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Ahora que la temporada de premios ha finalizado definitivamente y se va acallando el estruendo de latigazos, aullidos y estaciones espaciales chocando contra Sandra Bullock, puede que sea un buen momento para volver la vista sobre un título que se llevó su pequeña porción del pastel y que, pese a no estrenarse en España en salas comerciales, sí fue editado como de tapadillo en DVD por Cameo el pasado mes de febrero: Stories We Tell, de la directora y actriz canadiense Sarah Polley.

Cuadra, la verdad, con el aspecto y carácter de Polley, tan discreta y calmada, el que su película haya ido haciendo su camino de manera tan poco ruidosa. Se estrenó en diversos festivales a finales de verano de 2012 y continuó en el circuito durante el otoño, pero no vio su estreno comercial en Estados Unidos hasta la primavera del año siguiente, cuando recibió las mismas críticas entusiastas que había estado recibiendo en esos festivales. Y así, con una audiencia pequeña pero fiel, llegó hasta el invierno pasado como una película querida y especial, hasta alzarse con el galardón al mejor film de no-ficción tanto de la crítica de Los Ángeles como de la de Nueva York, entre otros premios y nominaciones, venciendo a la favorita (y sí estrenada comercialmente en España) The Act of Killing. Se quedó Polley, eso sí, sin la mención más llamativa, la que quizá habría supuesto la diferencia que la habría hecho estrenarse en cines de otros países, esa nominación al Oscar que parecía tan segura y que, caprichos de los académicos, finalmente no obtuvo.

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Es posible que una de las razones de ese aparente desprecio sea la naturaleza elusiva, fluida, de la propia película, muy alejada del documental al uso, tanto que a lo mejor los documentalistas del la Academia rehusaron considerarla como uno. ¿Se está documentando realmente algo, alguna realidad, cuando se está tratando simplemente de entender unos hechos que pertenecen al pasado y que nunca fueron filmados ni pueden serlo ya? La etiqueta de “film de no-ficcion” con que la premiaron los críticos de las dos costas estadounidenses, siendo más amplia, parece cuadrarle mejor, pero aun así es difícil asegurar con absoluta convicción que estemos en los dominios de la no-ficción: Polley, al fin y al cabo, no rueda unos hechos, sino su recreación, y sus no-actores podrían estar fingiendo o mintiendo tanto como Meryl Streep. El propio título de la película parece adentrarse ya en los terrenos del cuento, de las historias que contamos, de las ficciones que creamos para intentar entender la realidad, y toda la película se sitúa en ese punto en el que la realidad comienza a contarse y a relatarse en forma de historia y empieza a convertirse en una ficción. Parece incluso claro que no estemos ante un documental, y sin embargo tiene la forma de uno, parece claro que no hemos cruzado el umbral de la ficción (los protagonistas de un drama que fue muy real aparecen con sus nombres reales y muestran sus objetos personales reales) pero notamos que estamos a punto de crearla. Tampoco podemos llamarlo docudrama, seguramente. Pero, ¿es esa indefinición realmente un defecto? ¿No es más bien una de las mayores virtudes de cualquier obra? Cuando lo que se quiere expresar adquiere formas inéditas, simplemente porque necesita ser expresado de una manera ajena a etiquetas y géneros y códigos, es porque es expresión de algo altamente personal y sincero. “Llámalo nivola”, que dijo aquel, qué más da mientras sea bueno y comunique exactamente lo que quiere comunicar.

Uno de los aspectos más sorprendentes de esta nivola de Sarah Polley, además de esa libertad para romper convenciones y fronteras genéricas, es la continuidad que establece con sus trabajos anteriores en forma y tono pese a tener un material dramático que a priori necesitaría un tratamiento muy diferente: la melancolía ante la imperfección de las relaciones humanas, combinada con un ligero sentido del humor que le permite ser tolerante con esa imperfección, estaban ya presente en “Lejos de ella”, y eso que aquella película era la adaptación de una escritora tan personal como Alice Munro. Aunque el primer largometraje de Polley no parecía la más fieramente autoral de las obras, ahora, a toro pasado y tras dos películas más, sí parece claro que Polley es capaz de llevar a su terreno cualquier cosa y hasta cualquier género. En su mano un documental y una ficción de Munro dejan de ser un documental y una ficción de munro para convertirse, simplemente, en películas de Sarah Polley.

Ya el comienzo de su ópera prima mostraba su interés por la memoria y, más en particular, por nuestro afán de apresar los recuerdos, revelado en nuestra necesidad de grabarlos, en cine o en videos domésticos. Lejos de ella comenzaba con unas imágenes supuestamente filmadas en Super 8, que representaban los recuerdos que el protagonista (Gordon Pinsent) tenía de su mujer (Julie Christie). Las imágenes estaban, claro, creadas expresamente para la película, y aquella jovencita no era la joven Julie Christie: la ficción representaba ya ahí el recuerdo de algo real, el formato doméstico se utilizaba como símbolo de nuestras ganas de apresar el pasado, los momentos de felicidad que tememos se vayan. Y aquí, en Stories We Tell, recurre al mismo truco visual: mezcla imágenes reales de sus vídeos familiares con otras recreadas con actores que se parecen a sus familiares y filmadas como si se tratara de vídeos domésticos de un tiempo pasado, confundiendo la realidad con la grabación de la realidad y a ambas con la recreación de la realidad. Y así, revela el mecanismo por el que la realidad se convierte en memoria y la memoria en ficción cinematográfica.

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Para situarnos un poco, diremos simplemente que la película trata de cómo Sarah Polley, actriz de mayor celebridad en su Canadá natal que en España, hija de actores de, también, cierta fama por aquellas orillas, descubrió que podia no ser hija de quien creía ser, es decir, que quizá su madre, actriz famosa, tuvo un “affaire” con alguien y lo ocultó para siempre, a la prensa, a Sarah y, claro, a su marido, que envejeció creyendo ser el padre de la menor de sus hijas. Polley indaga en esta red de posibles mentiras del pasado pero no con el propósito de descubir una verdad, ya que sabemos desde el principio que Polley conoce ya la verdad, sino con el propósito de intentar entender a sus protagonistas, a su padre, biológico o no, a su madre, infiel o no, y a sí misma y la medida en que los descubrimientos pueden cambiarla. Trata de convertir en pasado una historia que explotó en su cara hace pocos años y que, por tanto, para ella, aún es presente. Trata de convertirla en pasado para poder entenderla, y después en cuasi-ficción para entenderla mejor. Trata de convertir el caos y la casualidad en relato. Y lo hace siendo fiel a sí misma y a esa mirada melancólica pero divertida y vitalista que ya mostró en sus películas anteriores.

Al final, puede que Stories We Tell sí sea un documental, pero sobre una materia tan esquiva que parece no serlo y desafía las etiquetas de que hablábamos: Stories We Tell documenta con absoluto detalle el proceso por el que los humanos convertimos nuestra realidad, nuestros recuerdos y nuestra memoria en ficciones que nos contamos, que grabamos, que escribimos, que transformamos en materia conservable para poder entenderlas y retenerlas para siempre. Y además marca un punto de inflexión para su autora, pues demuestra que Sarah Polley sabe perfectamente de lo que quiere hablar con su cine, que sabe cómo hablar de ello en cualquier género, y que es ya una voz única y personal; estaremos encantados de seguir escuchando esa voz en sus futuras obras.