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Corría el febrero del año 2005 cuando Jack Nicholson dejó boquiabierto a medio mundo al gritar dentro del teatro Kodak ‘And the Oscar goes to… CRASH!!!’. Y no fue para menos. Un anónimo guionista se alzaba con la estatuilla dorada con su ópera prima. Aquel que firmó los libretos de algunas de las mejores obras del maestro Eastwood como Million Dollar Baby daba el salto a la butaca de director para ponerse al frente de una de las mejores películas que ha dado Norteamérica en la pasada década.

Imaginemos por un momento las siguientes historias: un policía miembro de una familia desestructurada. Un ex convicto que rinde pleitesía a la redención que cree merecer como ser humano. Una familia iraní liderada por un padre aterrado por los fantasmas de la sociedad. Un matrimonio acaudalado formado por el fiscal de la ciudad y una mujer víctima de su prepotencia y su posición social. Dos jóvenes negros que decaen en los bajos fondos de la delincuencia y culpan a los blancos de la persecución racial que destruye sus vidas. Un veterano policía sin ninguna aspiración más que la de no ver a su padre consumirse por una enfermedad. Su joven, idealista y ambicioso compañero. Una pareja de éxito que teme que sus cimientos se tambaleen. Todos ellos habitantes de esa ciudad llamada Los Ángeles. Jungla de hormigón, luces de neón y estrellas en un suelo que asemeja a las puertas del infierno. Una ciudad en la que priman los más primarios instintos de supervivencia y en la que las tensiones se sienten como una ceguera inminente de los sentidos de la emoción que asola cada día a todos estos personajes que nos presenta Paul Haggis.

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No es fácil tejer un tapiz en el que las historias conecten con tal facilidad. Es complicado realizar un montaje que dé un sentido tan común a una conexión tan aterradora y ambigua entre quien no desea conocerse. Y tampoco es sencillo dar forma a la partitura que acompañe a todas ellas. Menos aún en una ópera prima. O eso creíamos. Todos ellos están condenados a colisionar, a cruzarse en su existencia sin una mísera advertencia del peligro que corren por los actos que realizan y sin un previo aviso en el que su brújula de la moralidad les advierta de que tienen tan perdido el norte que apenas pueden dar un paso sin perderse. Cada uno de ellos intenta sobrellevar la vida que le ha tocado vivir de la forma que mejor puede. Se basan en el egoísmo ilógico de creer que todo (y todos) va en su contra. Que reciben golpes de vida sin que el tiempo les dé un descanso para recuperarse del anterior. Sus propios fantasmas les asolan de forma tan aterradora que creen que en cada vuelta de esquina habita uno de ellos y temen encontrarse de frente con él por si se atreve a relatarles que no son víctimas de su miedo, si no creadores, dueños y señores del mismo. Algunos de ellos se drogan de tal forma con la hipocresía que acaban convirtiéndose en sus más fieles seguidores sin apenas haberse dado la vuelta con objetivo de mirar qué les ha llevado a ser lo que son y mucho menos pensar en qué pueden convertirse de continuar de tal forma.

Crash no es solo una película que habla de los lazos que nos unen al habitar el mismo mundo, es una cinta que flagela con la vara de la indiferencia a quien busca un apoyo en el tiempo o un respiro en un oscuro rincón de un lugar sin dirección y al que los mapas quieren olvidar. Son vidas que se entrelazan, en un baile de realidad que atormenta a cada uno de ellos. Es la muestra de que, en ocasiones, somos seres tan primarios, inocentes y víctimas de nuestra paranoia colectiva que somos los propios causantes de las realidades que nos asolan y nos destrozan. Y, aunque también existen inocentes y víctimas colaterales, es la muestra de que el choque de realidades hace que siempre ganen la batalla los de siempre. Crash habla de personas que se inundan de miedos ajenos y de ser el preciso y claro ejemplo de aquello que tanto odian. Es un fotograma que se desliza en una mirada perdida que no quiere encontrarse. Es el retrato de unas llamas que prenden al son del látigo de la conciencia mientras la moralidad se pierde en cada una de las lágrimas que llora por dentro quien, sin esperarlo, atisba la realidad en un horizonte cercano entre la vida y la muerte. Son dos manos que salvan a una persona por la que hace unas horas ni siquiera habrían parpadeado. Es un ángel en forma de niña que se protege con esa bendita inocencia de la infancia que tanto pretenden robarnos cuando crecemos.

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Crash es una colisión literal con todos ellos. Y también con nosotros mismos. Es una película que duele, que sangra, llora y emociona a partes desiguales. Son las llamas hechas fotograma de esta incendiaria vida que nos ha tocado vivir. Es el rostro de nuestros miedos y nuestras desilusiones. Es la barra de bar en la que se sientan pasado, presente y futuro a dialogar sobre cómo manejarnos haciéndonos creer que el control es nuestro. Y es la muestra de que somos víctimas de nuestra propia naturaleza. Por ello, al final, solo quedan dos opciones: correr más deprisa que todos ellos para escapar o lanzarnos a ese coche en llamas en el que, quizá y sin saberlo, nos estamos salvando a nosotros mismos. Y, de paso, a alguien que pide auxilio tras las garras del destino.