Pocos conocen los entresijos del mundo del cine como los que trabajamos en él. Y no estamos hablando de los excesos, las prisas, la alteración de los bioritmos o el nivel de autoexigencia del arduo proceso de preproducción; tampoco de las posibles (y siempre utópicas) imágenes que se recogen en un making off o el posterior éxito (o no) de su estreno; es todo lo que acontece entremedio. François Truffaut, cineasta galo precursor de la llamada Nouvelle Vague, sabe sintetizar de forma eficaz en Día y Noche lo que supone todo eso, lo que supone rodar una película. Concretamente Meet Pamela, una cinta con vocación trash que aúna a un conglomerado de dispares personajes en un rodaje que termina por convertirse en una jaula de grillos. El resultado es un acto de metacine irreversible. Una sátira de indudable gallardía con la que recapacitar sobre demasiadas cosas pero, por encima de todo, del amor incondicional por el séptimo arte.

La escena escogida nos ubica en el plató del Estudio Victorine, en Niza, a principios de 1973. Truffaut, que interpreta al director de Meet Pamela, Ferrand, grita tras la cámara que la señora del perro camine más deprisa o que el coche rojo aparezca antes, mientras Alphones abofetea a su padre en medio de una concurrida calle. Todo lo demás es ficción, como emulando a El show de Truman. ¡CORTEN! Y vuelta a empezar. El director galo repite el proceso de manera mecánica con el objetivo de acercarnos a esa desidia que muchas veces adolece al cineasta cuando las tomas no salen a la primera. Porque tal y como queda constatado en La noche americana (de manera más o menos explícita), rodar una película no es sencillo. Algo que no nos han enseñado la mayoría de extras de los DVDs o los videoblogs de Peter Jackson mientras rodaba El Hobbit, y que todavía hoy siguen convirtiendo nuestra industria cinematográfica en una de las peores pagadas y valoradas de Europa.

Pero lejos de perderse en los inconvenientes del rodaje, Truffaut va más allá y se ríe de ellos, dirigiendo la cámara a analizar los roles familiares que se establecen en el rodaje. Todos y cada uno de los personajes representan arquetipos clásicos del mundo del cine: la estrella del film de indudable belleza, la diva en horas bajas y alcohólica perdida, el actor con crisis de sexualidad o el productor sin escrúpulos, de manera que al final de la cinta sentimos ese lacónico sentimiento de abandono que los miembros del rodaje al terminar el proyecto. Un proyecto que, como la escena, se repetirá hasta la saciedad en un futuro. Porque el cine es eterno y la devoción del cineasta por él, también.