necesita volver a recuperarla. Personaje frívolo y desencantado que en plena crisis creativa precisa retomar la fe en su pasión, que es la escritura. Por último, el guía, el llamado stalker. Un tipo sombrío y austero que se gana la vida haciendo que otros penetren en la zona, a modo de sherpa en el Himalaya.

Pero la realidad es que el stalker, más que un guía convencional, funciona como un guía espiritual. Su verdadera misión es que las personas a las que introduce en La Zona recuperen la fe, no una fe religiosa (a pesar de que en el film encontramos varias referencias bíblicas), si no una fe a nivel existencial, una esperanza necesaria para seguir adelante y mirar hacia el futuro. El stalker ama La Zona, su vida gira en torno a ella y su misión no es la de conducir a los viajeros hasta el cuarto de los deseos, si no hacerles ver a través de un laberíntico paseo que su existencia está por encima de sus anhelos, de que la fe ha de ser recuperada por el bien común. Es el miedo a obtener lo más ansiado lo que impide a los viajeros entrar en el cuarto de los deseos, ya que el cuarto no te concede lo que eliges, si no el deseo más ansiado que guardas dentro. Mediante una parábola sobre su antiguo maestro y su entrada en el cuarto, a modo de Mesías, el stalker explica el riesgo que conlleva entrar dentro e induce a sus compañeros de lo peligroso que puede ser obtener lo que más ansías en el mundo. El stalker es consciente de lo complicado de su labor, no es fácil devolver la fe a la gente que no tiene salvación, pero aún así sigue luchando e introduciendo a los más perdidos dentro de La Zona con la esperanza de que éstos se reencuentren con sus esperanzas perdidas y superen sus miedos. No actúa La Zona como un cielo o un infierno en el que condenar a las almas, si no como una especie de purgatorio en el que las personas deben purificarse y redimirse volviendo a encontrar el camino correcto haciendo frente a sus diversas crisis existenciales.

El último concepto que es de vital importancia analizar en Stalker es la representación de la hija del guía como la última esperanza. La niña, de la que se dice que ha nacido de manera distinta por la radiación de La Zona, parece tener poderes sobrenaturales que de alguna forma parecen manifestarse (de manera real o figurada) en forma de telequinesia mientras vemos su rostro en color a pesar de que la niña no se encuentra en La Zona en ese momento. Este hecho se conecta de alguna forma con El espíritu de la colmena, película de la que hablamos la semana pasada curiosamente. De maneras muy distintas, desde luego, pero el mensaje final de las películas de Erice y Tarkovsky viene a ser muy parecido: en la niñez radica toda la esperanza del mundo. Los niños, los seres más puros, son los únicos capaces de dejar atrás el mundo gris y sombrío y verlo todo de color porque solo ellos tienen esa fe que han perdido los mayores con el paso del tiempo. Puede que ver a un monstruo o creer mover vasos con la mente sean hechos irracionales e impensables, pero no dejan de portar la esperanza de unos seres que al contrario que los adultos, aún creen en algo y tienen la esperanza de que el mundo sea un lugar maravilloso y diferente.

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No es Stalker una película de ciencia ficción exactamente, a pesar de que suele ser calificada como tal. En general el cine de Andrei Tarkovsky carece de género cinematográfico, su cine suele ser un género en sí. Stalker, al igual que la gran mayoría de sus obras, pertenecen a ese tipo de películas que son completamente sensoriales y que son prácticamente imposibles de encasillar en algún género. Stalker no es una aventura en un futuro post-apocalíptico sobre la búsqueda de una habitación mágica en una zona prohibida; es una película sobre el miedo y la pérdida de la fe, sobre la necesidad de seguir creyendo a través de un viaje purificador. Tarkovsky con su cinta pretendía hacer él mismo de stalker y guiarnos de manera espiritual a través de La Zona, que no es otra cosa que su propio cine, e ilustrarnos sobre los miedos y las miserias del ser humano. Solo un genio como Andrei Tarkovsky ha sido capaz de plasmar ideas tan abstractas y complejas de una manera tan sencilla. Porque, en resumidas cuentas, Stalker es una película mucho más simple de lo que pueda parecer si la miramos de una forma lineal y convencional, desde un punto de vista meramente cinematográfico. Pero lo cierto es que ver cine de Tarkovsky y disfrutarlo de forma plena requiere ahondar un poco más dentro de lo que el soviético quiere transmitir, solo así podemos captar todo lo que el poético director pretende mostrar con su obra.

Fue una verdadera lástima que el mundo del cine perdiese de manera tan prematura a un director irrepetible como Andrei Tarkovsky, que falleció a la temprana edad de 54 años víctima de un cáncer. También fue, en cierto sentido, una pena que a Tarkovsky le tocase nacer en un país que puso tantas trabas y objeciones a su obra por cuestiones políticas, viéndose obligado el soviético a exiliarse en el tramo final de su vida. Afortunadamente su obra queda ahí para la posteridad, ahí tenemos sus Stalker, El espejo, Solaris, Sacrificio… Un verdadero tesoro cinematográfico digno de ser degustado por los paladares cinéfilos más exquisitos. El mundo del cine ha de estar eternamente agradecido a Andrei Tarkovsky, agradecido por poder disfrutar de una parte del inigualable talento artístico de un director único.