L’ombre des femmes – Philippe Garrel

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Una nueva película de Philippe Garrel, director mítico para muchos que sigue produciendo cine, eso sí, cada vez más minimalista. Sé que su cine de los sesentas y setentas es alabado y muy reputado por ciertos círculos, aún lo tengo pendiente, pero hasta ahora solo había visto una de sus película, en concreto, Un verano ardiente, de 2011, donde relata las idas y venidas de un triángulo amoroso durante 95 minutos que se hacen bastante pesados e insipidos. En esta nueva película vuelve a tratar las dificultades, la honestidad, las oscilaciones, la dignidad y la confianza dentro del campo del amor, dejándonos con conclusiones complejas y poco placenteras. Garrel nos insinúa que la confianza es frágil, que la honestidad puede tambalear en cualquier momento, que los sentimientos no son siempre estables y que lo que creemos firme puede desestabilizarse. Todo esto narrado de manera natural, directa, calma, pero sin dejar de lado la potencia del cine francés al tratar temas como estos, esa potencia que recuerda a, por ejemplo, Maurice Pialat.

La película flaquea al no profundizar todo lo que podría profundizar, porque aunque haya potencia en todo lo que vemos, falta aquello que ha hecho grandes películas que giran en torno a estos temas, como Nosotros no envejeceremos juntos, del ya mencionado Pialat. A pesar de ello, los personajes que Garrel nos muestra son reflejos de realidades que podemos encontrar en todo momento en nuestras vidas, con características y situaciones que nos permiten sentirnos identificados con lo narrado, por lo que se le pueden perdonar ciertas flaquezas gracias a que todo lo que sucede en este filme se muestra real, sin rodeos, sin engaños. Cierto que a veces uno puede pensar que sigue la fórmula de un cine muy concreto que siempre habla de estos temas o que recuerda demasiado a un cine que quizá ya ha quedado relegado en el tiempo, pero Garrel se las ingenia para que esto no termine de ser una sensación concreta, dando a L’ombre des femmes la flexibilidad y el aire que, por ejemplo, Un verano ardiente no tenía.

Algunos pensarán que en esta película no pasa nada remarcable, otros pensarán que, aunque pase algo, le falta fuerza. No serían pensamientos del todo erróneos, pero tampoco creo que se le pueda exigir cosas al filme que no pretende abarcar. El director francés deja claras sus intenciones en todo momento y si uno se deja llevar por esta propuesta, propuesta por otra parte siempre arriesgada, sentirá que, aunque mínima, esta obra le ha dejado alguna marca que no olvidará.

El Tesoro – Corneliu Porumboiu

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El Tesoro es una comedia, una comedia extraña, una tragedia cómica, un drama con una risa de resignación de fondo. Nos presenta a dos personajes con graves problemas económicos que surgen de hipótecas y falta de trabajo que deciden ir a buscar el tesoro de un antepasado de uno de los personajes en el jardín de una casa derruida. Mucho más no hay por decir de esta película, ya que Porumboiu desgrana a la perfección cada momento, cada diálogo, cada gesticulación que se produce en ese momento y lo consigue dejando una cámara fija, haciendo que los personajes vayan insinuando cosas importantes (y otras divertidas) y, lo más importante, dejando que la cámara capte toda la longitud de ciertas escenas, dejando la idea de las elipsis de lado. Toda esta parsimonia, este absurdo, esta consecución de hechos que, aunque parecen realistas, tienen un trasfondo inverosímil y ridículo, todos esos elementos ayudan a crear un ambiente enfermizo, un ambiente que denota la desesperación social, la que causa el gobierno y sus impuestos, la gente y su ambición, la policía y su corrupción. 

El Tesoro podría ser considerado un filme que muestra lo diabólico del dinero, sin llegar a extremos, sin convertir a la película en un desfile simbólico de lo que la ambición puede llegar a hacer. No hablamos de algo cercano a Pozos de Ambición, hablamos de algo cercano a El Dinero, pero sin llegar a los puntos a los que llega Robert Bresson con su última obra. Muestra algo que quizá se puede sentir más violento, como es el hecho de presentar una historia posible, incluso con una estética y un ritmo hiperrealista, y mostrar que aún así, todo lo rige el dinero, todo lo rige la necesidad social de conseguir más y más, tanto cuando se tiene poco como cuando se tiene mucho, eso no importa. Porumboiu acierta al transmitir estas sensaciones y aunque a veces la película no sepa dónde ir y parezca decaer un poco, nunca pierde de vista cuál es su mensaje. 

Te prometo anarquía – Julio Hernández Cordón

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Superando ya el ecuador del festival, pudimos ver la mexicana Te Prometo Anarquía de Julio Hernández Cordón, una película que había pasado con éxito por festivales como Locarno o San Sebastián y que a un servidor le desconcertó cómo una película tan cercana en términos narrativos y visuales podía dejar a uno tan destemplado.

Definida por su propio director como una historia de vampiros diurnos, el filme sigue a dos skaters que a parte de amigos, también son amantes, y que se sostienen como pueden entre inmorales y sucios trapicheos en Ciudad de México vendiendo su propia sangre y traficando con la de gente tanto o más desamparada que ellos. La película vaga entre el retrato social de una sociedad mexicana aterrada por la constante amenaza de las mafias y las bandas corruptas, el drama romántico (en mi opinión involuntario, pues el casi abusivo uso de música extradiegética formada por canciones de estilo mayormente indie rock alternativo, no ayuda para nada a ese realismo que propone) entre dos amigos enamorados pero inevitablemente encandilados y atraídos por la evasión irreal de las drogas y la fuga real que les proporciona el dinero. Una fuga hacia una vida mejor, hacia un paraíso soñado. Y es que Te Prometo Anarquía es una película sobre sueños por cumplir e ilusiones rotas por un panorama social, y eso es lo que mejor funciona en el filme, el contraste entre el luminoso desparpajo esperanzador de dos protagonistas ilusos (hay que añadir que son actores no profesionales) y el gran retrato casi documental de una ciudad tan insegura como devastada. Es como la mezcla imperfecta entre dos obras maestras que pude ver en la pasada edición del mismo festival, la cruda temática de The Smell of Us de Larry Clark y la propuesta visual similar a la de su paisana Güeros de Alfonso Ruizpalacios.

Lamentablemente, la película no arriesga en nada, quedándose constantemente en tierra de nadie. Julio Hernández Cordón muestra un talento intermitente que no le permite despegar en ningún momento, una falta de ritmo preocupante y un uso de la música completamente distanciador. Y es que a estos vampiros diurnos no les falta ni una gota de sangre, pero si un corazón con el que sentir.

Crónica escrita por Federico Van Cibeira y Joan Pàmies