Cuando la grandeza tiene nombre y apellidos se hace fácil encontrar demostraciones de ella en sus creaciones, y puede resultar un arduo trabajo concretar cuál es la mayor expresión de genialidad de un cineasta al que valoras con tanto entusiasmo. Se puede buscar toda aquella espectacularidad visual con la que nos fascinamos en el cine, pero a veces no se trata de un elaborado montaje, o una secuencia innovadora, sino que la espectacularidad se llega a resumir en íntimos momentos con los protagonistas, tu vínculo con los personajes alcanza la estratosfera y con cuatro decisiones sencillas puedes quedar estupefacto de amor y dolor. Paul Thomas Anderson, el rey (en mi humilde opinión) de las sensaciones en cámara, consigue en Magnolia muchas cosas, pero la definición de todas ellas se resume en un fragmento musical, irreal y profundo.

Aquellos afortunados que hayan podido ver Magnolia sabrán de qué escena se trata, pero para todos aquellos que aún han de descubrir esta película tan poderosamente empática les pongo en situación. Nueve personajes con, aparentemente, distintas vidas, pero con un nexo en común: el fracaso estrepitoso en su vida y la decepción del rumbo en el que el destino les ha llevado. Ya en una primera secuencia, después de una espectacular introducción en voz en off sobre las coincidencias, conocemos la personalidad de todos con un estilo que bebería posiblemente del Scorsese más enérgico, pero si bien ahí parece que comprendemos a nuestros viajeros en la historia, es solo la capa superficial. Así como la vida misma, toda primera impresión de alguien se basa en el juicio ajeno (aunque suene mal), pero es en la intimidad cuando por fin vemos más allá de todas esas capas con las que se cubre una personalidad. Esta escena es nuestro momento íntimo con todos ellos, en un punto sin retorno de la trama, donde crees que ya es imposible que les ocurran más desgracias. Por fin, un nexo en común entre los nueve fracasados: la soledad, acompañada de una canción sobre el arrepentimiento, la desolación y la ceguera emocional a causa de ésta misma. La carrera a la muerte interna pasa por no querer afrontar todos los errores, y no parará hasta que se den cuenta de ello. La cámara se limita a acercarse suavemente a los rostros de los personajes mientras ellos, a través de la misma letra, expresan de forma desamparada el punto más bajo al que van a llegar.

Y digo yo, ¡qué bonito poder conseguir un vínculo tan fuerte con tanta gente a la vez!, pues jamás he podido disfrutar de ninguna película con un carácter tan empático como esta. Todo acaba explotando en una secuencia musical de tres minutos y medio, donde, como si fuesen estatuas, cantan al vacío, para sí mismos, esperando a que alguien les escuche, que alguien les empuje a creer, en que recapaciten. No se trata de virtuosidad visual, no se trata de sacar un brazo ficticio de la pantalla con pañuelos diciéndote “toma, llora, llorarás con esta película”. El cineasta deja la emotividad para el espectador, centrándose en ser lo más sincero posible con los sentimientos. Al fin y al cabo, de eso se trata muchas veces el cine, de ser sinceros y verdaderos. Y es que esta escena resume, no solo los personajes y la película, sino también el drama cotidiano. La soledad une a las personas aunque estén separadas, un mensaje triste, pero no por ello desesperanzador y, podría llegar a decirse, precioso por momentos.

“It’s not going to stop, until you wise up”