Ayer pasaron por Cannes dos de los grandes pesos pesados de este festival. Por un lado el canadiense Atom Egoyan, la recepción de la película que protagoniza Ryan Reynolds no ha podido ser nefasta, todos los medios coinciden en lo ridículo de la propuesta y que el director de obras maestras como Exótica y El dulce porvenir sigue sin levantar cabeza. Por otro lado llegaba el turco Nuri Bilge Ceylan, las reacciones contrapuestas ya nos las conocemos, una película densa de más de tres horas desde luego que no ha hecho las delicias de la prensa más tradicional, no así de la prensa on-line, que ha salido bastante entusiasmada, y si en algo coinciden todos es en que Ceylan es ya uno de los favoritos a ganar la Palma de Oro.

Captives de Atom Egoyan

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Esta siniestra temática, que recientemente ha gozado de crónicas escalofriantes en la serie de televisión True detective y en la película Prisioneros aquí está desarrollada de forma tan torpe como poco creíble. Los personajes resultan falsos, el pretendido suspense genera aburrimiento, los actores y actrices están penosos, los diálogos y las situaciones son inverosímiles, todo desprende el olor y la factura de un telefilme convencional. La perturbación que antes lograba este director ha desparecido.

Carlos Boyero (El país)

El problema es que Egoyan, y pese a la evidente referencia a sus trabajos más logrados (la citada antes y ‘Exótica’), vuelve a incurrir en los mismos defectos de sus últimas y más olvidables películas. La pomposidad afectada y el narcisismo de autor en horas bajas camina de la mano de un guión tan apresurado como gratuito, finalmente increíble, que apenas alcanza a reproducir los lugares comunes del ‘thriller’ más adocenado. Tremendo. Inolvidable a su pesar uno de los finales más chapuceros que ha visto el cine reciente.

Luis Martínez (El mundo)

Egoyan está desfondado, conserva su pulso sórdido y su elegancia al filmar, y cuenta con discutible intriga el drama de un matrimonio cuando desaparece su hija pequeña, y enseguida sabemos que raptada por un tarado y su red pedófila… Como dura poco, pues se ve fácil, pero le falta a esta película esa inexplicable suciedad que tan bien le extraía Egoyan a sus historias.

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

The Captives, es un acto tan desesperado de recuperar niveles artísticos pasados a base usar elementos idiosincrásicos –cámaras y pantallas usadas de modo voyeurístico, paisajes nevados, traumas pasados no resueltos-, y a la vez una narrativa tan torpe y chapucera, que el resultado final es pura autoparodia.

Nando Salvá (Cinemanía)

Egoyan ha filmado un True Detective eliminando las parrafadas filosóficas y un suspense que no tienen cabida en su particular narrativa: transparente en los giros y hermética en el tono. Lástima que la plana y precipitada resolución del relato deje tan amargo sabor de boca al final de la proyección

Manu Yáñez (Fotogramas)

Egoyan parece supeditar en The captive la congruencia del relato al peso de su estructura, preñada de continuos flashbacks que no tendrían porque molestar (como tampoco tendría porque hacerlo la temprana sobreinformación que otorga al espectador) si no fuera porque debido al excesivo protagonismo de ese esqueleto narrativo la ilación de los hechos que narra deviene en caos absoluto, caos poblado por fantasmagóricos personajes que aparecen y desaparecen sin que sepamos muy bien los motivos que pueden llevar a introducirlos para, a continuación, negarles cualquier relevancia, Egoyan ejerce de hambriento Saturno devorador de las criaturas que engendra. Si esta trama desvaída no fuera suficiente para desvirtuar los valores que se le suponen a un thriller de empaque, su resolución es la definición de lo anticlimático, una pequeña guía de como no finalizar una historia, la sublimación de lo no narrativo. No creo que volvamos a ver al amigo Atom por la Croisette.

Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

En ‘Captives’, el drama solo alcanza la emoción de un telefilm de carril y previsible: con una banda sonora simplona y atronadora, un villano plano (Kevin Durand), un guión lleno de agujeros tramposos, y desde luego, un protagonista errático, Ryan Reynolds, que gimotea perdido durante las dos horas de metraje.

María Guerra (La Script)

El enfoque de la obra podría recordar al empleado por su director en “El dulce porvenir”, pero se queda lejos de aquella, como mero despropósito de lugares comunes que ya son sólo usados por quienes hacen parodia (ese loco caótico, esa espía rusa con peluca) y como una lectura equivocada de lo que se aprende con el manual del guionista de McKee, eligiendo sólo las claves que ya hace mucho tiempo que el ojo del espectador medio tiene superado.
vaporoso.

Esther Miguel (Videodromo)

El absurdo pide paso como único e innegociable combustible de la trama y, por consiguiente, cualquier aspecto de ella se queda en el más vergonzoso desnudo cuando se somete a cualquier examen mínimamente racional. Fluyen las risas (involuntarias y nerviosas), y la cuerda, la maldita la cuerda, tensadísima donde las haya, sigue sin ceder.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)

Winter Sleep de Nuri Bilge Ceylan

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Dedica 200 minutos a contar algo que me resulta tan discursivo como vacuo, aunque imagino que se me escapa el arte y la trascendencia de su mensaje. (…) definitiva, que no para de largar. Pero la locuacidad de los personajes y las metáforas que seguramente acompañan a su existencia no tienen ningún poder hipnótico para este adormilado y embrutecido espectador. La culpa es mía, que no me entero de nada.

Carlos Boyero (El país)

Nuri Bilge Ceylan planifica cada escena como su se tratara de un campo de batalla. Las recriminaciones caen como pedradas dirigidas a, en efecto, la retina del espectador. Y el efecto es exactamente el mismo que el de los cristales rotos. Corta, duele y, pese a ello, entusiasma. Todo en uno. Como diría Mark Twain, “qué más da la condición social o el color de piel, es un hombre y no puede haber nada peor”.

Luis Martínez (El mundo)

A Bilge Ceylan es evidente (para mí es evidente) que le sobra un porrón de preámbulo, unas larguísimas conversaciones entre dos o tres personajes que uno no las aguantaría en la vida real. Empieza a la hora y media pasada con una fuerte discusión entre el matrimonio, que se muestran las tripas como si fueran peces, y luego, hasa el final, aunque queda todo un abismo, adquiere la “trama” algo de interés humanista y sentimental.

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

En Winter sleep esa gravedad del terruño se contagia a sus personajes, geografía física y humana, ambas regidas un terrateniente, maravillosamente interpretado por Haluk Bilginer, que domina, con la excusa del despotismo ilustrado, la vida y las posesiones de todos los que le rodean. En el continuo engarce de conversaciones que articulan las tres horas y cuarto que dura el film, iremos desvelando, capa tras capa, disfraz tras disfraz, las debilidades de un hombre, la realidad que oculta tras el gesto de benefactor, el eco a Los hermanos Karamazov que resuena a lo largo del metraje.

Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Brilla especialmente al revelarse como una obra de cuadros psicológicos totales y de continua verborrea a la Bergman (recuerda un poco a “La Hora del Lobo”), donde a través del intercambio podremos revelar la verdad de todas las grandes cuestiones de la vida: religión, amor, expectativas vitales y otros que van alternando su estado del sólido al vaporoso.

Esther Miguel (Videodromo)

La última creación de Ceylan es una especie de señor feudal moderno que aglutina en sus carnes todos los defectos más despreciables del ser humano… y es quizás por esto que, en el fondo, se nos hace tan difícil odiarlo. El pobre diablo, al fin y al cabo, es tan o más humano que la mayoría de asistentes esta tarde en el Grand Théâtre Lumière. Teniendo esto en cuenta, se hace casi imposible recopilar en una sola crónica (y en un solo tomo, para ponernos en otro ejemplo) todo lo expuesto en este ultra-ambicioso filme. No por el maratoniano metraje (que también), sino por la apabullante densidad con la que éste está dotado. No apto para mentes (y/o paciencias) débiles.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)