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En la década de los 70 se entremezclaron los últimos vestigios de un cine más clásico que no se llevaría a cabo más salvo en infrecuentes homenajes o intentos de imitación posteriores y el principio de lo que sería el cine actual, el blockbuster que comenzaría con Tiburón o Star Wars. En esta época de cambio aparecerían cintas con evidentes signos de evolución (o involución, según se mire) en las que son muy reconocibles los códigos del cine más contemporáneo y, por el contrario, cintas que rehúsan a cambiar y se mantienen invariantes frente a la inevitable renovación.

Soylent Green o, en castellano, Cuando el destino nos alcance (me van a permitir llamarla Soylent Green a partir de ahora porque la traducción del título es nefasta) es una cinta de ciencia ficción de corte clásico, perteneciente al segundo grupo de los mencionados en el párrafo anterior pero que contiene suficientes aspectos novedosos como para poderla incluir en un término medio entre lo más clásico y lo más novedoso.

Es una película clásica en su desarrollo. No esperen encontrar acción y un ritmo trepidante, está hecha y contada casi con los códigos del cine negro y policíaco en su mayor parte pues se nos narra la historia de un policía de un Nueva York futuro y distópico que investigará un nuevo alimento sintético, el Soylent Green, creado para satisfacer los problemas de hambre de una superpoblada ciudad, al sospechar de la procedencia de este.

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Este desarrollo esconde una fuerte crítica (y bastante visionaria si tenemos en cuenta que tiene 40 años) no hacia la evolución de la alimentación en sí sino al tratamiento del individuo en un entorno muy poblado (como el actual). Me explico, durante toda la cinta se hacer ver que en ese futuro distópico no existen personas sino números, como estadísticas, números que alimentar donde el individuo no existe casi sino un todo que es dominado por corporaciones como la que crea este alimento. Sólo justo al final, en una escena clave que no desvelaré por si el lector no ha visto esta película, el individuo deja de pertenecer a la masa y vuelve a ser sólo eso, un individuo. Es la escena que de cierto modo da sentido a toda la película; si bien hay un par de escenas más donde se pone de manifiesto la independencia del individuo en el pasado frente a la masa del presente. Por ejemplo en la que el otro protagonista, interpretado por Edward G. Robinson en su último trabajo (no os la perdáis por esto tampoco), prueba unos alimentos naturales que le ha conseguido el principal protagonista, al que da vida Charlton Heston, mientras le cuenta a éste cómo era la vida cuando la comida era de verdad y primaba la posibilidad de disfrutar con ella antes de usarla sólo como alimento para sobrevivir. Realmente es verdaderamente admirable cómo está descrito ese futuro tan terrible, todo desde una perspectiva muy sencilla. Es una película sin prácticamente alardes técnicos que lo deja todo a merced de su historia.

Su historia contiene uno de los giros de guión más brillantes de la historia del cine, un giro argumental que en esta época puede resultar más peregrino pues se han tocado todos los temas de ciencia ficción posibles pero que visto en el marco de los 70 es en sí bastante revolucionario por lo que implica para la película y por cómo lo representan en ella, reafirmando aún más el mensaje de ésta.

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Quizá este giro de guion sea el mayor golpe de efecto de una película que como ya mencioné, no destaca especialmente en ningún apartado, ni técnico ni artístico salvo en el de guion y que si es comparada con cintas de ciencia ficción de ésta época como Encuentros en Tercera Fase o Star Wars puede parecer muy modesta, pero para mí ésta es una clave para su calidad, su sencillez, que permite contar su historia de una manera mucho más veraz que quizá si estuviera rodeada de artificios.

Soylent Green supone un hito en la ciencia ficción en el cine. No es brillante, pero a la postre daría pie a una forma de narrarla que podemos ver ahora (salvando mucho las distancias claro) en cintas como Snowpiercer (hasta tienen su propio Soylent Green) o El Congreso. Futuros distópicos con una fuerte crítica social que utilizan su guion para crear golpes de efecto con los que afianzar lo que se quiere contar. Y si  todo esto no te convence para verla, al menos échale un vistazo por ser la última interpretación de Edward G. Robinson.