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-Si en los títulos de crédito de una película aparece Pelé tras Max von Sydow, el eventual crítico de cine puede hacer al menos dos cosas: optar por entrar en el juego propuesto, y entonces esbozar un texto que intente emular la mirada de un niño; o comportarse, en cambio, como un adulto juicioso que, escandalizado, clame contra el sacrilegio y, tras ver la película, desenmascare las costuras del relato y sus abusos edulcorantes. La decisión no es fácil, pero tal vez lo más difícil sea intentar lo primero sin olvidar lo segundo, o siendo más precisos, saberse tan bien lo segundo, tenerlo ya tan presente, que pueda uno, por fin, nada menos que jugar. ¿Jugamos?

Suele afirmarse que Evasión o victoria (Victory, John Huston, 1981) es la película de fútbol por excelencia, aquella que primero nos viene a la cabeza cuando asociamos el cine con ese totémico juego (me niego, al menos aquí, a llamarlo deporte). Esto no quiere decir que sea, a la fuerza, la mejor película jamás realizada sobre fútbol, pero, ante todo, no quiere decir que su tema principal sea el fútbol, así como, de modo análogo, el White Album de los Beatles no es fácilmente clasificable como un disco. Y, sin embargo, puede decirse (de una manera peculiar y superando esta vía negativa en una afirmación más plena) que Evasión o victoria va de otras cosas justamente porque sólo va de fútbol, así como el citado no-disco puede ser de hecho el mejor de los discos editados por el cuarteto de Liverpool.

Escape To Victory

El pretexto de la película es conocido: Segunda Guerra Mundial, un campamento de prisioneros aliados custodiado por los nazis y un descreído militar alemán que reta a los prisioneros a un partido en un estadio del París ocupado, mediando las siguientes palabras: “Las naciones deberían resolver sus discrepancias en un campo de fútbol.” El entrenador Colby (interpretado por, quitémonos el sombrero en su presencia, Michael Caine) acepta el desafío ante la posibilidad de obtener mejoras en las condiciones de internamiento de sus jugadores, y se pone a la tarea de seleccionar a los más aptos para el encuentro, entre los cuales, cómo no, destaca Pelé, que aquí no es Pelé, sino un tal Luis Fernández, que tampoco es brasileño, sino de Trinidad y Tobago.

Para los oficiales británicos al mando del campamento de prisioneros, el partido se convierte en una extravagancia ciertamente frívola, pero aprovechable para lograr, cuanto menos, la fuga de los jugadores implicados. Por su parte, las fuerzas alemanas ven en la presumible victoria un arma de propaganda que funcione como símbolo de su superioridad más allá de lo meramente bélico y que merme aún más la autoestima y el espíritu de lucha de sus enemigos. No hay duda de que ambos son objetivos muy adultos, esfuerzos no exentos de lógica, juicio, cálculo y hasta sentido común. Pero no olvidemos que hablamos de una película en la que el nombre de Pelé aparece tras el de Max von Sydow en los títulos de crédito; tengamos presente que el mítico actor sueco interpreta a un jugador de la selección alemana de fútbol que ha devenido en el antibelicista Mayor Karl von Steiner; advirtamos que el capitán aliado Colby sueña con poder volver a jugar en la Premier League tras la guerra; y destaquemos, como peculiaridad definitiva, que Sylvester Stallone acaba siendo el portero del equipo que debe enfrentarse a los nazis. Algo más que buen juicio y lógica deben de esconder todos estos condicionantes. Algo debe de haber en ellos de cierto espíritu burlón, de aparente irresponsabilidad, de fascinante despropósito, de sana locura transitoria, de simple juego y de cuento.

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Es entonces cuando amenaza lo inverosímil para inducir a sospechas al adulto prudente, y para mantener en vilo al niño que (ojalá) siempre le acompaña y asoma. Es aquí cuando el espectador sagaz e informado puede hablar de un planteamiento ingenuo, mientras el niño se limita a disfrutar del supuesto candor sin mayor cuestionamiento. Porque es ahora cuando jugar este partido tal vez ya no sea tan sólo un medio para la ocasional fuga de los jugadores prisioneros, acaso porque la evasión (¿sólo?) sea una victoria parcial y escasa, en comparación con la posibilidad, que ofrece el propio juego, de conseguir algo mucho más importante.

Así que, es en este momento y lugar, cuando (según decíamos al comienzo de este amago de crítica) tal vez quepa conocer tan bien lo que significa la palabra ingenuidad, tener tan presente el riesgo de lo inverosímil en el cine y saber localizar sin demasiado esfuerzo un desatino azucarado, que sea posible, sin sonrojo, ver un partido de fútbol como un fin en sí mismo, como un entrecruzamiento de ilusiones, orgullo, diversión y noble competencia, que, por obra del contexto y de la acción virtuosa, subsuma el pocas veces tan perentorio y vital logro personal en la categoría de símbolo colectivo. Todo ello si así lo quieren los jugadores, si Ardiles se hace con el control del ataque, si Pelé logra imponer su estilo, si el árbitro se muestra menos permisivo con la brusquedad alemana, si Stallone se muestra firme bajo los palos, y, sobre todo, si nosotros podemos creerlo.