El descarado y provocador innato de Michel Franco vuelve tras la muy memorable y contundente (porque todo en él es contundente siempre) Después de Lucía (2012) y la impactante Chronic (2015), con un relato que parece tener bastante en común con el cine más áspero y sugerente de nuestros maestros Luis Buñuel y Carlos Saura, que de una forma muy similar a Franco sabían tentar al espectador.

Con un estilo natural muy particular y una puesta en escena sobria y tosca, Michel Franco firma una película aparentemente común de dramas y relaciones interfamiliares, que a medida que avanza el segundo acto de la cinta, deja entrever la verdadera intención de subyugar a sus protagonistas a una espiral de deseo carnal, en la que sorprendentemente hay una ausencia total de moralidad, como si se tratara de un limbo existencial por el que deambulan sus personajes desprovistos de una total capacidad para hacer lo correcto. Del mismo modo en que si estuviéramos presenciando un perturbador juego de niños, movidos únicamente por una vehemencia absoluta, Franco construye un estimulante escenario en el que la realidad está irremediablemente abocada a un desastre familiar propio de un hogar como poco disfuncional.

La precoz maternidad de Valeria, la menor de las dos hijas de Abril, lleva a ésta a tener que desplazarse desde Madrid hasta el apartamento vacacional de Puerto Vallarta, en donde ayudará a criar a su nieto junto a su irresponsable hija, que vive un idilio adolescente con el atractivo padre de la criatura no deseada. Momento en el que sobrecogedoramente la película da un inesperado giro, que hará que de buenas a primeras empaticemos con Valeria y entendamos en buena parte porque decidió originalmente vivir esa traumática maternidad al margen de su imprudente madre.

La notable capacidad de su irreverente director para usar a su antojo una de las mejores y más arrebatadoras elipsis que he visto en el cine en mucho tiempo, elevan a la película de drama familiar a retorcido thriller con tintes de tragedia griega, que tal y como ocurría en la descomunal Antígona de Sófocles, aquí Valeria tratará de cambiar y representar la moralidad – que no la ética – dentro del turbio ambiente familiar con la única intención de recuperar a su (ahora deseado) hijo, un comportamiento que le acarreará más de una muy desagradable sorpresa a la que sucumbiremos agradablemente atónitos.

Michel Franco se confirma aquí como uno de los directores más irreverentes y deseados del cine iberoamericano enmarcado dentro de un estilo muy similar al de su compatriota el sensacional Amat Escalante. Mientras que la maternal Emma Suárez brinda una de sus más memorables y perturbadoras interpretaciones riquísima en matices, que construye casi de la nada a una madre opuesta, en el más amplio sentido de la palabra, a la Julieta de Pedro Almodóvar.

Las hijas de Abril (para que nos entendamos) es como si Michael  Haneke dirigiese uno de esos insoportables episodios de ese famoso docureality de Mtv que recrea el  horror que se esconde detrás de la no deseada maternidad adolescente de Embarazada a los Dieciséis.

Título original: Las hijas de Abril Director: Michel Franco Guión:  Michel Franco Fotografía: Yves Cape Reparto:    Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Hernán Mendoza, Joanna Larequi, Enrique Arrizon, Iván Cortés, Giovanna Zacarías, José Ángel García, Tony Dalton Distribuidora: Surtsey Films Fecha de estreno:  20/10/2017