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Los documentales no son películas, ni mucho menos. Y por eso, como es obvio, no deben ser tratados ni observados bajo el mismo prisma que una película cualquiera. Sin embargo, el documental es un género dentro del mundo cinematográfico y, por tanto, es de suponer que, aún en la distancia, tiene los aspectos primordiales, las ventajas, los inconvenientes e incluso un gran número de los recursos propios del cine como tal. Debido a esto, a la hora de valorar si un documental es bueno o malo no solo debemos prestar atención al contenido (igual que en una película no solo nos fijamos en su historia) sino también al envoltorio, a cómo se cuenta lo que se nos cuenta.

Todo este rollo que os acabo de soltar es necesario para afrontar la crítica de Cartas desde Parliament Square. Antes que nada, situémonos. Cartas desde Parliament Square es un documental realizado por Carlos Serrano Azcona que tiene como objeto la campaña por la paz “Parliament Square Peace Campaign” que iniciara el ya fallecido Brian Haw en Junio de 2001 y que tenía como objetivo luchar contra la intervención militar de Reino Unido y USA en Iraq y Afganistán. La campaña consistía en una acampada legal y permanente, las veinticuatro horas al día y los siete días de la semana, en las puertas del Parlamento Británico y que aún continúa vigente. Su portavoz actual, por así decirlo, es la activista Barbara Tucker, que lleva más de siete años viviendo en esa plaza.

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Para empezar, es prácticamente indispensable conocer todos estos datos de antemano y, por tanto, tener conocimiento de esta campaña para poder entender lo que Barbara cuenta durante 50 minutos seguidos. Porque el documental es eso, una conversación con Barbara Tucker en la que ella responde a las preguntas de Azcona y tratan temas actuales como la actuación del gobierno británico, su implicación en los conflictos internacionales, la corrupción, la ignorancia del pueblo, las injusticias e ilegalidades encubiertas e incluso alguna que otra teoría conspirativa. Y ya está. No hay más. Y por eso el documental es infumable.

Como decía al principio, a la hora de hacer un documental hay que tener en cuenta los aspectos cinematográficos del género y, por lo menos, intentar dotar de dinamismo a una conversación de casi una hora. Dejando a un lado el horroroso primer plano de la activista que se mantiene durante toda la entrevista, qué menos que introducir otro tipo de imágenes o cambiar de plano en algún corte de la entrevista (que los hay, pero en lugares completamente arbitrarios). Azcona, sabedor de esto (supongo) intenta suavizar lo denso de la conversación continuada con una mini-intervención de un exmilitar que vive en la calle y que no aporta absolutamente nada, y unos veinte planos recurso de duración no superior a diez segundos. Y aquí viene el motivo de mi desencanto total. Si el documental habla sobre Londres y está grabado en Londres, ¿Por qué los planos recurso son de cosas como aviones en el cielo? Quiero decir ¿Por qué grabar algo que puedes ver desde el balcón de tu casa en lugar de algo característico del lugar donde estás? Misterios que se quedan sin resolver, me temo.

Todo este cúmulo de cosas despojan al documental de cualquier atisbo de profesionalidad posible y, lo más grave, masacran una conversación bastante interesante desde el punto de vista informativo y que, sin duda, da bastante que pensar. Es una pena que el buen mensaje que quiere transmitir Barbara Tucker llegue a aburrir al espectador, pero lo es aún más que a esto se le llame documental.

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