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Este martes publiqué la crítica de Godzilla, una crítica negativa en la que trate de argumentar mi opinión acerca de una película que me parecía que realmente tenía pocas cosas positivas para enmarcar. No es la primera vez que la publicación de una crítica negativa me cuesta reacciones de fans de una película que ellos han disfrutado. Al fin y al cabo, cualquier opinión sobre un arte tan subjetivo como el cine, no es más que simplemente eso, una opinión. Y el debate con opiniones contrapuestas es siempre enriquecedor. Eh, nada de eso de “sobre gustos no hay nada escrito” la expresión más horripilante que cualquier crítico de cine puede escuchar jamás, lo que yo veo como negativo, tú lo puedes ver como algo positivo, me parece correcto, siempre y cuando esto se justifique, es divertido debatir, y es bonito que los que una misma película pueda ofrecer visiones tan distintas. Nada que objetar, como analista de cine, siempre tengo mi propia opinión y es la que trato de ofrecer y la que defenderé, sea correcta o no. Y muchas veces no es populista, lo sé, me parece algo normal. Pero lo que ocurrió con Godzilla era algo distinto.

Varias personas (chavales, en su mayoría) atacaron a la opinión negativa de una película que aún no habían podido ver, puesto que no se había estrenado, sin embargo, estaban tan convencidos de que era una gran película, que no podían soportar una crítica negativa. Que esa película que tanto esperan, por la que cuentan los días para que se estrenen, reciba opinión negativa por parte de cualquier media, se percibe casi como si fuera un ataque personal, como si estuvieras insultando a su equipo de fútbol, como si elegir la mejor película de ese año, no respondiese a su calidad, si no a una pasión por unos colores que se han elegido de antemano.

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Hollywood ha idiotizado a nuestros chavales, han hecho de Internet una arma come cabezas. Aún recuerdo el día que fui ilusionado al cine a ver La amenaza fantasma. Dos años antes había visto por primera vez, a mis diez años, la saga original en el cine, gracias a un reestreno (de la falta de reestrenos hablaré otro día), y posiblemente las vi muchas veces en ese lapso de tiempo. Imagino que en el cine habría visto algún tráiler de la nueva película, era la única información que tenía de una película que además, se había estrenado tres meses antes en Estados Unidos, mi ilusión era enorme porque iba a haber visto una película de la que no sabía nada. Sí, esa ilusión siempre ha existido, pero ahora es distinto. Y es que hoy eso no ocurre. Ver una película se ha convertido en una final deportiva. Durante un año, como si fuera la temporada completa, hay que seguir día a día toda la información que poco a poco se va filtrando, un clip por aquí, tres fotos por allá, un extracto de la banda sonora, diez tráilers de quince minutos cada uno… Llegar al cine saber lo que vas a ver me parece una idea horrible, aún estando informando de todas las noticias de cine, trato de evitar en cuanto me es posible ver todas estas cosas que me parecen innecesarias.

El marketing se ha convertido en una campaña avasalladora para convencer al espectador de que le tiene que gustar la película sin haberla visto, para que puedan recomendar la película antes de haberla visto. Atraerles de forma sectaria a su película, hacerles sentir que esa película que se estrena este verano es su película, su estreno, la que han elegido, la que tienen que sentir, y ojo que nadie se meta con ella. Pues lo pagará caro. Atrás quedaron los debates de cine, ahora se habla de pasión, y ése, ¿Papá, por qué somos del Atleti? hoy puede reemplazarse por un ¿Papá, por qué somos de Godzilla?