Entre las muchas virtudes que adornan a HBO hay una en la que no suele repararse pero que resulta indiscutible: su habilidad para estar en boca de todo el mundo —o en Twitter o Facebook— casi sin interrupción. Apenas puesto el punto final a las ocho temporadas de Juego de tronos (Game of Thrones, 2011-2019) vuelve a monopolizar la atención seriéfila, incluso robándole el plano a la nueva entrega de Black Mirror (ídem, 2011-actualidad). Y lo consigue, además, con un notable cambio de registro, pues frente a las abracadabrantes conjuras palaciegas, puñaladas traperas, espectaculares batallas y fantasía épica desbocada de aquélla, todo lo cual rodado con derroche de medios y de carisma, se opta esta vez por una minuciosa reconstrucción histórica en tan sólo cinco episodios.

Como su nombre indica, Chernobyl recrea con gélida crudeza el accidente ocurrido en la central nuclear homónima. La cursiva de accidente no es ninguna errata, pues tras el visionado de esta insalubre maravilla no queda sino concluir que se trató de un ilustrativo ejemplo de la incompetencia dolosa, parálisis burocrática y mangoneo estructural típicos de los regímenes totalitarios, terrible cóctel (Molotov) que costaría la vida a decenas de miles de inocentes y la salud y sus hogares a cientos de miles más. A los nuevos jerarcas rusos no les ha gustado, buena señal. La han descalificado tildándola de propaganda y ya preparan una versión propia y alternativa de los hechos donde un agente de la CIA está en el ajo.

La descarnada puesta en escena, reseca como el corazón de un comisario político, no obsta para que —en especial durante los dos primeros capítulos— asistamos al que probablemente constituya el mejor terror filmado en los últimos años. El relato de los minutos, horas y días inmediatamente posteriores a la tragedia se erige en un crescendo antológico que pone los pelos de punta al espectador más encallecido. El tercero y el cuarto, centrados en los esfuerzos por contener el alcance de la devastación y evitar, por muy poco, un Armagedón de proporciones veterotestamentarias, funcionan como un thriller de muy altas prestaciones en el que destacan las fintas y paradas a que sus protagonistas se ven obligados para sortear el obstruccionismo de la nomenklatura y los amenazadores manejos del KGB. La trama judicial del quinto, con los correspondientes flashbacks explicativos, se antoja algo más convencional. Sin embargo, las imágenes reales que lo cierran, gracias a las cuales conocemos los verdaderos rostros de los héroes y villanos de la historia junto al luctuoso destino que aguardaba a la mayoría, incrementan la escalofriante veracidad que transmite esta Chernobyl.

Tres nombres sobradamente conocidos encabezan un reparto en estado de gracia. Al frente encontramos a un Jared Harris superlativo. Llama la atención el talento de este actor —heredado de su padre, el gran Richard Harris— para hacer suyo cualquier papel, desde el de atribulado publicista de Madison Avenue en Mad Men (ídem, 2007-2015) hasta el de líder del secesionismo intergaláctico en The Expanse (ídem, 2015-actualidad). Aquí interpreta a Valeri Legásov, científico desencantado con las falsas promesas del paraíso comunista, harto de sus mentiras sistemáticas. Le da la réplica —en todos los sentidos— Stellan Skarsgård, quien aporta su imponente presencia nórdica para componer a Boris Schcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros y encarnación del paquidérmico estado soviético. En el estimulante duelo que ambos entablan tercia Emily Watson. Su personaje, la física nuclear Ulana Khomyuk, es el único puramente ficticio, trasunto de la legión de mujeres anónimas que, de grado o —en muchos casos— por fuerza, se la jugaron por minimizar los daños del mayor desastre natural ocasionado por el ser humano (de momento).

Crítica escrita por Carlos Ortega