Se me abre un mundo de posibilidades cuando me piden que elija una escena, concreta y única, para escribir algo como este artículo. El número de fotogramas que aparecen en mi cabeza es abrumador. Veo secuencias de películas que adoro, de algunas que me marcaron especialmente e incluso de otras que odio con todo mi ser. Y debo que escoger una. No tiene por qué ser ni la mejor ni la peor, solo una que compartir con vosotros y con la que pueda (intentar) aportar algo. Así que empiezo la ronda de descartes. Como (en un mundo ideal) me gustaría enseñaros algo que tal vez no conozcáis, elimino todos los clásicos del cine y las secuencias míticas que hicieron historia por una razón u otra. Eso, como criba inicial, ya reduce considerablemente el número. Luego, tampoco quiero ponerme gafapastoso así que todo aquello con lo que considero que podría sonar pedante se va a la papelera de reciclaje. Me doy cuenta de que no busco analizar una escena por su técnica, sus planos o su buen hacer puramente cinematográfico. Quiero hablar del sentimiento que me produce esa dichosa escena, así que todas las maravillas técnicas se esfuman también. Ya quedan poquitas. Sería buena idea rebajar el número eligiendo un género. ¿Drama? No me veo con fuerzas. ¿Comedia? No diría nada nuevo. ¿Terror? Lo haría pero es que no tengo ni idea. ¿Y qué tal algo romanticón? Pues oye, mira, me apetece. Rápidamente pienso en (500) días juntos pero ya está todo dicho en el sensacional artículo de Pablo Ollero. Busco alguna otra de mis preferidas, y suena Free Bird, de Lynyrd Skynyrd en el Spotify. Ya lo tengo.

Elizabethtown no es, obviamente, ninguna obra maestra. Es más, su propia ficha técnica la sitúa, sin necesidad de verla, en ese conjunto de comedias románticas del montón que no trasciende más allá de la sobremesa de Antena 3. Un rato ameno, por llamarlo de alguna forma. Pero sin embargo, creo que tiene algo. Que más allá de ese envoltorio sin pretensiones hay algunas trazas de genialidad que (ojo) incluso funcionan con Orlando Bloom de prota. La historia va, para que os pongáis en situación, de un fracasado en un momento muy penoso de su vida que viaja a su pueblo natal porque su padre ha fallecido y en el viaje conoce a una chica (pelín manic pixie girl, cómo no) que le ayuda a reencontrarse en la vida. Una vez presentados los personajes, avanzado el romance y cerca del viaje espiritual del tercer acto con las cenizas de su padre, ocurre esta escena que es la ceremonia (llamémoslo así) que organiza la familia para el funeral. Y que, por asuntos de fanatismos musicales varios, contiene una cover en directo de Free Bird, para un servidor una de las mejores canciones de rock de la historia. Y, bueno, si habéis visto la escena veis que tocan la canción, es todo un caos con fuego y luego agua y gente corriendo, los músicos siguen tocando ese solo de guitarra eterno y divino bajo la falsa lluvia y todo el equipo sigue funcionando, el funeral acaba siendo una celebración de la vida… Ah, y Orlando Bloom y Kirsten Dunst como que ponen punto final a la romántica historia que han compartido a lo largo de la película en una despedida agridulce. Y eso es la escena. Un temazo bien montado en imágenes que además cuentan cosas. Sólo por eso deberías verla, en serio.

Pero obviamente no os he soltado todo el rollo del principio para nada. Quiero reflexionar sobre una cosa. Esta escena posiblemente no sea nada trascendente (pero no me digáis que no mola aunque sea un poquito). Y seguro que más de uno termina este artículo encogiéndose de hombros y cerrando la pestaña. Pero para mí, de alguna forma, lo es. Como cualquier otra. Lo es por el momento, por el lugar o por cualquiera de las miles de circunstancias que movían el mundo cuando la vi. Por cosas así es por las que una escena banal puede encajar perfectamente como la maquinaria de un reloj con el resto de cosas que hay en tu cabeza y, pof, se crea el recuerdo. Y con él la idea de que puede ser buena idea hablar de ella en un artículo. Porque, al final, cualquiera de los otros geniales artículos de La Escena Indiscreta no sólo habla de una escena que merecer ser vista, sino que habla de la persona que, gracias a esa escena y todo lo que la rodeaba, tiene un lugar especial para ella. Y que, desde que la vió en adelante, le acompaña en algún lugar de su cerebro. No descubro nada, pero eso es un poco de lo que podríamos llamar amor al cine. Y, bueno, de eso es lo que quería hablar en un principio ¿no?