Primero diré, que no tengo un orden en cuanto a películas favoritas, también que no son mis 10 películas favoritas, sino 10 películas favoritas; creo que en esto podemos estar de acuerdo, no hay una lista definitiva, ni histórica ni personal. Pero, a día de hoy, estas son las películas que me llenan más de una forma u de otra. Repito, a día de hoy, no de mañana. Ni dentro de un año, mes o incluso semana. Todo depende de las películas que me tope en los próximos días –ojalá fuera hoy mismo-, pero eso también es lo más grande del cine: es inabarcable.

Insisto, antes de colgar la lista, que los números no se corresponden con ningún orden de preferencia. Pero sí hay una razón por la cual Lynch y, concretamente, Inland Empire, están encabezando la lista. Es, por unanimidad, el director que mantengo en lo alto de mi top. He elegido Inland Empire, aunque tanto Mulholland Drive como Carretera perdida se encuentran en  el mismo estrado. Eso sí, la primera, personalmente, es mi favorita;  la más Lynch, no la mejor, pero sí la que consigue que la sensación de éxtasis al finalizar la película sea mucho más potente. Es puro cine Lynch, es un universo aparte, otra realidad, un rompecabezas sin una solución aparente y con muchas trampas de por medio, pero que en su confusión todavía se hace más grande, más loca, más apasionada, más necesaria para el cine. Lynch encuentra en el cine el medio definitivo para expresar todo su potencial y dar rienda suelta a esa introspección y dualismo entre el mundo onírico y el terrenal (que no real). Caminos bifurcados que siempre convergen en una historia que atrapa por completo y produce sensaciones que no consigue otro cine. Lynch tiene una marca inigualable, y eso hay que reconocérselo siempre, y hay que quererle muchísimo porque por más razones de las que expongo aquí me ha hecho amar al cine y emocionarme como ningún director ha podido. No hay nadie como él, y eso lo saben tanto los que lo repudian como los que no. Lynch es un nuevo esquema cinematográfico y abre, sin duda, un nuevo terreno por descubrir. Inland Empire, la locura más cuerda de su filmografía, porque así es, dentro del caos, hay orden, y quizás su cine sea mucho más sugestivo por el simple hecho de no seguir una estructura lineal, o ¿es que nuestros pensamientos aparecen ordenados en nuestra mente?

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Bueno, he dicho que no sigo ningún orden, pero sí que es verdad que más o menos he intentado regirme por aquellas películas que son más “especiales” para mí. En el puesto dos y en el tres, respectivamente, La noche y Antes del amanecer. Mi biografía ya anticipa porqué hablo de ellas en conjunto siendo tan diferentes. Recuerdo las sensaciones tremendamente potentes y contrarias que me causaron ambas películas en su visionado, por parte de Antonioni, la radiografía de un matrimonio totalmente perdido, la desesperación y el miedo a la soledad. Esa búsqueda continuada por rescatar los pocos momentos de felicidad que quedan en una relación en la que ya ninguno de los dos está presente, donde sólo queda un vínculo establecido por los años de costumbres y rutinas comunes, pero nada más. Esa rotura producida por enfrentarse a la realidad, esa carta final que pone toda una vida en perspectiva, que muestra el daño y el cariño. Ambos deshechos, buscándose pero sin encontrarse (por algo forma parte de La trilogía de la incomunicación). La experimentación del miedo ante la nada por la puesta de una vida en cuestión y la reafirmación de que ya nada puede unirles. La noche como tal, en el existencialismo, sirve como metáfora para esa caída personal ante la nada; en La noche el matrimonio sirve como precedente para ilustrar ese miedo a la soledad y a la rotura de una rutina. La noche duele, pero un dolor catártico que a mí, personalmente, me llena muchísimo.

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Totalmente opuesto al sentimiento de desolación e incomunicación Linklater nos hace sonreír y casi soltar lágrimas de felicidad con Antes del amanecer, retrata el sueño de cualquier romántico, y si duele, duele de lo bonito que es ver a Jesse y Céline emocionarse en la pantalla, sentirse refugiados –y enamorados- el uno con el otro. Hablar de todo sin parar, sentir una conexión especial (y tú con ellos) que parece indestructible y aspirar a un principio eterno evitando la desesperación de una noche amarga.

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A partir de aquí voy a intentar ser más escueta aunque de cada película podría escribir – y hablar- sin cansarme. Sitúo en el puesto número tres a El crepúsculo de los dioses, para mí la mejor de Wilder y una muestra de Hollywood desde dentro, tanto personal como profesional. Sin duda, con un final muy redondo. Es obvio que nuestras películas favoritas lo son por lo que logran provocar en nosotros, siguiendo a Wilder posiciono a Gaspar Noé con Enter the void, todavía no sé ubicar qué pasó en su visionado pero desde la aparición de los epilépticos títulos de crédito hasta la aparición de los títulos finales que estuve totalmente inmersa, abducida por la atmósfera creada por Noé y es un viaje que –como ya he dicho- todavía no sabría describir.

Melancolía ha ido subiendo peldaños con el tiempo, la primera vez que la vi, me gusto –y mucho- pero es una película que me emociona más al conocer ya su conjunto y poder disfrutar plenamente del metraje sin “inquietudes” de por medio. La pude ver recientemente en pantalla grande y salí temblando de la sala, por un momento  sentí cómo me iba con esa Melancolía y sentí ese miedo que experimentan los personajes, y la aceptación –o la no aceptación- hacia la muerte y con ello la inconmensurabilidad del universo y de la vida. El miedo de la fragilidad del ser humano pero también, su grandeza.

En la posición número siete, Visconti y El gatopardo, que no pierde con el tiempo ni con los visionados, me gusta personalmente por el retrato de la decadencia de una clase social (siempre presente en su cine) y por su majestuosa dirección altamente cuidada al detalle, coordina con lo que expone y la engrandece.

Finalmente, tres películas que son puro cine a diferente escala y nivel: Persona, Tren de sombras y 2001: Una odisea en el espacio. Bergman, Guerín y Kubrick. Tres directores imprescindibles en sus facetas y tres películas que me hacen sentir muy pequeña. No me veo capaz de decir nada sobre ellas (por lo menos sin excederme demasiado), así que concluyo mi texto con esta cita de Kant:

“El sentimiento de lo sublime es, pues, un sentimiento de displacer debido a la inadecuación de la imaginación en la estimación estética de magnitudes respecto a la estimación por la razón, y a la vez un placer despertado con tal ocasión precisamente por la concordancia de este juicio sobre la inadecuación de la más grande potencia sensible con ideas de la razón, en la medida en que el esfuerzo dirigido hacia éstas es, empero, ley para nosotros.”

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Y  al fin y al cabo esto es lo que significan estas diez películas para mí, lo inabarcable que es el arte y esa sensación de sublimación que tan bien definió Kant. Quedarte sin palabras y, a la vez, tener tantas cosas que decir. El arte, y el cine para nosotros, nos acogen en un lugar privilegiado y nos refugian a la vez que nos hace sentir vivos. Estas diez películas son solo una muestra de esa sensación llevada al extremo, de la perplejidad y de la sensación de sentirse como un recién nacido en el mundo, la apertura de nuevas perspectivas y la aparición de una nueva visión hacia cosas de las que no éramos conscientes.

  1. Inland Empire (David Lynch, 2006)
  2. La noche (Miguelangelo Antonioni, 1961)
  3. Antes del amanecer (Richard Linklater, 1994)
  4. El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950)
  5. Enter the void (Gaspar Noé, 2006)
  6. Melancolía (Lars Von Trier, 2011)
  7. El gatopardo (Luchino Visconti, 1963)
  8. Persona (Ingmar Bergman, 1960)
  9. Tren de sombras (José Luis Guerín, 1997)
  10. 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968)