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Las luces se apagan. Las cortinas aún cerradas tapan la pantalla que aún se esconde, está tímida, tiene miedo de mostrar lo que serán los próximos noventa minutos. En ese momento la voz nasal de John Waters empieza a sonar en la cabeza de los espectadores sentados para asistir a la función, “Imaginen la mayor perversión que sean capaz de pensar, ¿ya la tienen? Ahora coméntelas con sus compañeros, los que están a su lado, los que están delante, los que están detrás. Reúna todas esas perversiones enfermizas que acaban de juntarse en su imaginación. Olvídense de ellas, porque en el truco de magia que van a presenciar, toda esa amalgama de perversiones se quedará corta”. La voz de John Waters se corta abruptamente mientras que por los altavoces empieza a oírse de manera ensordecedora The Swag de Link Wray and his Raymen. Unos créditos largos, de estética puramente pop, en los que absolutamente todos y unos cada uno de los miembros del reparto, incluido los extras, son nombrados, a sonido de un rock divertido, cachondo, para cerrar avisando que lo que vamos a ver es una película Escrita, producida, dirigida y filmada por John Waters. Que no quepa duda, él es Pink Flamingos, él es la mente perturbada detrás de la mayor de las perversiones jamás filmada.

Pink Flamingos fue desde su estreno una obra que nació con el sino de obra de culto, lo era, por derecho propio, porque hace cuarenta años era una película escandalosa, y lo mejor de todo es que hoy sigue siendo tan escandalosa y provocativa como lo era entonces. Durante diez años los neoyorquinos se acercaban cada fin de semana en procesión de medianoche a observar esa obra de arte sobre la perversión humana que había filmado Waters, abriendo camino a obras que más tarde llegarían como The Rocky Horror Picture Show. ¿Pero cuál es el verdadero secreto de Pink Flamingos? ¿Qué es lo que tiene la película? Si sintetizamos al máximo la película, si la desnudamos de todas las peculiaridades que la alzaron a la cima del underground, nos encontramos con una historia de venganza con tintes incluso mafiosos.

Es inevitable pensar en que Pink Flamingos tuvo su estreno en el Baltimore natal de Waters tan solo dos días después de que el público de New York viera por primera vez El padrino, comparación osada, pero no hay mucha distancia realmente entre estas dos obras maestras que parecen tan distintas. En ella dos familias compiten para tener el poder, con la familia como máximo referente, instinto innato de la protección humana más allá de sus actos, tanto en la obra de Waters como en la de Coppola, pero aquí llega la primera irreverencia de Waters, la más leve, no es un poder cualquiera, estas dos familias compiten por ser la familia más asquerosa de Estados Unidos.

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Es realmente complicado pensar en mayores perversiones de las que aparecen reflejadas en Pink Flamingos, Waters parece siempre ir un paso más allá de la mente del espectador, del incesto (con la que posiblemente sea la escena más salvaje jamás filmada en una película), a la violación, la zoofilia, el nazismo o el asesinato, acabando la estocada final con la mítica escena cropofágica en la que la propia Divine se comió una caca de perro. Pink Flamingos se basa principalmente en la provocación, pero también en la extravagancia, todo en ella está adornado de la forma más rocambolesca posible. Desde sus personajes, como esa madre a la que interpretaba una genial Edith Massey, encerrada en una cuna para bebés con el único deseo de comer huevos cocidos. A las situaciones, a veces metidas con el único pretexto de provocar y alterar el espectador, como ese hombre que se dilata el ano continuamente durante la fiesta de cumpleaños de Babs. Una provocación corrosiva que sólo sirve para salpicar su ácido sentido del humor, una película construida a través del humor más negro, consciente de sus propias limitaciones, pululando del mayor de los absurdos a la crítica más burda y obvia, como en ese espectacular acto final en el que la prensa cubre un improvisado juicio cuyo final ya está sentenciado de antemano, una simple patraña burocrática que los protagonistas deciden perpetrar para colaborar en el gran circo de su propia fama, el tesoro más codiciado.

About-to-Die

Jamás el cine underground fue tan underground como lo que Waters mostró. Más allá de sus claros valores en pro de la integración sexual, especialmente del travestismo, algo que se trata con una pasmosa naturalidad para la época en la que fue rodada, todo lo que rodea a Pink Flamingos nació con el aura de la suciedad que necesitaba ser filmada. Waters sacó a la calle lo que la gente necesitaba ver, lo que la gente quería ver, y no se atrevía a declarar que la curiosidad le suscitaba, y Waters lo filmó con un sentido innato de la provocación, de manera casi ridícula, con tramas tan absurdas y ofensivas como la de la trata de bebés. Y lo hizo en el sentido puro del underground rodando con apenas 10.000 dólares, con el propio equipo declarando años después que gran parte del decorado de la película tuvo que ser robado por no tener dinero para financiarlo, con la propia Divine arrestada por robo a mitad del rodaje, algo de lo que se escaqueó alegando que era para la preparación de su personaje.

Una película tan loca y tan provocativa, que a día de hoy sigue siendo tan irreverente como su primer día. Que en toda la historia del cine se ha sido incapaz de imitar, porque quizás tan sólo el propio Waters podría haber llegado a esos niveles en aquella Flamingos Forever que iba a financiar Troma y que por desgracia jamás llegó a ver la luz. Simple y llanamente Pink Flamingos es una obra maestra, para quien esto escribe uno de las más grandes de la historia del cine, porque el cine es un arte muy amplio, y jamás existió una obra de arte de la provocación como Pink Flamingos.