Soy del Atleti, no lo soy porque me lo impusieran, sino por rebeldía, en mi más tierna infancia mi madre me intentó hacer del Madrid, y mi padre del Barcelona, quizá por rebeldía, quizá por la alegría que me suponía ver a Kiko, el ídolo de mi infancia, decidí hacerme del Atlético de Madrid, sin saber que este sino marcaría el resto de mi vida en absolutamente todo. Ayer fue día de finales y de premios, mientras que en Cannes ese sitio que seguimos con fatiga a través de comentarios que nos dejan los dientes largos esperando que todas las películas lleguen a nuestras pantallas (y sabiendo que no todas lo harán), también se jugaba la final de Champions. Una final de Champions especial, el gran derbi, no era sólo el hecho de que jugaba el Atleti esa final, algo que jamás soñé que podría llegar a ver, si no que por avatares de un destino caprichoso, el Atleti tenía que jugar esa final contra el eterno rival, ese vecino que toda la historia nos ha ninguneado. Parecía un momento especial. El escenario perfecto para que el Atlético consiguiera ser grade de Europa, ni al guionista más avispado se le habría ocurrido un escenario mejor, y ni siquiera Shakespeare podría haber escrito una tragedia tan grande como la que vivió el Atlético de Madrid en la fatídica noche de Lisboa.

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No soy muy futbolero, animo a mi equipo y disfruto de sus victorias, pero no importaba ser el seguidor más acérrimo o no, ese cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 era doloroso, más doloroso que ver a Meryl Streep parada en el semáforo en Los puentes de Madison, más doloroso que ver a Ingrid Bergman despegar en Casablanca, más incluso que la muerte de la madre de Bambi, o la de Mufasa en El rey león (no podemos negar que las mayores tragedias son las que nos marcan desde la infancia). Una de las mayores tragedias. Pero no me sorprendía, una parte de mi ya estaba apoderada de una alegría inusitada, una sensación que jamás había sentido viendo un partido de fútbol, pero la otra miraba de reojo el reloj, sabiendo que el final se acercaba, que la tragedia estaba marcada, ese giro cruel en el último momento de la película, era el sino Atlético, ese sino que ha marcado toda mi vida. Como diciendo: “Espabila Juanma, jamás apoyarás a nada que va a ganar”.

No voy a hablar de este Cannes en especial, al fin y al cabo, con cualquier festival es imposible tener un favorito sin haber visto ninguna de las películas a competición. Aunque mi corazoncito, pese a las dispares críticas, esperaba que por fin fuera el momento de reconocer a David Cronenberg, ese eterno perdedor. Ser del Atleti, y amar el cine y sus premios para mí es ya como una prueba de fuego, a veces siento que mi futuro estaría en las majors de Hollywood, avisándoles de cuál es mi película favorita de ese año, para que ahorren esa pasta gansa en promoción de cara a los premios asegurándoles que no va a ganar. Es cierto que el alguna rara ocasión mi favorita del quinteto nominado ha conseguido alzarse con el Oscar, son excepciones muy raras, y no grandes triunfos, son como las victorias del Atleti, pequeños granos a recoger, pero que nunca supondrán un gran triunfo.

Y mira que los premios, al contrario del fútbol, suelen tener finales cantadas, pero incluso cuando suena la campana, siento que estoy en medio. Si me piden hacer una lista de las mejores películas en lo que va de siglo, obviamente variaría mucho cada vez que lo hiciera, pero seguramente por ahí aparecería películas como Amelie, Brokeback Mountain, La red social o Mulholland Drive, todas ellas son eternas perdedoras. Alguna como Mulholland Drive parecían favoritas en un gran Cannes, y no se pudo hacer con la victoria, o La red social cuya derrota parecía anunciada, mantuvo la lucha hasta el final con El discurso del Rey pero aquella carrera también acabó perdida, como ese Atleti que aguanta, pero cae hasta el final por culpa de mis gritos de ánimo.

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Pero las hay peores, aquel año que Amelie se coló en los Oscar consiguió cinco nominaciones, se quedó sin algunas anunciadas como las de Mejor película o Mejor actriz, aún así parecía que la película de Jeunet no tendría rival en Mejor película de habla no inglesa, y apareció una fantástica película bosnia llamada En tierra de nadie que fue como aquel gol de Schwarzenbeck, le privó de la victoria, sí, también se fue de vacío. Pero peor aún fue el caso de Brokeback Mountain, aquella perdedora de última hora en unos Oscars que como siempre parecían escritos. Brokeback Mountain se había hecho con todos los premios que se tenía que ganar, Ang Lee subió a por su Oscar, parecía una victoria tan clara como la que ayer nos daba el gol de Godín, la gala se acababa y sólo faltaba el pitido final. Entonces apareció Jack Nicholson, y abrió el sobre con la misma cara de estupefacción que se nos quedó anoche a todos los seguidores rojiblancos, como el testarazo de Ramos, el Oscar a la Mejor película iba a parar a las manos de Crash. Estaba absolutamente fascinado por la belleza de la película de Lee, y parecía que sería la gran victoria de una película que adoraba, pero una vez más la tragedia llegó.

Soy del Atlético de Madrid, y eso es un sino terrible, porque aquello que ame parece tener prohibido ganar. Pero aún así mantengo la ilusión porque realmente importa poco, porque como esas películas que ningún premio ganaron se mantendrán siempre en mi corazón, esta final del Atlético de Madrid del Cholo Simeone estará marcada como una de las películas más tristes que jamás vi. ¿Y qué le voy a hacer cuando ni siquiera puede recriminar a nadie por ser del Atleti y preguntarle a mi padre aquello de: “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”?. Y que no falte, en esta entrada tan futbolera un momento para felicitar a nuestros lectores madridistas.