Michael Haneke y Yorgos Lanthimos han sido los directores destacables del sexto día del Festival de Cannes presentando Happy End y The Killing of a Sacred Deer. Las expectativas de ambas producciones han sido un tanto anónidas.

Happy End de Michael Haneke parece ser un popurrí de la filmografía completa del director repasando varios temas retratados. En cuanto The Killing of a Sacred Deer de Yorgos Lanthimos, el cineasta griego se pasa al terror con ligeros toques de El resplandor de Kubrick y Teorema de Pasolini.

Happy End

Conociendo el universo de Haneke sabes que lo del final feliz será una broma e inevitablemente feroz la instantánea de esa familia burguesa. Y así es, pero cuesta esfuerzos titánicos durante gran parte de la proyección entender lo que te está contando Haneke, descubrir la identidad de personajes que se comunican con e-mails impúdicos y teléfonos que graban las actividades cotidianas del prójimo.

Haneke, especialista en mundos turbios y subterráneos, en compulsiones y taras siniestras de personajes aparentemente respetables, del retorcimiento y la enfermedad mental, del sadismo y el masoquismo como motor de algunas relaciones humanas, es fiel en Happy End a su eterno discurso. A veces lo ha bordado con arte y estremecimiento, como en Funny games, La pianista, Caché, La cinta blanca o Amor, pero en otras películas resulta tan hermético como insoportable, como en Código desconocido y El tiempo del lobo. Aquí se acerca más a sus fracasos pretenciosos que a sus escalofriantes retratos del horror.

Carlos Boyero, El País

Happy End puede leerse como una autocita continua a la filmografía hanekiana, de modo que no sólo repiten Isabelle Huppert Jean-Louis Trintignant como hija y padre -¡la secuela de Amor que nunca te planteaste si querías!- sino que prácticamente todas las películas del director están representadas. Tenemos una familia burguesa con problemas como en El séptimo continente, imágenes de vídeo casero (aquí, Instagram Stories en formato vertical de cámara de móvil) y menor con malas pulgas como en El vídeo de Benny o Caché, una música obsesa sexual como en La pianista (aquí, violonchelista), historia coral y fragmentada como en Código desconocido… En fin, sólo falta que salgan unos chavales con palos de golf para citar Funny Games; supongo que como esa ya la ha hecho dos veces no le apetecía tanto repetirla.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

La cinta, eso sí, se ve con interés por la continua expectativa de lo que puede terminar explotando pero ello finalmente no se produce siendo lo mejor las escenas protagonizadas entre Jean-Louis Trintignant (que en un momento determinado nos hace replantearnos debido a una una anécdota que cuenta si en realidad estamos ante una secuela de “Amor”) y su nieta desembocando en un final “made in Haneke” con mirada heladora a la cámara (de nuevo) incluida. En todo caso, Haneke pincha en esta ocasión (todo el mundo tiene derecho a ello) y le queda un conjunto afeado en el que hay intenciones pero que son ideas deslavazadas sobre la clásica familia burguesa desconectada e infeliz que tantas veces ha diseccionado la cinematografía europea. Ni siquiera Isabelle Huppert puede hacer mucho con un personaje que hace con el piloto automático. Las ínfulas de tercera Palma de Oro se quedan más que alejadas.

Nacho Gonzalo, Lo que yo te diga

Haneke insiste una y otra en este mecanismo. La idea es descolocar para dar con una claridad inédita, para enfocar con precisión. De nuevo, como en Caché, un misterio abstracto moviliza el mecanismo de un sentimiento inidentificable muy cerca de la culpa. Otra vez, como en Funny games o El vídeo de Benny, la violencia es retratada con el tacto pueril de lo intrascendente. De la misma manera que en La pianista, el cuerpo de la mujer es convertido en herida; como en La cinta blanca, la infancia es víctima; como en Código desconocido, la idea es dibujar el tamaño de los muros que nos aíslan; como en El quinto continente o, sobre todo, Amor, la muerte, sólo la muerte…

Happy end es también, por todo lo anterior, el final de un camino en la filmografía de su director, el punto de llegada. En una especie de aquelarre pagano, la película concita buena parte de los temas, si no todos, que han perseguido al director y que, de alguna manera, nos persiguen a todos. El hecho de que los maestros de ceremonias sean dos actores tan ‘hanekianos’ como Isabelle Huppert y Jean-Louis Trintignant termina por ser elemento de prueba suficiente.

El resultado es una película vocacionalmente gélida y abstracta que pasea por la mirada como una cantata lúgubre y diabólica de, en efecto, el fin. Y tal como están las cosas, cualquier fin sólo puede ser feliz. Cuando ya no quede nada, quedará Haneke.

Luis Martínez, El Mundo

Happy End compone su puesta en escena por medio de un dispositivo de ensamblaje y derribo de la sociedad burguesa, tan extensamente estudiada por el realizador. Oculta tras una fachada impecable, protocolaria y exquisita, surge la alta sociedad francesa escondida a su vez tras una máscara esperpéntica. La cinta mostrará a estos sujetos en su hábitat natural, sin ningún tipo de filtro o ambages sino dinamitados por una cámara acusadora dispuesta a sortear cualquier intento de hipocresía. El planteamiento inicial nos sitúa en la propiedad de la acomodada familia Laurent, que reacciona con estupor ante la hospitalización inesperada de una de las hermanas, cuya joven hija, Eve, tendrá que mudarse a vivir con su padre a la mansión de su abuelo Georges. Será en ese momento cuando comiencen a desvelarse los grandes secretos de los Laurent. Secretos, obsesiones y oscuros episodios del pasado que surgirán ininterrumpidamente con el fin de representar la justificación a ese rechazo burgués y capitalista. El espectador tendrá que ir desentrañando diferentes pistas, recurrir a escenas pasadas y buscar en esos trascendentales silencios y diálogos implícitos en un proceso de diégesis peliagudo y agotador que, no obstante, tendrá su recompensa cuando compruebe que todos los elementos de la sublime narrativa se acoplan en un fantástico desenlace de ambigüedad turbadora. Lo realmente escandaloso de Happy End radica en el naturalismo de su contenido, la sencillez de los sucesos y las acciones, que originan un encuentro con la justicia arbitrario e inconcluso.

Alberto Sáez, El antepenúltimo mohicano

The Killing of a Sacred Deer

En El asesinato del ciervo sagrado, que protagonizan Colin Farrell y Nicole Kidman, el arranque te invita a cerrar los ojos. Es un largo plano fijo de una operación de corazón mientras suena intensamente música clásica que no identifico. Es el preludio a la venganza patológica de un adolescente diabólico contra el cirujano que no salvó la vida de su padre porque, entre otras cosas, había entrado borracho al quirófano. Sus poderes mágicos conseguirán que los hijos del médico enfermen letalmente, acosará hasta el delirio con su actuación maquiavélica a esta familia acorralada, se sentirá invulnerable.

Admito que Lanthimos domina los mecanismos del cine de terror y a ratos da la sensación de que David Cronenberg es su maestro. Sabe transmitir tensión y misterio, pero sus guiones no son sólidos y los desenlaces parecen estar inventados sobre la marcha. El de El asesinato del ciervo sagrado es lamentable. Me interesan más la forma de contar de este director que lo que cuenta.

Carlos Boyero, El País

The Killing of a Sacred Deer es tanto el drama de una familia (Colin Farrell, Nicole Kidman y sus dos hijos) demolida por la aparición de una fuerza exterior como un relato de posesión sobrenatural. Es difícil adelantar mucho del argumento sin fastidiar una de las mayores virtudes del filme: cómo Lanthimos toma la premisa y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Estamos ante la que quizás sea una de las películas de venganza más enrevesadas e inexplicables de los últimos años, filmada y sonorizada para irritar con precisión de cirujano. Su final, que en cierto aspecto recuerda a Funny Games, termina de cerrar el círculo: la referencia hanekiana que le faltaba a Happy End estaba fuera de la película. Igual que el cine de Haneke parece haber terminado fuera de Haneke.

Daniel de Partearroyo

Como si fuera un ‘Theorema’ de videoclub (pero de lujo), la película explica poco a poco el encanto destructivo del chaval sobre esta familia que lo tiene todo, para culminar con una suerte de maldición vengativa, como tantas otras. Se trata pues de un desasosegante thriller psicológico, entre kubrickiano y hitchcokiano -lo primero por ‘El resplandor’ y lo segundo por la utilización del sonido, como si fuera una partitura de Bernard Herrmann-, que culmina con ese sacrificio final, anunciado desde el título, que hará las delicias del público de Sitges. Aquí sin embargo nos ha convencido a medias. Quizás porque queda poco de ese estilo surrealista que puso a Lanthimos, y a la nueva ola del cine griego, en el mapa con ‘Canino’. Las interpretaciones son un tanto rígidas y estáticas como antaño, por lo menos al principio del film, el argumento también apela a una lógica que no es de este mundo y el humor sigue abrazando el absurdo. Pero poco a poco la marca autoral se va diluyendo para abrazar a su nuevo público, que sólo quiere temblar de miedo.

Philipp Engel, Fotogramas

Con una mayor carga en la parte cómica, el filme cuenta como una familia burguesa -padre, madre, hijo, hija- se ve acosada por un joven malnacido que busca vengarse del páter familia (Colin Farrell), el cirujano que acabó con la vida de su progenitor en una fallida operación (coincide incluso argumentalmente con Jupiter’s Moon). Como un El cabo del miedo (1991) siendo Max Cady un adolescente con granos y una puesta en escena de una frialdad kubrickiana, la película funciona bien mientras lo que predomina es el suspense y el absurdo, y muy mal cuando esta se vuelve directamente exploit.

Alejandro G. Calvo, Sensacine