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Para una mayoría que suele preferir El Padrino puede que Taxi Driver no sea la mejor película de los 70, pero es difícil encontrar una película que sea “más” 70. No es muy probable que Martin Scorsese y Paul Schrader se propusieran conscientemente hacer la obra más emblemática de su tiempo, pero la realidad es que es difícil encontrar una que resuma y ejemplifique tan bien todo lo que supuso ese “nuevo Hollywood” que tanto (y tan excesivamente) se ha ido mitificando en los últimos dos o tres lustros.

El tratamiento directo y sin paños calientes de la violencia y el sexo, el tono agrio y contestatario, el estilo espontáneo y aparentemente más desaliñado que el de los estudios clásicos con sus platós y decorados perfectamente aislados… Todo eso está en Taxi Driver pero, además, a diferencia de El Padrino o de las obras de Stanley Kubrick o Terrence Malick de aquel entonces, nuestra película se sitúa en el aquí y ahora: no solo tiene el estilo de los 70 sino que nos habla de los setenta, del momento y el lugar en que fue hecha. Y no solo es eso, sino que ese “setentismo” está tan exacerbado que ya nos cuesta imaginarnos Manhattan en esa década sin los colores saturados pero sucios, sin el grano grueso de la fotografía de Michael Chapman, e incluso sin el solo de saxo imposiblemente turbio que escribió el enorme Bernard Herrmann para la ocasión (y además como despedida del mundo de los vivos). Uno ya no sabe, al mirar imágenes documentales de la época, si esa época imitaba a Taxi Driver o si Taxi Driver la imitaba a ella. Sí, incluso más que los de Woody Allen y su idealizado Upper East Side, el film del maestro italoamericano fue Nueva York, y fue los 70, y fue el Nuevo Hollywood. 

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Y eso que Schrader y Scorsese no hacen sino actualizar una temática típicamente americana que en absoluto era exclusiva de esa década, sino que el cine había venido tratando con regularidad desde los tiempos del mudo: el americano medio, o mejor dicho, el americano bajo, humilde, incluso paleto a veces, perdido y alienado en la gran ciudad, en Nueva York, como representación del mundo que no entienden y los excluye. Travis Bickle, conductor de taxi, fue en los años 20 el oficinista John de Y el mundo marcha, en los años 30 fue un gorila gigante que moría en la jungla urbana al caer desde el Empire State, en los 40 fue cualquier perdedor al que una rubia fatal lió entre las sombras del cine negro, y así sucesivamente hasta convertirse en el sociópata que nos encontramos aquí. Pero afortunadamente no estamos ante una puesta al día superficial, sino que los inspirados autores de esta obra magna dan una, y dos y más vueltas de tuerca al tema: sin perder la empatía que uno sentía hasta por el monstruo King Kong (y es ya de por sí un logro impresionante que nos hagan sentirla, que nos hagan ver lo que tenemos en común incluso con alguien como este protagonista), nos hacen ver que ese personaje clásico no es una víctima esencialmente buena e inocente de circunstancias que no controla, sino alguien que nos asusta y nos incomoda, tanto más cuanto más cercanos nos sentimos a él; eso sí, que no sea bueno ni inocente no implica que no sea una víctima, y el otro gran logro del guión de Schrader es lo sutil pero agudísimamente que dibuja la tela de araña que ha atrapado a Travis en la soledad y alienación en que vive: desde una cultura que celebra la violencia y hasta la promueve como una buena manera de solucionar problemas (esa irónica final tan malinterpretada por muchos en su día) hasta una hipócrita moral en la que ser drogadicto o prostituta está peor visto que ser racista o cometer un crimen de sangre, desde las secuelas del sinsentido que fue Vietnam hasta la crisis económica, el populismo político y el clasismo implícito en tantas relaciones sociales, nada se queda en el tintero.

Pero nada es simple ni fácil en esta historia y Schrader no se limita a señalar males culturales como si él estuviera libre de culpa. La principal vuelta de tuerca que supone Taxi Driver frente, por ejemplo, al perdedor de King Vidor en Y el mundo marcha es que Travis es al mismo tiempo víctima y verdugo, y ejercita la misma exclusión y la misma violencia que la sociedad ejerce sobre él, y puesto que guionista y director manejan tan bien los mecanismos de identificación del espectador con el antihéroe, uno no puede sino compartir la culpa.

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Hay una escena (y no revelaré nada esencial de la trama) que siempre me ha resultado especialmente representativa de lo bien que manejan Schrader y Scorsese esos mecanismos, y es la escena en que Travis, en su primera cita con Betsy (Cybill Shepherd), no tiene una idea mejor que llevarla a un cine porno. Ninguno (o casi ninguno) de nosotros hemos tenido nunca un error de cálculo tan garrafal, y en general la gente no suele estar tan desconectada de lo que es adecuado y lo que no, pero aun así, ¿quién no ha sentido nunca que lo que tenía sentido en su cabeza se ha vuelto ridículo y ha quedado fuera de lugar al ser dicho o hecho? La vergüenza ajena que sentimos en esa escena, perfectamente destilada en pantalla, nos remite a la vergüenza propia que habremos sentido todos por cosas mucho menos graves, a los momentos de desconexión total con el mundo por los que todos hemos pasado, y así es como nos vamos poniendo tan incómodamente cerca del personaje. Y por supuesto, el otro gran artífice de esa cercanía que sentimos es un Robert De Niro que jamás, ni siquiera en Toro Salvaje, ha estado mejor, y que es el primero en transfigurarse en Travis para que todos los demás podamos seguirle y entenderle.

Pero en realidad, a pesar de su hondura y complejidad, a pesar de su intensidad dramática, lo que uno recuerda inmediatamente cuando se menciona esta película suele ser un Nueva York sucio y humeante, nocturno, agresivo, peligroso, lleno de colores estridentes; un torrente de imágenes poderosas acompañadas de un saxo, y la sensación de profunda soledad y crispación que evocan. Y es que, por mucho que ponderemos la labor de Schrader, es Scorsese quien graba todo en nuestra memoria, quien lo hace legible y expresivo y quien le da una fluidez narrativa sorprendente para lo poco cinematográfica que, a priori, podría parecer una historia que, en esencia, es una voz en off intercalada con largos diálogos entre dos o tres personas como mucho. “Torrente” y “fluidez” son palabras que evocan lo líquido, y es que realmente así es como se percibe Taxi Driver en la memoria: como un destilado de cine. Ver esta primera cumbre de la carrera de Scorsese, es bebernos un zumo de puro cine, y de puro cine setentero. O, mejor que un zumo, diremos un cóctel, con mucho alcohol. Y no puede ser, claro, sino un Manhattan, bien cargado de whisky.