The-Exorcist

Siempre me ha fascinado el cine de terror y su capacidad para entretener a cambio de hacer al espectador sufrir. Después de haber visto a gente temblar, gritar, llorar e incluso vomitar en salas de cine, hay que dar un concepto por sentado: a la mayoría de la gente le gusta pasarlo mal viendo cine de terror, y está dispuesta a pagar por ello. Las razones son muchas y variadas, y van desde lo puramente morboso-voyeur del espectador, encontrando placer en ver cómo los personajes sufren; hasta lo adrenalínico y semi-masoquista de la experiencia, más basado en la empatía que potencia el género.

En este sentido, en 1973 se estrenaría una película que cambiaría el género para siempre, inaugurando un nuevo subgénero: el de los exorcismos. A pesar de todo, no sería la primera en tratar el tabú relativo a las posesiones demoníacas, ya explotado unos cinco años antes por Roman Polanski en La semilla del diablo. Sin embargo, esta cinta llegó hasta donde llegó gracias a sus impactantes y memorables imágenes y al extraordinario tratamiento que William Friedkin y compañía supieron darle al más profundo terror del ser humano: el miedo a lo desconocido. Hablo por supuesto de El exorcista.

Siempre me ha resultado fascinante su prólogo: comienza con un sutil plano exterior de una ventana cerrada con la luz encendida, de lo que parece una casa acomodada. A los pocos segundos vemos que se apaga la luz. Hora de dormir. Sigue la imagen de una virgen, señal de pureza y de bondad. De aquí nos vamos a esa misteriosa excavación con Max Von Sydow, toda ella rodeada por un palpable mal rollo (ese hombre tuerto, los perros peleando, el reloj parado), que finaliza con el sacerdote enfrentado a la estatua de un demonio, con el sofocante sol iraquí entre ellos. Volvemos a la casa del principio, esta vez desde el interior, en la que una preocupada Ellen Burstyn se acerca a la habitación de su hija tras oír unos extraños ruidos. Se encuentra con la ventana abierta de par en par. El resto es historia.

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Realmente, a pesar de ser una de las películas más terroríficas de la historia del cine, El exorcista no me parece una película de terror al uso. Tal y como yo lo veo, la primera mitad de la película se construye en base al drama de cada uno de los personajes principales, en los que a cada uno de ellos se expone a sus propios demonios. Por un lado tenemos al Padre Karras, que se siente culpable por la muerte de su madre después de haberla “abandonado” (esa pesadilla, una de las escenas más inquietantes y poderosas de la cinta); por otro tenemos los personajes de Chris y su hija Reagan, la cual comenzará poco a poco a mostrar unos extraños síntomas que, ante la desesperación de su madre, los médicos no saben cómo afrontar.

De este modo, la película parte de un sentido de progresión dramática impresionante que, por acumulación, acaba mutando en la película de terror que todos recuerdan. Así, poco a poco el drama de cada personaje va cada vez a peor: el infierno del Padre Karras, impotente y culpable ante la muerte de su madre, perdiendo la fe; el infierno de Chris, viendo impotente cómo su hija se consume, ante las ridículas explicaciones de los médicos; y finalmente, el infierno de Reagan, enfrentándose al mismísimo Diablo.

Además, Friedkin prescinde del uso de música y de golpes de efecto sonoros (salvo en contadísimos momentos) así como de las típicas trampas visuales tan habituales en el género para forzar el susto; todo lo que vemos y oímos es lo que ven y oyen los personajes, sin trampa ni cartón, lo cual potencia el aspecto dramático de la historia a la vez que da mucho más peso a los momentos de terror, los cuales aumentan a medida que la posesión de Reagan empeora. El único elemento “externo” que introduce en la película son esas escalofriantes imágenes subliminales del Diablo que aparecen en distintos momentos a lo largo del metraje, atravesando a cada uno de los personajes (la pesadilla de Karras, Reagan en la consulta, Chris cuando vuelve a casa).

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Todo esto alcanza su máximo exponente en el último acto, es decir, durante el exorcismo en sí. Resuelto con una maestría y una serenidad envidiable, Friedkin se toma su tiempo mientras Merrin y Karras entran y salen de la habitación, hablando entre ellos, intentando no perder la cordura y caer en la tentación. El uso del sonido en el juego de voces que tiene lugar en el cuerpo de Reagan es impresionante, así como la fotografía, convirtiendo la habitación en una especie de espacio entre el la tierra y el infierno, en el que todo es posible.

La resolución, como no podía ser de otra forma, llega a través de la redención del Padre Karras, bajando junto al Diablo cada uno de los escalones hasta encontrar su final. Tras ello, la película prescinde de catarsis. No es necesaria, el espectador ya está suficientemente abrumado. Despedimos a los personajes y llegan los créditos de la mano de la memorable melodía de Mike Oldfield.

El exorcista fue y es un hito cinematográfico a subrayar dentro de la evolución del género de terror, que tanto por méritos propios como ajenos, supo perfectamente cómo hacerse hueco en la cultura popular y en la industria cinematográfica, constituyendo el germen del subgénero de posesiones y exorcismos que, aún a día de hoy, sigue estando en buena forma.