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Hubo una época en que la defensa de los derechos humanos, en el mundo de la música, se encarnaba en John Lennon. Hoy se encarna en las Pussy Riot. Más allá de las profecías mayas que este dato pudiera desempolvar, lo cierto es que “Pussy Riot: Una plegaria punk” es un magnífico alegato en favor de la libertad de expresión y en contra de las penas de prisión por causas ideológicas, sobre todo porque deja claro al más reaccionario que nadie, ni siquiera ellas, deben sufrir merma en su libertad para expresarse. Nadie, ni siquiera ellas, deben sufrir penas de prisión por sus ideas, o (como quizá sea el caso) por carecer de ellas pero estar dispuestas a expresarlas igualmente y de la manera más epatante posible. Una semana sin paga y el viernes castigadas sin salir, eso puede ser. Pero no prisión.

Espero que este inicio un poco chusco no haga pensar que este crítico no deplora del modo más profundo el carácter autoritario del régimen ruso, o los ataques contra la libertad de expresión perpetrados por las autoridades de cualquier otro país del mundo. Los deploro. Pero hablo completamente en serio si digo que este alegato funciona muy bien, entre otras razones, por la absoluta falta de valor artístico de las Riot (o de las Pussy, no sé cómo hay que llamarlas, en un eco cutre de la vieja disyuntiva Stones/Rolling). Si estas chicas tuvieran una propuesta artística medianamente valorable, o si en algún momento de sus disertaciones ante la cámara revelaran alguna estatura intelectual, el espectador podría pensar que esas artistas tienen derecho a expresarse sin ir a la cárcel PORQUE son artistas notables o eminentes, cuando lo que se trata de transmitir es que CUALQUIER artista o pensador, por desatinados que sus postulados éticos o estéticos resulten, cuenta con ese derecho inalienable. Hasta (sí) las Pussy Riot.

Es a otro nivel la misma razón por la que la película de Tim Robbins Pena de muerte (Dead Man Walking) funciona como obra de denuncia de la pena capital. Hacia el final le es dado saber al espectador que el personaje interpretado por Sean Penn es en realidad culpable de sus cargos. La razón (nos dice la película, con loable honestidad) por la que hay que estar en contra de que maten a este hombre no es porque sea inocente (de hecho no lo es), sino porque ningún hombre debe ser ejecutado por deleznables que hayan sido sus actos. Sea culpable o inocente, no debe ser ajusticiado. De igual modo, las Pussy Riot no deben ser encarceladas por deleznables que sean sus canciones (aunque con más decibelios, el hit Santa Mierda suena muy similar a un instrumento eléctrico que usa mi dentista y produce casi el mismo miedo) y por mucho que no podamos esquivar la tentación de llevarlas al Vips a comer tortitas para en confianza hacerles aquella pregunta, pero hija, de verdad, a ti qué te pasa. Es posible que a la llegada del sirope ya se hayan quitado el pasamontañas, pero no contaría con ello.

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La película sigue a Nadia, Katia y Masha (que así se llaman estas adolescentes) desde su improvisado concierto en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, que propició  su detención, hasta los juicios que terminaron condenándolas a dos años de cárcel. Las vemos enfrentarse a representantes del ala más conservadora de la Iglesia Ortodoxa, cuyos grotescos argumentos nos recuerdan (menos mal) que estamos del lado de las chicas. La actitud denigrante e inquisitorial de los representantes de la justicia (?) rusa y las entrevistas enlatadas con Putin retratan a la perfección la tendencia totalitaria del régimen, logrando poco a poco que se afiance la solidaridad del espectador con las Riot (he decidido que este apelativo es más decoroso que su alternativo las Pussy). A mí me queda claro que estoy del lado de las Riot a pesar de (o tal vez precisamente porque) me parecen tres mocosas bastante maleducadas cuyos pasamontañas de colores se me antojan una versión punk de Parchís. Con todo, y con mucho sentido, se han convertido en emblemas de la lucha contra los abusos de poder.

También son para muchas mujeres grandes adalides del feminismo a pesar de la propensión de Nadia a organizar “bukkakes” en el Museo de Ciencias Naturales de la capital rusa, quizá como lección práctica del apareamiento de los mamíferos para potenciales visitantes. Algo que la corrección política asociada al feminismo no ve nada bien, o si lo ve bien es que ha habido novedades que me he perdido por el camino. Pensaba que pornografía y feminismo no iban exactamente de la mano por lo que la primera tiene de cosificación de la mujer, pero es posible que esté mal informado. O sea: iconos mundiales de la batalla por la libertad de expresión, sí. Iconos mundiales del feminismo, no lo sé, ustedes verán.

Estas chicas se han convertido en iconos mundiales de la lucha por los derechos humanos y han desencadenado una abrumadora corriente de apoyo planetario. El documental, muy correctamente abordado y rodado, da buena cuenta de este fenómeno, y vuelve a poner a prueba nuestra altura ética y estética .  Porque sí: hay que estar con las Pussy Riot aunque las apoye Madonna.

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Ficha Técnica:

Título original: Show Trial: The Story of Pussy Riot Director: Mike Lerner, Maxim Pozdorovkin Música: Simon Russell Fotografía: Antony Butts Distribuidora: Karma Films Fecha de estreno: 07/02/2014