Llevo obsesionado con Puro vicio (terrible traducción que destruye todo el significado del título original, Inherent Vice) desde que la vi por primera vez hace ya dos años y medio. Me parece una de las más grandes obras maestras de las últimas décadas, una complicada adaptación de la también brillante novela de Thomas Pynchon a manos de un Paul Thomas Anderson que la convirtió en una película imperecedera. Por ello, a la hora de decidir de qué escena quería hablar, a sabiendas de que son incontables los momentos que me fascinan de tantos y tantos filmes, he decidido guiarme por la conexión emocional y he acabado, como tantas veces, volviendo a ver uno de los fragmentos más monumentales que han pasado por delante de mis ojos, de una nostalgia que me derrite el corazón.

Se suele decir que Puro vicio nos cuenta la historia de una investigación policial pasada por el filtro de Pynchon, pero realmente ni al escritor ni al director, ni casi al propio protagonista Doc Sportello (Joaquin Phoenix), parecen importarle demasiado los complicados entresijos que mueven una trama de desapariciones y transacciones ilegales. En realidad nos encontramos ante una historia de un detective enamorado de una mujer, Shasta (Katherine Waterston); ella deambula por esa California de los 70 como si fuera un fantasma, y él, incapaz de olvidarla, decide embarcarse en un caso que le ayudará, aunque no sea de la forma que quiere, a recuperarla. Sin embargo, para mostrar este amor (que parece menos profundo de lo que es por el tono porrero y cómico de la película, pero que resulta descorazonador) Paul Thomas Anderson recurre a diversos flashbacks, y uno de los más esenciales para entender su relación compone la escena de la que me gustaría hablar.

Se nos introduce a este viaje al pasado a través de la voz en off de Shasta mientras Doc estudia con atención la postal que le ha mandado; parece buscarla a ella en sus palabras, y viajamos a un momento idefinido en el que pasea por la playa. Doc está intentando actuar como un detective, escudriña el papel en busca de pistas, pero solo es la tapadera que esconde lo que de verdad siente por dentro: la echa de menos, y los recuerdos están volviendo a él. Así, la voz en off cambia: dejamos de oír a Shasta y aparece Sortilège (Joanna Newsom), la Pepito Grillo particular de Doc, que nos conduce al día en el que los dos enamorados (y drogadictos) utilizaban una ouija en pos de encontrar alguna señal que les conduciera al lugar donde comprar droga en una época de escasez. El número de teléfono que se inventan por completo parece activarlos, como si fueran niños a los que les han prometido una bolsa de chuches, y salen corriendo ante la mirada de Sortilège, que intenta frenar a Doc sin demasiada eficacia.

Y aquí empieza la parte más maravillosa del fragmento: Doc y Shasta corriendo bajo la lluvia en busca del preciado tesoro, calados en una canción de Neil Young y encontrando refugio en un portal cualquiera. En este momento se hace uso de la elipsis para resumir de forma visual lo que a su vez Sortilège evidencia con sus palabras omnipresentes: “No consiguieron comprar droga ese día, pero de repente no importaba”. Ya no eran drogadictos en busca de algo que echarse a la nariz, sino dos amantes compartiendo un momento especial, en ese portal de neón rojo, mientras la voz nos conduce a la tragedia diciéndonos que, ya en ese momento, Doc estaba cerca de perder a Shasta. El momento mágico que acabamos de vivir se evapora, y volvemos al presente, con nuestro protagonista de mirada triste observando la postal.

El sentimiento de nostalgia se completa con ese final en el que Doc vuelve al lugar donde todo ocurrió, pero ahora lo hace de día y se encuentra, para su sorpresa, la evolución de la ciudad: donde antes había un descampado, ahora hay un enorme edificio (cuyo símbolo fálico se hace evidente, como en otros elementos de la cinta). El pasado ya no existe y el presente es lo imperante. A Doc solo le queda seguir su investigación, para así resolver el misterio y, quizá, volver a conducir a través de la noche con Shasta apoyada en su hombro.