Con los críticos ultimando sus agendas para el cierre el festival, hartos y cansados del duro ajetreo de ver películas un tanto mediocres, con algunas excepciones, por fin tuvieron un gran día al ver Good Time de Los hermanos Safdie y A Gentle Creature de Sergei Loznitsa. Dos películas que pueden optar a la Palma de Oro si Almodóvar lo permite.

Good Time

Tras pasar por la Semana de la Crítica en 2009 con la sobresaliente Daddy Longlegs (cuando todavía se llamaba Go Get Some Rosemary), los hermanos Ben y Joshua Safdie han debutado en la competición oficial de Cannes con Good Time, su cuarto largo de ficción y un nuevo escalón de subida en el ascenso a las grandes ligas del cine contemporáneo que han emprendido sin abandonar sus orígenes urbanos e interés por los espíritus libres y marginales que viven en las cunetas de la sociedad.

Casi sin pausas para respirar, cambiando de localizaciones, introduciendo y abandonando personajes, pero sin dejar de poner el foco sobre un Pattinson soberbio (como en cualquiera de sus papeles de los últimos cinco años, la era post Cosmópolis) en un difícil y extrañísimo papel de héroe antipático, mentiroso y manipulador que no duda en utilizar a su antojo a quienes tiene alrededor en beneficio propio… aunque, en realidad, es un inquebrantable amor fraternal lo que subyace.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

‘Good Time’ es un retrato tan veraz del mundo del hampa, tan honesto, tan brutal y tan humano (con auténtica gente de la calle, como es habitual en los Safdie), que le hubiera encantado a Eddie Bunker, el ex presidiario crónico y experto en atraco a mano armada que empezó a influir en el cine cuando Ulu Grosbard llevó a la pantalla su canónica primera novela, ‘No hay bestia tan feroz’ bajo el título de la infravalorada ‘Libertad condicional’ (1978). Película de nervio cassavetiano, que no para quieta, nos deja sin aliento y nunca deja de sorprendernos, ‘Good Time’ también es rabiosamente contemporánea, gracias a frenética y sintética banda sonora de Oneohtrix Point Never, que culmina con un recitado de Iggy Pop en los títulos de crédito finales. Un auténtico tiovivo cinéfilo de caballos desbocados. Y regado con ácido.

Philipp Engel, Fotogramas

No hacía falta esperar a ‘Good Time’ para tener constancia de que Robert Pattinson era un gran actor. Lo ha demostrado de sobras en un par de títulos a las órdenes de David Cronenberg, ‘Cosmopolis’ (2012) y ‘Mapa a las estrellas’ (2014) o incluso en su papel secundario en la reciente ‘Z. La ciudad perdida’ de James Gray. Es cierto que el papel de Connie en ‘Good Time’ le ofrece más posibilidades de lucirse: disfruta de protagonismo absoluto y encarna a un hombre de moral compleja que ha pasado una temporada en la cárcel. Adora a su frágil hermano pero se comporta como un criminal de poca monta la mayor parte del tiempo.

Además Pattinson lleva a cabo uno de esos cambios radicales de imagen que tanto gustan a los dadores de premios: en pleno film, cuando se instala en el apartamento de Crystal, se tiñe el pelo y reaparece de rubio oxigenado. Eso sí, un Premio a la Mejor Interpretación de Cannes certificaría su carpetazo definitivo a la etapa ‘Crepúsculo’ que marcó el inicio de su carrera.

Eulàlia Iglesias, El Confidencial

La estrategia de los directores no es tanto huir de las convenciones del género como hacerlas propias, convertirlas en material que se pueda sentir, tocar, oler. Y ahí es donde la cinta se hace grande; en la recreación de una realidad perfectamente creíble alrededor de un viaje equinoccial al fondo de la noche, a lo más sagrado de todas las noches del mundo. De nuevo, como en Loznitsa, aunque de un planteamiento radicalmente distinto, lo que importa es lo que se pierde por el camino, no lo que se aprende. Cuenta la capacidad para aceptar el suicidio, no la resistencia a morir. Lo imprescindible, de nuevo, es la mugre, lo que falta, lo que nunca sale en la foto. Y así.

Luis Martínez, El Mundo

Propulsada por la banda sonora de Oneohtrix Point Never –un amasijo de sintetizadores y golpes rítmicos–, Good Time arrastra un fatalismo epidérmico y una intensidad infinita, como si se tratara de una versión sin épica ni aliento arty de la trilogía de Pusher de Nicolas Winding Refn. Sin embargo, tras su visionado y su maravilloso epílogo, lo que queda es un poso de amargura doliente, marcada por la certeza de la soledad desvalida de los personajes, una sensación parecida a la que provocaba la última imagen de Malas calles, con aquella mujer mayor bajando la persiana de su desangelado piso de barrio italoamerican

Manu Yáñez, Otros Cines

A Gentle Creature

La cámara construye unos larguísimos y laberínticos planos enterrados en el vientre de un animal metafórico y hambriento de corrupción, pobreza, violencia, furia, ruido y algo mucho más oscuro. Se trata de un cine monumental que obliga al espectador a un viaje hacia adentro, a las tripas mórbidas de quizá la esencia del sí mismo, del mismo ser. O al revés. Al contrario que su compatriota Zvyagintsey, del que vimos no hace tanto Loveless, lejos de Loznitsa la tentación del arte social, de la denuncia o de la caricatura. Lo suyo es cine ejemplar y ejemplarizante entregado a la titánica labor de dar con la idea, arquetipo o patrón de la misma mugre.

Luis Martínez, El Mundo

La película a concurso de Sergei Loznitsa resulta un buen ejemplo de cómo el punto de vista de un autor con respecto a unos hechos determinados, hace que variemos fundamentalmente nuestro análisis de las imágenes que presenta… expliquémonos, A Gentle Creature engarza, en buena parte de su metraje, con grandes clásicos de la tradición narrativa rusa, de Tolstoi a Dostoievski, de Yevgueni Zamiatin a las chastukas, todo para contar en tono tragicómico, la odisea de una mujer a la búsqueda de su marido, encarcelado por un motivo cualquiera.

Ese arte del exilio, del cual A Gentle Creature es su último ejemplo, se imbrica con la propia historia del país más grande del mundo, así, por los fotogramas del film de Loznitsa, pasan recordatorios de los decembristas, de las islas Solovki, de los brazos esclavos que construyeron Magadán a las orillas del Kolyma, en definitiva, de todas las riadas, pasadas y presentes, que han supuesto formas de liberticidio en Rusia. También, no podía faltar, está la inevitable querencia eslava por el elemento burocrático, por los apparatchik, por la indefensión del individuo frente al coloso estatal… todo, insistimos, tan tópico en la tradición narrativa del país como en la del nuestro puede ser la novela picaresca.

Martín Cuesta, VOS Revista

Un viaje sórdidamente barroco sembrado de violencia y martirio; la historia de una batalla absurda contra una fortaleza impenetrable, reflejada en las diferentes situaciones y experiencias, a cada cual más miserable y degradante, que viven y relatan la cartografía de estrafalarias almas errantes que nuestra impertérrita protagonista se va encontrando a través de su descarnada epopeya. Suerte de surrealista crónica de sucesos (que, sin embargo, todos son basados en hechos reales) a cada cual más desolador y trágico, a la que bien podríamos sumar el que nuestra propia protagonista le golpea. Un contexto putrefactamente kafkiano en el que no hay leyes ni moral ni por su puesto, ética. O mejor dicho, la hay, pero al servicio y beneficio del poder gubernamental. Definitivamente, qué difícil es ser ruso.

Joan Sala, Filmin

mbientada en la kafkiana, desesperada e inútil espera de una mujer para poder visitar a su encarcelado marido, recrea un catálogo de sordideces en todo lo que rodea a esa prisión sombría. Son feroces las relaciones entre guardias, burócratas, presos y familiares. A ratos intenta crear ambientes esperpénticos y fellinianos y al final aquello se presta al onirismo según un imitador eslavo del universo de David Lynch. Tanto en una faceta como en otra, sus 140 minutos de metraje resultan insufribles. Sería deseable que también funcionara el arte para describir lo mal que están las cosas en Rusia.

Carlos Boyero, El País