Chronic – Michel Franco

chronic

Ha llegado la última crónica del festival y con ella, Chronic, la peor película del certamen. Esta cosa es, probablemente y aunque aún estemos en abril, lo peor que he visto y vaya a ver este año. Este mal intento de recrear al peor Michael Haneke (el Haneke de Amour), o sea, un mal al cuadrado, es imperdonable desde todos los puntos de vista. Que un festival como Cannes premie un guión lleno de puro artificio, vacíos golpes de efecto e intentos desesperados de llamar la atención muestra que hay un gran problema en cuanto a los premios. Tim Roth interpreta a un médico que cuida de personas terminales mientras en su vida personal acarrea una gran serie de problemas, a partir de esto, la película nunca deja de ser un revoltijo de cuerpos marchitados y desnudos, de caras de póquer de Roth y de planos estáticos sin acción que son estáticos y carentes de acción sin razón alguna, ya que al menos en Amour el uso de aquel estilo provocaba algo, pero aquí se nota a leguas la mala copia y la intención de acumular metraje porque, en el fondo, no hay nada que contar. 

El final es digno de mención, un final gratuito, estúpido, que se erige como un insulto a cualquiera que haya gastado hora y media en ver semejante cosa. Probablemente se os quede la misma cara que yo, aunque parece ser que hay gente que ha disfrutado con estos golpes absurdos una y otra vez. Parece ser que en el mundo actual, en todos los ámbitos, nos vamos acostumbrando a recibir cada vez más golpes porque sí, exigir menos y esperar menos de la vida, supongo que es la única razón que puede haber para que alguien disfrute de una película así y encima sea premiada en un festival como Cannes. En cualquier caso, lo único que se puede salvar es un Tim Roth que ejecuta bien las emociones y sensaciones que su personaje experimenta en el desafío que supone batallar contra sus demonios internos mientras cuida de personas que están a punto de morir. Pero bueno, es sabido que un actor no puede salvar un filme.

El truco de dejar planos estáticos durante un largo tiempo, no contar absolutamente nada de lo que se ve e intentar sorprender al espectador enseñándole, como si fuese un pobre niño inocente, lo dura y podrida que puede ser la vida con mil y un ejemplos uno más explícito y burdo que el otro, habrá funcionado algunas veces (se podría perdonar a algunas obras de Gaspar Noé y de Haneke) pero ya es rizar el rizo presentar lo que se nos presenta aquí, donde lo hiperbólico del mal gusto se sale de los límites y resulta risible, sin conmover, ni emocionar jamás. La tan profunda y trascendente reflexión que cree Michel Franco transmitir con esta película brilla por su ausencia. Hubiera agradecido una pantalla en blanco con unas letras enormes en rojo diciendo “¡Eres idiota!”, al menos habría visto hora y media de lo mismo pero con honestidad.

Demon – Marcin Wrona

Demon

Es curioso como algunas películas creen llegar a un punto de inflexión, decir mucho, transmitir un golpe bajo con estilo y lo único que hacen es tratar como tonto al espectador mientras otras, como Demon, no pretenden decir nada y al no decir nada, dicen mucho. Esta es una película con toques de terror clásico, de incomodidad lyncheana, de comedia británica, de obra que va más allá de lo enseñado en pantalla y al mismo tiempo, de obra que no pretende decir nada más que lo que hemos visto. Demon oscila, oscila mucho pero nunca pierde la coherencia, el respeto a si misma y los cambios de registro van unidos sutilmente de un estilo que va aumentando hasta que eclosiona y luego la extraña calma, un estilo que nunca se pierde a si mismo y se mantiene vivo con clase. Marcin Wrona filma así una obra que rescata la importancia de la memoria, de la tradición, mientras no deja de lado el sentido irónico que debe tener toda alusión a tradiciones metafísicas, una ironía que no descalifica la seriedad de las cuestiones ni una seriedad que opaca la vertiente satírica tan necesaria. Como cuando un personaje de las películas de Wes Anderson muere o cuando el baile de las dos niñas en Canino se nos antoja patético, ridículo y entrañable, la línea entre humor y seriedad, entre alegría desesperada y tristeza jocosa, nunca debe notarse. Es fácil ir a ver una comedia que solo es comedia, ir a ver un drama que solo es drama, pero el gran arte deja espacio para que todo confluya sin perder la coherencia ni desestabilizarse a si misma, sino que pretende descolocar al espectador mientras lo maravilla. Quizá atribuirle todo esto a Demon es exagerado, obviamente no llega a abarcar tal abanico de posibilidades, pero sí despierta tales ideas, sí da lugar a aquello que hace grande al cine y al arte en general. No es mal momento para recordar que obras como la anterior analizada o la misma Amour de Michael Haneke carecen de todas estas vertientes. Solo hay que recordar que la ironía y el juego estaban presentes más que cualquier otro elemento en obras como Funny Games o Caché, lástima que luego el director austriaco olvidase tales cuestiones. 

Marcin Wrona construye a paso lento un film que no puede dejar indiferente, que descoloca y nos hace reflexionar. El director polaco pone a la memoria como centro de la narrativa, poseyendo ésta al protagonista y al mismo tiempo a todos los registros que la película abarca. Las costumbres, el amor, el terror, el esoterismo, la religión, la familia, todo se ve castigado bajo el terrible yugo del pasado, bajo el verdugo que supone la memoria. Y entonces todo se destruye. El “tempus edax rerum” en Demon no se posiciona como un elemento que muestra la degradación del presente al proyectarse en un futuro, sino la degradación del presente por culpa del pasado, la desintegración de cada uno de los elementos por culpa de un pasado que, en un movimiento intempestivo, decide no marcharse, rehuir de aquel elemento que nos gobierna a todos: el tiempo.

Demon es un ejemplo de cine con muchas capas, con miles de aristas y recovecos por donde encontrar preguntas y, quizá, respuestas, aunque menos, seguramente. Demon es el ejemplo de lo que se puede conseguir con la honestidad en el cine, con la pérdida de miedo. Andrei Tarkovski dijo de Robert Bresson que éste era el único cineasta sin miedo y, por esa misma razón, el mejor. Wrona no ha podido ser Bresson, pero ese sentimiento de valentía puebla cada uno de los fotogramas de este film. Y gracias que puedo decir esto, porque con la película de Michel Franco casi pierdo toda mi esperanza. 

Por último y para despedir este festival, quería listar mis cinco obras preferidas de estos diez intensos pero muy interesantes días.

  1. Ahora sí, antes no Hong Sang-soo
  2. The Exquisite CorpusPeter Tscherkassky
  3. The Thoughts That Once We HadThom Andersen
  4. Sangue del mio sangueMarco Bellocchio
  5. DemonMarcin Wrona