ItMight1

El 23 de junio de 2008, el director Davis Guggenheim (oscarizado un año antes por su famoso documental Una verdad incómoda, aquel sobre los efectos del cambio climático del que Al Gore hizo su bandera) reunió en un austero almacén a tres guitarristas emblemáticos: Jimmy Page (Led Zeppelin), The Edge (U2) y Jack White (White Stripes, Raconteurs, The Dead Weather). Con este inmejorable pretexto comienza It might get loud (2008), película documental donde tres décadas distintas y tres diferentes estilos musicales se unen para rendir homenaje a la auténtica protagonista, la guitarra eléctrica, personaje que, a través de estos músicos, sus historias, sus logros y sus destinos, se revela poliédrico, fuente capaz de múltiples registros, materia orgánica de la que extraer algo más preciado que el oro.

ItMight2

Tal vez el mayor mérito de este documental esté precisamente en transmitir la fisicidad de la guitarra eléctrica, en atrapar al espectador por obra y gracia de unos músicos que forjan sonidos como artesanos, lejos de esa habitual manera de retratar a los artistas en la pantalla, como si fueran meros genios autónomos y autómatas de los que naciera el arte casi providencialmente. Aquí, en cambio, los tres músicos implicados no son tratados como privilegiados individuos especiales, cuyo destino ya escrito fuera la guitarra, sino como ilusionados trabajadores que llegan a ser guitarristas a través de un diálogo con lo ya escuchado, de una lucha con el instrumento, de una pasión que se extingue si no hay confrontación constante con las cuerdas y la madera.

El esfuerzo es el método común que practica nuestro trío maestro, cada cual en sus contextos y con sus batallas, pero todos ellos en el mismo camino, en la búsqueda de la variación próxima, del origen siempre perdido hacia el que dirigirse. Tres diferentes historias muy bien plasmadas en la película, sin demora pero con el detalle preciso, sin importar nada el éxito logrado y sí el fulgor precoz y laboriosamente mantenido. Ahí vemos, por ejemplo, al joven Page intentando emular fraseos de viejos discos o cargando su primera guitarra a la escuela. Y vemos a unos desconocidos U2 ensayando en un aula de su instituto, motivados por la negrura de su entorno a gritar su épica postpunk. Y también vemos a Jack White peleando con guitarras y pianos desvencijados mientras bucea en las raíces lastimeras del blues. Con esto, It might get loud logra transmitir camaradería, porque sabe descubrir la procedencia común de sus protagonistas: la sensación de que hay una belleza que no habita en las calles, sino en los discos, y la casi obligación de perpetuarla y abrirle nuevos caminos casi a martillazos.

ItMight3

El caso extremo de esta batalla lo representa Jack White, casi místico en su búsqueda de la pureza de las estructuras del blues que abomina de la tecnología por distanciar la emoción y la verdad. The Edge, en cambio, aparece como un alquimista del sonido, bien pertrechado con grandes paneles que le permiten experimentar con las notas y las frecuencias. El uno parece querer haber vivido en el Tennessee de los años 30, mientras que el otro recogió el aullido punk de una generación asfixiada y supo apaciguarlo con cierta sombra salvífica de bosques y playas invernales. En el medio -un medio que todo lo ocupa- está Jimmy Page (palabras mayores), con esa sapiencia del maestro que sabe aglutinar, conciliar extremos, rescatar la aportación más que enmendar totalidades, combinar susurros y truenos.

Los tres exhiben sus técnicas, hablan de sus hallazgos y principios, piensan en lo que queda siempre por hacer o escuchar… hasta que el tiempo se detiene (el nuestro con el de la película) cuando las sonrisas casi infantiles de White y The Edge asisten al rugido de la mítica Whole lotta love en la guitarra del maduro y elegante Jimmy Page. Ese momento bien demuestra que la inocencia no está reñida con la experiencia sino con la muerte, que cada vez que se da belleza es siempre la única vez y, en definitiva, que el milagro acontece como un rayo de una vez por todas.