Mientras una catarsis colectiva empañaba a España tras el triunfo en la liga del Atlético de Madrid, rompiendo la hegemonía de nueve años de una liga que no salía del Bernabeu y el Nou Camp, en Cannes, España se paseaba rompiendo también la tendencia al drama del festival con una comedia argentina (pero española también, producida por El deseo, es decir, los hermanos Almodóvar) que al parecer levantó las carcajadas de los críticos de morro más torcidos (sí, incluyendo a Boyero). También pasó por allí otro de los veteranos del festival, el francés Bertrand Bonello, en una de esas películas que tanto adora la crítica on-line y causan la desesperación de la prensa más tradicional. ¿Se acuerdan de Holy Motors o de La gran belleza? Pues reacciones similares ha tenido Saint Laurent, la cual apuntamos en nuestra libreta.

Saint Laurent de Bertrand Bonello

saint laurent

Bonello describe con estilo plúmbeo la gloria creativa y las desventuras personales de Saint Laurent desde los compulsivos años sesenta hasta su muerte. Admito que la moda esté en deuda con el arte de Saint Laurent, pero el retrato que el director hace de él y de su entorno, habitado por una fauna especializada en los pasotes lánguidos y continuos, las modelos yonquis, gigolós vaporosos y chaperos de lujo, un perrito al que le dan caviar y que la palma por sobredosis de drogas, las presiones mercantiles en ese negocio tan artístico, el amor y la admiración que le profesan al gurú la gente que trabaja para él, lo único que me provoca es la sensación de estar perdiendo el tiempo observando las sofisticadas vivencias de gente que no me importa nada, ni sus triunfos ni sus tragedias, ni lo que hacen, ni lo que dicen, ni lo que piensan. Todo me resulta cargante en este aburrido biopic con inútiles pretensiones de complejidad.

Carlos Boyero (El país)

Su intención no es tanto la de relatar la vida como acercarse a la herida; tocar el momento excepcional que hace que una vida extraordinaria se arrastre por lo más vulgar de lo ordinario. La cinta brilla sobre todo en el retrato de un modisto ya anciano preso de su triste y horrible (admitámoslo) colección de camafeos; un hombre incapaz de distinguir lo real de la ficción en la que tiempo atrás quedó detenido.

Luis Martínez (El mundo)

Aquí volvemos a esa textura como de sueño de opio que consigue que plano y objetos tengan cierta textura cuasi difusa, de sfumato, colaborando a que nunca terminemos de saber quién era realmente YSL y es que, como en el caso de cualquier otro gran hombre, sabemos más de él por sus hechos que por sus palabras… y los hechos son tres décadas de colecciones pret-a-porter que revolucionaron el mundo de la moda, lo demás poco importa, no hay velo de amabilidad ni sátira hiriente, sólo un hombre con una gran virtud y muchos defectos y una cámara estilizada y dividida como un cuadro de Mondrian. Por si no ha quedado claro: hemos amado Saint Laurent.

Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Una cursi y eterna oda al modisto y una pasarela interminable de modelitos, amantes y borracheras y orgías del genio de la alta costura. Protagonizada por Gaspard Ulliel como Saint Laurent y Jérémie Rénier en el papel de Pierre Bergé. Un tostón que solo sirve de autobombo al cine francés.

María Guerra (La script)

Bonello no repasa la historia, sino que serpentea por ella, yendo hacia delante para poco después volver atrás. La coherencia obedece al arrebato del momento; el interés lo encuentran, elemental, los interesados en la materia (a los demás, directamente, se nos ignora) o en las formas, sin lugar a dudas potentes, eso sí. Más allá de la persona, supuestamente se quiere retratar el legado (en todas las esferas en que éste ha logrado manifestarse), pero a fin de cuentas sólo consigue sobresalir, como viene siendo habitual en su carrera, el cineasta, siempre uno o dos peldaños por encima de un trabajo soterrado bajo la infinidad de virguerías formales al que se le somete. No es que desconcierte, no es que no se le detecten las virtudes… es que al quitarle el envoltorio, el contenido no interesa.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)

No importa la herencia modista, no importan las oportunidades perdidas, importa el convencimiento de lo que uno ha sido capaz de dar a cambio de tanto cariño. Y qué potente cierre es este si aún en la despedida Yves es incapaz de resolver la pregunta que resume su vida entera.

Emilio Doménech (Cinefagos)

Relatos Salvajes de Damián Szifrón

relatos salvajes

El guionista y director Damián Szifrón revela tanta imaginación como feroz gracia. También un conocimiento lleno de acidez sobre el comportamiento de la naturaleza humana en situaciones límite y en cómo lo que parece cotidiano se puede transformar en un volcán. Es una película insólita, inteligente y mordaz que siempre te inquieta y en bastantes momentos te hace reír, una tragicomedia muy bestia en la que puedes llegar a identificarte con un poco de vergüenza en actitudes que consideramos irracionales, extremas y devastadoras.

Carlos Boyero (El país)

Estructurada en capítulos separados, un hilo cose el desplome de un avión corriente con el asesinato accidental de un mafioso corriente, sin olvidar ni la explosiva venganza de un ingeniero corriente o la fatalidad de una boda imposible. Y, obviamente, corriente. A saber: la violencia cotidiana y real convertida en enfermedad; enfermedad social y corriente. Una película, en definitiva, de una negrura luminosa. Quizá cegadora.

Luis Martínez (El mundo)

Es la rebelión individual contra la burocracia, el abuso político, la mentira, etc. el combustible que alimenta el motor del film, afrontado afortunadamente (sin duda el mayor acierto de su autor) desde una perspectiva humorística que consiguió empatías con la colaboradora platea, necesitada de algún pequeño guiño tras tanta gravedad turca. Destacar de las seis historias que componen el film, la última de todas ellas, la boda más honesta que nadie imaginó alguna vez, la prueba de que el verdadero amor y el sexo más salvaje nacen de la sinceridad extrema.

Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Las historias son cómicas, grotescas, profundamente humanas y están contadas y montadas con brío brillante y juguetón. ‘Relatos Salvajes’ resulta una comedia violentísima y catártica que despertó carcajadas entre los sesudos críticos de Cannes. Naturalmente, uno se pregunta si debajo de este sexteto de héroes revolucionarios de gatillo y navajazo fácil no hay una invitación a la violencia social.

María Guerra (La script)

Una de las películas más salvajemente desternillantes de los últimos tiempos; un monumento de lo más gamberro dedicado a la mala leche. Haciéndose suyos todos los homenajes (ese capítulo que pasa por ser una de las mejores revisiones de la mítica ‘El diablo sobre ruedas’, de Steven Spielberg) y mostrando siempre una asombrosa capacidad para conectar con el público, el director y guionista nacido en Ramos Mejía firma una atractiva combinación de frentes a priori irreconciliables.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)

Una comedia negra, muy divertida y bastante salvaje, como indica su título, compuesta por varios episodios independientes cuyo nexo en común es la reivindicación de la injusticia, las desigualdades sociales y la venganza del débil y el individuo contra el poderoso y el sistema; qué es lo que ocurriría si cuando decimos ‘ésta te la guardo’, pasáramos a los hechos. Un conjunto de 6 historias cortas muy consistente y que Szifrón dirige con pulso firme. Muy bien escrita e interpretada consiguió arrancar grandes carcajadas en su pase de prensa.

Carlos Elorza (Precríticas)

Szifrón recurre a la frustración social, cultural y política para apuntillar el disparate de sus historias, protagonizadas por una serie de personajes a los que se les tocan mucho las pelotas. Queda así como leit motiv la vertiente antisistémica, fruto de ese desánimo generalizado ante las decenas de insoportables coyunturas que pueblan este planeta, y las ganas de pasarse el respeto y los tabúes por, donde si no, el forro de los cojones. No quisiera uno amargarles la personalidad sorprendente de este largometraje, por lo que bastará con aludir a la boda más grande jamás contada para que esperen este trabajo con las ganas de reír necesarias. Desternillante.

Emilio Doménech (Cinefagos)