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Junto con la prensa diaria, el personaje que encarna Bill Pullman en la Carretera perdida de David Lynch recoge cada mañana de su felpudo unas cintas de vídeo donde aparecen durmiendo él y su mujer (interpretada por una nunca tan sugerente Patricia Arquette) en la supuesta soledad de su dormitorio. Nada más. No consta mayor amenaza que la de verse durmiendo: un acto cotidiano que algún extraño graba para luego dejar constancia de su inquietante presencia en la intimidad de una casa ajena y, con ello, inundar de desasosiego las vidas de los indefensos espiados. Pudiera ser que una mañana el vídeo que llegara a esa casa tomada no tuviera a la citada pareja como involuntaria protagonista, sino a la familia que vertebra el relato de Después de la generación feliz: un esquinado cuento de terror dirigido por Miguel Ángel Blanca (a.k.a. Guillothina), que a buen seguro también podría amenizar las noches del protagonista de Arrebato, esa rareza del cine español dirigida por Iván Zulueta con la que esta película comparte atmósfera.

Extraño artefacto el que nos propone Guillothina con esta obra breve e intensa, hipnótica y sombría, psicodélica y deforme, fantasmagóricamente tierna. En apenas sesenta minutos –medida muy adecuada para el desafío- asistimos a una tétrica historia familiar a partir del corta-pega de imágenes caseras aceleradas, ralentizadas, repetidas o desenfocadas sobre las que se narra en off un cuento de brujas donde la fragilidad infantil aparece en primer plano. Una historia que, en el fondo, puede ser la de cualquier familia, la de cualquier niño, igual que los cuentos de los hermanos Grimm –aún no edulcorados por ese reverso amable de la fuerza que es Disney- hablan tanto de mí como de ti, o mejor, de mis miedos y de tus miedos, de todo aquello que nos atenaza en el silencio de la noche y que necesitamos exorcizar y asimilar por la vía de la narración o de la canción popular.

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Sin embargo, por debajo de esta historia pequeña y concreta, más allá de la narración no lineal y hecha como a jirones de un cuento de brujas tan real como la vida misma, crece una inquietud mayor, que dota a la película de una hondura nada desdeñable y al espectador de una incomodidad que se mantiene tiempo después de acabada la experiencia. Gracias al tratamiento de unas imágenes, intrascendentes en apariencia, que simplemente muestran a personas bañándose en piscinas, o bailando en un festival escolar, o jugando en un prado; y gracias a la música analógica de Internet2, que añade siempre la dosis justa de tragedia o tenebrosidad lo-fi, comprobamos que lo siniestro –tal y como siempre hemos sabido y hemos aprendido a olvidar en favor de un vivir confortable- habita justamente en aquello que nos parece más familiar; o, dicho de otro modo, recordamos que sólo nos sobreviene el desarraigo que provoca la extrañeza del mundo precisamente porque estamos dentro de eso que llamamos hogar, costumbre, convención o refugio.

Y  pocas cosas revelan más ese carácter aciago de lo que nos vincula e involucra, pocas cosas nos recuerdan más la certeza de nuestra finitud que una fotografía o un vídeo casero: esos intentos imposibles de fijar un instante y, de algún modo, matarlo, desfigurarlo, impregnarlo de unas vanas pretensiones que siempre quedan frustradas por el mero e irremisible paso del tiempo. Así, los vídeos que vertebran la historia de Después de la generación feliz están poblados de fantasmas como yo o como tú, de unas personas que, justo en el mismo momento de ser grabadas, dejan de existir como tales para pasar a ser personajes distantes, anclados y perdidos en el tiempo, simples ecos, remedos, traiciones, espectros. De algún modo “todos somos fantasmas”, dice la última frase que se oye en la película; sobre todo los niños, esos seres con todo aún por hacer, cuyo carácter es el de lo efímero y cuyo contacto con la fantasía y el juego está siempre en riesgo de desvelar los pies de barro de las supuestas realidades adultas. Pero ya sabemos –porque hemos vivido esa angustia- que los niños también son frágiles y corren el peligro de extraviarse fácilmente, por ejemplo, en medio de un bosque, “que solo es divertido un rato”, solo antes de que el sol se ponga y sus padres no sepan o no quieran encontrarlos.

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En favor de una mayor densidad de esta fuerza oscura de las imágenes también trabaja el poder de unas estupendas interpretaciones musicales que –grabadas en directo- sirven como catalizador de la historia narrada y de esa otra hondura que acabamos de advertir. Esta música, ejecutada por Joan Colomo, Sara Fontán (Manos de topo) y Spazzfrica Ehd (Za!), toma canciones infantiles para explotar la arista inquietante de ese género tan aparentemente inocuo, y conforma con ello una banda sonora –un mantra de difuntos- que bien podría servir de fondo para un aquelarre, pero que aquí funciona como mapa sonoro de una pequeña historia familiar, acaso también de la tuya y de la mía. Seguro que en nuestros propios relatos domésticos encontramos sostén, acogida, reposo, apoyo y demás virtudes, a la vez que, si nos atrevemos a escarbar un poco, también hallaremos sus consecuentes reversos tenebrosos. Así que prepárense un vaso de leche caliente, cierren las puertas de sus armarios, suban el volumen y, si todo parece en calma, vean Después de la generación feliz. Dulces sueños.

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