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Antes de empezar a hablar de nada, si usted lector tiene el privilegio de no haber disfrutado de La mujer del cuadro de Fritz Lang pare de leer ahora mismo, siéntese en el reclinatorio y disfrute de esa obra maestra del cine, y dentro de poco más de hora y media vuelva a nuestro texto. Porque sería criminal desvelar el final de una obra como La mujer del cuadro, pero en una obra que habla de las tentaciones existentes en las cabezas de los hombres, sería imposible desgranar todo sin comentar su sorprendente final. Al fin y al cabo, de lo que habla La mujer del cuadro no es muy distinto a lo que Billy Wilder nos contaría una década después en La tentación vive arriba, ¿cómo se defiende el hombre casado a la tentación cuando es dejado solo? Ambas refuerzan lo que sería la figura del Rodríguez, ese hombre de mediana edad, algo perdedor y con anhelos de juventud, que se encuentra infelizmente casado y que en la soledad veraniega juega con las tentaciones de su entorno, aunque la consumación de todas estas aventuras únicamente acabe residiendo en su mente.

Como ocurriría dos años después en Perversidad, película claramente ligada a esta y en la que el trío protagonista repite en los mismos roles. Lang crea una película inminentemente masculina, tanto es así, que es el propio director el que se traslada en ambas cintas al personaje de Edward G. Robinson imprimiéndole su propia personalidad. Tras una rápida presentación en la que vemos al personaje de Robinson impartiendo una clase sobre la teoría freudiana sobre los motivos del asesinato y la diferencia con la que deben ser juzgados según los impulsos que les hayan movido a realizar la acción (una máxima que seguirá vigente durante toda la película) y despidiendo a su familia, rápidamente entramos en un ambiente de hombres. No sin antes una rápida parada a admirar el cuadro que dará pie a toda la rocambolesca pesadilla que sucederá a continuación. Es allí, en ese club de hombres, presentado de una forma que casi puedes oler el olor a whisky y a humo de puro, donde ya Lang explica toda la historia que va a suceder a continuación. Son hombres de más de 40 años, una edad a la que piensan que ya se deja de vivir. Sueñan con tener una aventura, pero esa infidelidad solo puede suceder en su cabeza, y allí puede pasar cualquier cosa como soñar con Lana Turner. Además la adrenalina de estas aventuras puede ser atractiva, pero son conscientes de que a su edad todo eso solo les puede costar una desgracia. Son al fin y al cabo poco más que charlatanes y todo lo que va a ocurrir a continuación es imposible que realmente pudiera suceder.

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Este fue precisamente el motivo que llevo a Lang a cambiar el final de la película. El final del guión escrito por Nunnally Johnson, que es el que vemos en la película, era ya de por sí bastante complicado para la época, en la que un suicidio del protagonista podría no haber estado bien visto. Pero lo que más le preocupaba a Lang de todo era la inverosimilitud de la historia, es por esto que decidió convertir la película en un sueño, algo bastante propio del expresionismo alemán (En El gabinete del Doctor Caligari todo era producto de una alucinación, mientras que el propio Lang ya uso el recurso del sueño en Mabuse). La decisión del sueño no es fortuita. Además de encontrarse perfectamente justificada y en la que lo onírico encaja a la perfección con la realidad, este giro final permitió a Lang, siempre crítico con la sociedad, reforzar aún más la moraleja de la historia. Esto le acarreó algún problema con Johnson, también productor de la película, que temía que el público no entendiese el giro final y perjudicase a su carrera comercial. Pero para alivio de Johnson la película acabó convirtiéndose en un rotundo éxito comercial.

Pero más allá de esos sueños, todo lo que se monta dentro de la cabeza de Edward G. Robinson es un fascinante relato de cine negro. Un relato en el que él mismo sigue siendo un verdadero perdedor y pese a verse arrastrado a una relación con una impresionante joven interpretada por Joan Bennett, esta relación siempre es asexuada y se ve lastrada por el omnipresente fantasma de la familia de Robinson. El crimen es fortuito, en defensa propia, ambos son simplemente dos inocentes con miedo que tratan de protegerse. El espectador siempre siente compasión por los asesinos, de forma similar a lo que ocurría en Perversidad, aunque en aquel caso fuera un crimen pasional de alguien que siempre había sido la víctima. La aparición del personaje de Dan Duryea es necesaria para encontrar a un villano en la historia y que se lleve el juicio legal, mientras que el protagonista se tendrá que llevar un castigo moral por sus acciones.

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Lang monta una película de puro cine negro, con sus juegos de sombras tan característicos, y donde destaca algún plano como el del rostro sin vida de Arthur Loft, con los ojos abiertos y siendo transportado en un coche al que sólo pasa una pequeña luz que ilumina su cara. Pero lo más interesante de la propuesta de Lang aquí es el juego detectivesco. Necesitado de la figura de un detective para acompañar al relato, en lugar de hacerle el propio héroe hace que sea el propio Robinson quien pueda acompañar al fiscal del distrito para ir conociendo las pruebas de su propio crimen y al mismo tiempo conocer la evolución del caso.

Pero lo más fascinante de La mujer del cuadro está en su decisión final, en convertir todo en un sueño con un extraordinario plano en el que la cámara se acerca al rostro de Robinson y permanece quieto mientras que todo el decorado se cambia sin que lo podamos presenciar. Es entonces, cuando conociendo esta información y vuelves a ver la película cuando te encuentras con una obra radicalmente distinta. Con una película que habla de que el gran sueño del hombre es crear a la mujer, y es ahí delante de esa imagen de ese cuadro que le ha conmovido donde ella aparece como producto de su mente. Pero hay sueños que los hombres son incapaces de manejar y al final la realidad se acaba imponiendo a la propia fantasía.