Mate-me por favor – Anita Rocha da Silveira

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Aviso que hoy fue un día oportuno para hacer juegos de palabras con los títulos de las películas pero poco placentero para el espectador de éstas. Empezando por esta obra co-producida entre Brasil y Argentina, el título describe bien la demanda que uno hace cuando ya ha transcurrido la mitad del filme. Mate-me por favor es una película que, aparentemente, trata sobre la paranoia sobre la violencia y lo gratuito que ésta resulta en sociedades desestructuradas, describiendo así aquel “imperio del crimen” del que se habla en el documental que visioné y critiqué ayer The Thoughts That Once We Had. Anita Rocha da Silveira propone un juego que borda a veces lo surrealista, otras veces la comedia, otras veces la crítica social, otras veces la acción, otras veces el terror, y eso se antoja más como un fallo de no saber dónde colocarse que una ejecución sobria de todos esos géneros. Parece estar de moda en este festival (y en general todo este tipo de películas que no dicen nada y creen decir mucho) las películas que no se sitúan en ninguna parte y juegan a ser rebeldes, hecho que así dicho sería fantástico si no fuese porque “rebelde” se revela como un eufemismo de vagancia y el no-saber-que-hacer, el filmar por filmar. 

En ciertos momentos, debo admitir, la película consiguió encandilarme. Su uso de la banda sonora, su ambiente kitsch, su extravagancia estética caza muy bien con el filme cuando éste empieza a cobrar sentido a partir de la mitad, ya que antes el film solo parece ser un juego estético y un golpe de efecto que no conduce a nada. Sin embargo, esa tierra de nadie en la que juega no permite que los elementos eclosionen, atropellándose consigo misma durante todo el metraje. Al menos es de agradecer que se note que existe un hilo conductor debajo de todo lo que se nos muestra que nos permite concluir cosas (increíble que uno tenga que bajar tanto el listón para tener que aplaudir semejantes elementos) como la proliferación de la violencia, la trivialización de las creencias y la deshumanización de los integrantes de una sociedad que cada vez se pudre más a si misma y permiten que la pudran sin consecuencias. El intento de mezclar humor con la tragedia no termina de ser fallido y si no fuese porque a veces se siente que todo lo que intenta abarcar (no tanto temáticamente, sino cinematográficamente) no llega a puerto, esta obra de Anita Rocha da Silveira sería una obra contundente y sólida que se postula como un grito en contra de la violencia absurda que crece día a día en países como Brasil y Argentina (y seamos sinceros, en todo el mundo). Aún así, no puedo evitar recordar cosas como Post Tenebras Lux de Carlos Reygadas o Irreversible de Gaspar Noé (película de la que parece coger ese gusto por golpear al espectador, solo que aquí se produce bastante seguido y sin mucha razón de ser) para ilustrar realmente el miedo y la paranoia que se experimenta cuando se vive rodeado de violencia y es imposible salir de tal espiral.

Nos parecía importante – Marc Ferrer

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Si algo puedo destacar de esta experiencia es el pretérito del título. Yo también recuerdo que para muchos espectadores y para muchos artistas el cine parecía algo importante, algo salido del alma que se construía con la intención de decir algo, de crear sentimientos, de continuar un estilo agregando o quitando cosas, de romper con lo establecido para construir otras “reglas del juego”, siempre teniendo en cuenta que del otro lado de la pantalla habría una persona que debería sentirse (con)movido, impactado y removido por lo que observa, consiguiendo esa sensación, esa experiencia, esa trascendencia de nuestros pensamientos que solo se consigue a través del arte. Recordemos a John Ford y sus complejos temas disfrazados de aparente sencillez, a Michael Mann y su melancolía frenética, a Terrence Malick y su visión spinoziana del mundo, a Jean-Luc Godard y su transfiguración de valores cinematográficos, a Douglas Sirk y su estallido de emociones, incluso a directores más contemporáneos y menos reconocidos, como Peter Tscherkassky (de quién se pasan algunos cortos en este festival) y sus transgresiones narrativas a partir de la imagen, de Juan Cavestany y el más allá del humor absurdo, de Mariano Llinás y la narrativa literaria convertida en séptimo arte. Todos ellos representantes de obras que poseen algo que las conduce a ser lo que son, que concluyen queriendo comunicar algo y que transcurren llenando al espectador de emociones e ideas, de sentimientos y reflexiones. Películas que incomodan pero profundizan, otras que complacen sin ser estáticas, otras que confunden sin resultar inútiles. Incluso en otras artes podemos encontrar ejemplos, sobre todo en la literatura, donde el autor, por más elementos personales, autobiográficos e introspectivos que decida poner en la obra, sigue consiguiendo transmitir un mensaje, una idea, un sentimiento, una emoción. James Joyce y su Ulises o Virginia Woolf y Al Faro, donde los elementos descriptivos se tornan exasperantes e íntimos sin que por ello dudemos en algún momento de la razón de ser del libro.

Bueno, aquí, y en exclusiva, se ha creado la primera obra de arte que no va absolutamente de nada. No, no “de nada” como se suele decir de David Lynch o como se podría pensar del cine experimental que juega con los elementos visuales, no. Realmente esta película no va de nada. Se encadenan un montón de escenas inconexas, de gente que va y viene, que tampoco dicen nada, que tampoco hacen nada, y, en medio, algunas cuantas escenas en la que pasa algo mínimamente surrealista que tampoco va hacia ningún lado. Es transgresora, de eso no se puede dudar, así que si el objetivo era ser transgresor porque sí, olvidando qué pretende conseguir el arte, o por no ser dogmático, que se suele esperar generalmente del arte (no creo que mucha gente dude en que el propósito del arte es producir una emoción, una reflexión, un sentimiento) pues esta película lo ha conseguido. Felicitaciones, supongo. La concepción de una obra así (no la película en sí) parece más una idea de Miguel Noguera que no algo existente y que podemos ver todos. La realidad supera a la ficción.

Ville-Marie – Guy Édoin

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En esta película ya hay elementos más destacables, como la aparición de una Monica Bellucci siempre bella y perfecta en un papel que se ajusta a su manera de actuar. También encontramos un interesante comienzo, una factura técnica correcta que, en momentos, llega a ser excepcional. La historia entrecruza a personajes que al principio poco tienen que ver entre sí, pero que con el tiempo van estableciendo relaciones a causa de diferentes sucesos. A veces se exageran los rasgos dramáticos, cosa que le hace perder potencia, curiosamente, y otras veces la historia pierde interés por el simple hecho de extender momentos de la historia que no provocan el efecto deseado. Su problema es no evolucionar lo suficiente como para que el espectador considere que la película va creciendo o entendiéndose a si misma, por lo que al final puede no dar la talla, teniendo el cuenta que el principio es demasiado contundente. Si quien la ve no espera mucho más que una historia con idas y vueltas, unas idas y vueltas que a veces se antojan ridículas e hilarantes sin pretender serlo, otras idas y vueltas que a veces son fuertes y angustiantes, puede quedarse tranquilo que Ville-Marie no lo decepcionará, pero quien espera algo más de cada película que lo que se nos ofrece en los primeros minutos y unos pocos giros que se muestra más como golpes de efecto que no como algo coherente, será mejor que pase a otra cosa. 

Es de destacar, por lo tanto, algunos momentos de la historia, las actuaciones, sobre todo, y una dirección que, en ciertos momentos, consigue sorprender. Por lo demás, una película que tampoco es tan destacable como la de Thom Andersen o la de Hong Sang-soo. Y bueno, de las otras dos de hoy mejor ya no hablar más.