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Es un tópico decir que el cine puede ser un espejo de la realidad. Que el cine es un invento que nace, con los Lumiére, como avance de la fotografía para captar aún más fielmente el mundo que nos rodea, y así las primeras imágenes que se proyectaron gracias a los cinematógrafos son esas escenas cotidianas, filmadas con carácter documental, de una familia jugando en su jardín, unos trabajadores saliendo de una fábrica, o un tren llegando a una estación.

Quizá sea también un tópico, pero éste más dudoso, decir que el fútbol no debe de ser un deporte muy cinematográfico, ya que no tenemos muchas películas míticas que giren alrededor de él, algo que puede tal vez explicarse, más que porque el fútbol sea poco cinematográfico, porque los estadounidenses nunca lo amaron y al fin y al cabo son ellos los que forjaron la primera mitología cinematográfica. Quizá si el fútbol se jugara más allá en los USA, “El orgullo de los yanquis” trataría sobre un delantero portentoso y no sobre un primera base que aquí en Europa no nos dice mucho.

Pero si es cierto que el cine fue y es un medio idóneo para capturar la realidad, en realidad el fútbol debería ser el más cinematográfico de los deportes, porque el fútbol expresa y hasta exacerba la realidad. A través de él, en la mayoría de países del mundo, damos salida a sentimientos colectivos difíciles de expresar o canalizar de otra manera, desde su configuración como medio (como sueño, igual que el cine) para escapar de un entorno social de pobreza en algunas zonas, hasta su politización para expresar rivalidades de carácter nacionalista, el fútbol refleja, en los países en que es deporte rey, que no son pocos, aspectos de la sociedad que el cine puede capturar como ningún otro arte. Y pocas películas son mejor ejemplo de ello que Offside, esa pequeña pero valiosa gema que dirigió Jaffar Panahi en el año 2006.

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Panahi cuenta en su película una anécdota pequeña, como casi siempre, en la que sin embargo podemos leer muchas cosas: una chica quiere entrar al estadio en el que la selección de su país, Irán, se juega en un partido contra Bahrein su clasificación para el mundial de Alemania. Para ello va disfrazada de chico ya que, aunque no hay una ley que formalmente lo prohíba, en la práctica no se permite el acceso de mujeres al estadio. Como ella, hay otras chicas en su misma situación. A partir de aquí conoceremos a estas chicas y veremos, catalizada, exacerbada por el fútbol, una parte de  la realidad iraní en 87 minutos, prácticamente lo que dura el partido (soberbio manejo del tiempo por parte de Panahi, por cierto, que consigue la ilusión de que parezca que todo sucede en tiempo real cuando por alguna parte debe de haber una elipsis que nos ahorre los minutos de descuento y el descanso).

Así resumida puede parecer que la denuncia de la película es simplísima y hasta plana: una más de las muchas películas que nos cuentan la opresión de la mujer bajo regímenes integristas, denuncia no por necesaria menos sobada si se limitara a constatar este lamentable hecho una vez más. Pero Panahi no se limita a eso, precisamente porque el fútbol le permite hablar de muchas más cosas: desde la esperanza de todo un país puesta en algo tan nimio y tan poco nimio como una clasificación que aún supone estar muy lejos de la gloria de la victoria, hasta la evaporación de barreras ideológicas que la euforia de una gesta deportiva puede causar, pasando por la confusión que genera en los propios guardias la obligación de hacer cumplir una ley a la que no consiguen encontrar una explicación convincente, o la solidaridad de muchos chicos con las chicas. No destripo nada, porque todos sabemos que Irán jugó el mundial de 2006, si digo que al final Irán gana, así que utilizo esa euforia final para alabar la sutileza de Panahi y su excelente uso de la ironía y la ambivalencia: el director se deja contagiar de la alegría de su pueblo sin reservas, y las últimas imágenes la expresan tan bien que uno se emociona casi tanto como cuando España ganó la Eurocopa (decir el mundial me parecía hiperbólico), pero el uso de una canción exaltando las maravillas de Irán no puede sino resultar irónico cuando el sinsentido legal y burocrático que hemos visto en los ochenta y pico minutos anteriores ahí sigue aunque fugazmente hombres y mujeres celebren juntos y lo olviden por un momento.

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El fútbol en sí aparece muy poco en pantalla. Como el propio nombre de la película indica, estamos, como las mujeres en la vida sociopolítica iraní, offside, fuera de juego, y allí es donde la cámara se planta. El juego de Panahi con el fuera de campo (qué bien se alinea la terminología cinematográfica con la futbolística, ¿no?) es magnífico: vemos a los personajes mirando el fútbol, pero no vemos el fútbol en sí. Es más, la mayor parte del tiempo, vemos a una pobre chica mirando a un hombre que mira el partido, pero no solo no vemos el partido sino que tampoco vemos al hombre, solo el rostro angustiado de la chica que intenta leer en la cara del hombre al que no vemos lo que está ocurriendo en un campo que tampoco vemos. Excepto en un momento, que Panahi orquesta con absoluta maestría y precisión: sin revelar demasiado, en la mitad exacta de la película, minuto 43 y pico, por avatares narrados con magnífico pulso, suspense y sentido del humor, casi por casualidad, la cámara consigue captar el campo, el ruido de la hinchada se vuelve atronador, y el escalofrío de haber visto por un momento una epifanía se apodera del espectador. Ese campo no volverá a aparecer, pero Panahi ya nos ha puesto de verdad en el pellejo de las chicas para las que acercarse al terreno de juego (deportivo, social, político) es un pequeño milagro.

Offside es, así, una película que trata más sobre la sensación de disfrutar del fútbol, del juego, que una película sobre fútbol, pero no hay duda de que el director iraní sabe que es este deporte el que mejor puede servir de metáfora de todo lo demás, el deporte que más sirve para tomar el pulso a la realidad de su país. Para los minutos finales nos reserva un plano magnífico, sin duda uno de los más memorables de aquel año 2006: a Panahi sin duda le gusta sostener el plano más que a Cristiano Ronaldo marcar en una final aunque sea de penalti, y su obra está llena de planos larguísimos, pero ese momento en que vemos, prácticamente sin cortes, en tiempo real, los rostros de todas las chicas frente a una radio, durante los agónicos tres minutos de descuento, desesperadas porque el árbitro pite el final, es sin duda una de las cumbres de su obra.