laura

Hay que decirlo desde ya, y alto y claro: Laura, a día de hoy, está infravalorada. Sí, en general está reconocida como una gran película, quizá incluso como una obra maestra, y desde luego todos la conocen como uno de los iconos del cine negro, pero muchos la despachan como una variante “chic” y sofisticada de ese género, cuyo valor estribaría principalmente en su tono romántico y onírico, tono que, sin embargo, no se analiza en profundidad, e injustamente se asocia con lo rosáceo, como si el film fuese una pieza suavizada  y superficial de un género que normalmente es más duro y existencial.

Pues no: aunque sea desde este humilde rincón de Internet (aunque cada vez mayor en seguidores), hay que ponerse a analizar y reivindicar Laura y gritar a los cuatro vientos que es una obra seminal, una obra enigmática, sugerente, de una profundidad y complejidad muy superiores a lo que pueda parecer en un principio; una obra, en fin, maestra, que no solo supone la (temprana) cumbre del arte de Otto Preminger, sino que es una piedra angular para entender muchísimo cine posterior, y no solo cine noir, etiqueta que trasciende fácilmente, sino de cualquier género. Es, para empezar, uno de los experimentos, o, casi mejor, juegos narrativos más fascinantes de la historia del cine, y fascinar, desde luego, ha fascinado a artistas de la talla de Billy Wilder, Alfred Hitchcock o David Lynch, que bien le han rendido homenaje, o lo han utilizado como punto de partida, o han intentado deconstruirlo y reformularlo sin conseguir, eso sí, destruir nunca su inagotable misterio.

Eso sí, se recomienda al lector que no la haya visto que la vea primero, porque para poder defenderla como es debido habrá que desvelar muchos detalles de su trama, y es una trama de intriga cuyas muchas sorpresas merecen ser descubiertas por primera vez en la propia película, no en su crítica. Así pues, avisados quedan, de que en las líneas siguientes habrá SPOILERS.

PDVD_002

En cierto modo, el juego de esta película recuerda al juego de espejos y puntos de vista de Las Meninas. El cuadro de Velázquez, sí, ese ante el que uno se pregunta quién está delante de un espejo, quién delante de un lienzo, y quién mira y retrata a quién. Porque, ¿quién narra Laura? Y sobre todo, ¿desde dónde y en qué tiempo nos la narra? La película comienza y acaba con la voz en off de Waldo Lydecker, el personaje magistralmente interpretado por Clifton Webb en el papel de su vida, pero esa voz en off al principio se sitúa fuera de la historia y nos la cuenta como si fuera un relato del pasado, mientras que al final su voz es un sonido de la radio que los personajes oyen dentro de la propia historia. No solo eso, no solo la voz que parecía extra-diegética se ha vuelto diegética sin que lo notemos, sino que a esas alturas es además la voz de un muerto. Pero, si toda la película estaba contada por Waldo como sugiere el principio, ¿acaso nos está contando todo un muerto, como seis años después nos contaría William Holden la historia de aquel guionista asesinado en una piscina de Sunset Boulevard? Para complicar un poco las cosas, en el punto intermedio del relato uno de los personajes, el Teniente McPherson (el siempre eficaz Dana Andrews) se duerme, y la cámara de Preminger sugiere que lo que ocurra a continuación podría ser un sueño. Pero a esta duda, que el director nunca resuelve, de si la segunda mitad es o no un sueño, el director sutilmente había ya añadido varias dudas previas: ¿es la película o no el relato de Waldo Lydecker? Y si lo es, ¿es un relato fidedigno de lo que ocurrió? Y sea fidedigno o no ¿Quién sueña la segunda mitad de la película si el teniente McPherson es a su vez una creación de Waldo, y para colmo Waldo puede estar muerto? Dicho de otra forma, la segunda mitad podría ser la fantasía que el Teniente McPherson tiene sobre Laura Hunt, deseando que estuviera viva, pero también podría ser la fantasía de Lydecker, deseando igualmente no haber matado a Laura, sino, al contrario, que Laura (a través de McPherson) lo hubiera matado a él. Es decir, podría ser una fantasía muy parecida a la que décadas más tarde tendrán varios personajes de David Lynch en distintas carreteras perdidas, llamadas o no Mulholland Drive. No olvidemos que Lynch ha rendido clarísimos homenajes a la Laura de Preminger: Twin Peaks, por ejemplo, está plagada de guiños, desde el mismo nombre de la asesinada, Laura Palmer.

Aunque sea el Vértigo de Hitchcock el film que actualmente ha quedado como el definitivo en este tipo de narraciones necrófilas, es Laura el que lo inicia todo, la obra primigenia sobre supuestas muertas que reaparecen para confundir a los enamorados que causaron su muerte o no supieron evitarla (y Hitchcock también rinde homenaje a Preminger, que James Stewart contemplando el retrato de Carlotta / Madeleine no es muy diferente de Dana Andrews conetemplando el de Laura). Pero me atrevería a decir que Laura es no solo la original, sino además la más enigmática de todas ellas, la más reacia a revelar todos sus misterios y a dejarse agotar: hay mucho que leer o especular acerca de quién puede estar narrando y soñando cada cosa, y lo que esos sueños y fantasías revelan, no sobre Laura, sino sobre sus enamorados. Una de las teorías especulativas que más me gustan es la de que Waldo Lydecker pueda ser en realidad un homosexual reprimido (y recordemos que Clifton Webb era homosexual, y ni él ni el director se esfuerzan por ocultar su pluma en la película) que mata a Laura (¿o sueña con matarla?), frustrado por su incapacidad de amarla sexualmente y ante la clara preferencia de Laura por hombres más tradicionalmente viriles. En ese caso, si el Teniente McPherson es un personaje imaginado por él, Waldo estaría en realidad volcando su odio contra sí mismo, y crearía un personaje de ficción que vendría a ser como su otro yo, su yo hiper-viril e idealizado, que mata al Waldo real, como castigo por haber matado o haber deseado matar a Laura, y se queda con la chica.

Pero, como digo, Laura es una obra que se resiste a revelar sus secretos, y todo lo anterior no son más que especulaciones ante el infinito misterio narrativo, ante el endiablado juego de espejos y puntos de vista propuesto por Preminger. Preminger, rey de la ambigüedad, enamorado de los finales abiertos y de los cuentos que dejan las interpretaciones en manos del público, un director que consiguió condensar toda esa obsesión por el enigma ya en su primera película, en la que perfecciona, a la primera, y por ejemplo, su solo aparentemente objetivo uso de la cámara, moviéndola sinuosamente en planos largos, sin cortes, en los que parece estar documentando los hechos fríamente y sin posicionarse, cuando en realidad está invitándonos a dudar de si lo que vemos es real o es un sueño o una ficción. Un director, también, que, para aumentar esa ambigüedad, gustaba de escoger a actores muy poco teatrales, actores que, como Robert Mitchum o Dana Andrews, tendieran, no a expresar sentimientos, sino a ocultarlos tras una fachada de ironía o dureza. Y he dejado para el final conscientemente a Gene Tierney, nunca una gran actriz, pero sí ejemplo perfecto de esa ambivalencia: una mujer de una belleza tan perfecta que resulta siempre lejana, un sueño tan inalcanzable que lanza en espiral autodestructiva a los muchos hombres que la admiran… Tierney es, aquí más que en ninguna otra de sus interpretaciones, la encarnación del enigma, una esfinge que nos mira desde su retrato pero no nos revela nada, solo desata nuestro deseo e imaginación. Ella es la materialización de Laura, pero no solo del personaje, sino de toda la película, de su esencia, ya que la propia película es, en sí la gran esfinge del género negro, la Gioconda de la historia del cine: un monumento cuyo misterio y fascinación no se agotarán nunca.