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No será ésta la única crítica del último trabajo de Mia Hansen-Løve que lleve por título esas palabras, “Entre la euforia y la melancolía”, ya que son palabras que dice el protagonista de la cinta acerca de la música que hace, y palabras que describen a la perfección no solo esa música, sino la propia película dedicada a esa música.

La directora francesa se ha inspirado en su hermano Sven para su nueva obra, un joven que intentó triunfar en el mundo de la música House francesa, movimiento musical de vida no muy larga que dio un toque más denso y melódico al disco garage que se había vuelto a poner de moda a mediados de los años 90 del pasado siglo; y, con esa densidad sonora y melódica, efectivamente, grupos como Daft Punk o Justice dieron un toque melancólico a una música que en principio estaba destinada para causar solo euforia en la pista de baile. Y la euforia, como se sabe, es efímera, y ese carácter efímero es lo que la vuelve melancólica: en el momento en que uno se da cuenta de que la gloria de un segundo se desvanece al siguiente, cierta tristeza se mezcla con la alegría. Por un momento breve y mágico la mezcla de ambas produce una extraña sensación de plenitud, que también desaparecerá a medida que la tristeza vaya ganando terreno.

Ese segundo mágico es el que quiere capturar Hansen-Løve en su película, al menos en cuanto al tono que busca: narrativamente la película podría ser un biopic musical más, a modo de crónica del casi-ascenso y la caída (la caída ya sin el “casi”) de Paul, trasunto en la pantalla de ese hermano que inspira la historia; pero se diferencia de esos otros biopics en que el objetivo, más que el retrato psicológico del artista post-adolescente, es la captura y reproducción de un estado de ánimo, de ese agridulzor de la fiesta cuando empieza a convertirse en resaca, de la juventud cuando empieza a convertirse en madurez. En ese sentido, la cinta está más cerca de las películas de, digamos, Sofía Coppola, que de Ray o En la cuerda floja o cualquiera de esas biografías de las que cuajan los Oscars de interpretación cada año, aunque con mayor autoconciencia de la posible banalidad de todo ello que en un filme de Coppola junior.

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Porque la joven autora, como viene demostrando desde hace ya un par de películas, tiene ambiciones mayores y más profundas que la mera expresión de un estado de ánimo, y quiere examinar de dónde viene y a qué conduce, plantearse si querer vivir solo de ello tiene un lado destructivo, ver qué queda que sea sólido cuando una evanescente sensación desaparece. Y, con todo el cariño posible por ese sosias de su hermano que crea en pantalla (con la ayuda de una muy ajustada, realista y sutil interpretación de Félix De Givry, talento interpretativo a seguir a juzgar por este filme), es muy clara cuando se trata de mostrar la nada a la que ha avocado el sueño de vivir de la euforia, mientras el resto del mundo trataba de crearse relaciones más duraderas, mientras los amigos de Paul crecían y el seguía soñando.

Tiene todo ello algo de retrato generacional de tintes críticos, pero sin cargar esos tintes: la directora no se pone moralista ni pretende jamás encasillar a toda una generación, pero Paul y sus amigos no dejan de ser tan reales, tan específicos y tan parecidos a cualquier otro joven de finales de los 90 y principios de los 2000, que sus complejos de Peter Pan o su hedonismo, su acceso a las mieles de la juventud y su pérdida, dan donde duelen. Y hay que decir que todo ello, tanto la falta de subrayados y moralismos como el tino con que recrea el mundo de hace 15 o 20 años (y no he visto a ningún otro director que retrate tan certeramente la forma de hablar, de moverse, de bailar, de divertirse o de relacionarse de mi generación entonces) son cosas a admirar en Mia Hansen-Løve.

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Vemos, pues, que acierta a capturar un estado de ánimo muy fugaz, que sabe analizar su significado y consecuencias, y que además sabe hacerlo extensivo a una generación a la que retrata como nadie. Pero aun así, algo le falla a la película: con la sutileza de una elipsis, en Primer amor, su anterior filme, conseguía expresar todo un abismo de tristeza que se abría bajo los pies de la protagonista cuando comprendía que crecer es superar pérdidas. Aquí esa misma sutileza deja algo frío durante gran parte del metraje: las elipsis solo parecen llevar de un punto de la historia al siguiente sin que signifiquen mucho, y esa historia parece apenas avanzar, volviéndose ligeramente redundante la sucesión de fiestas, viajes, encuentros y desencuentros. Si el momento mágico entre la euforia y la melancolía dura tan poco tiempo, la parte central de la cinta debería haber sido así, fugaz e inolvidable. En los compases finales vamos entendiendo el sentido último de tanta acumulación de detalles: cada pequeña alegría y cada pequeña decepción, cada pequeño amorío, cada amistad interrumpida, todo eso que parecía tener poco calado en un principio, cobra significado y se llena de tristeza cuando Paul finalmente se derrumba, pero quizá la emoción tarde demasiado en llegar y sepa a poco.

Puede que hablar de la vida de su hermano no le toque tan de cerca a Hansen-Løve como hablar de la suya propia (y la directora reconoce en las entrevistas que todas sus películas son muy autobiográficas) y por eso no terminamos de estar en la piel de Paul hasta muy al final, pero, sea cual sea la causa, el caso es que eso es lo que ocurre, y que la película, dejándose ver y teniendo muchas cosas que admirar, se alarga excesivamente sin terminar de conquistar hasta su último tramo. No es, por tanto, la mejor película de su autora, pero es una buena muestra de sus muchos talentos, y al menos deja al final un sabor de boca intenso. Un sabor intenso entre el dulzor y la amargura.

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Ficha técnica:

Título original: Eden Director: Mia Hansen-Løve Guion: Mia Hansen-Løve, Sven Hansen-Løve Música: John Paesano Fotografía: Denis Lenoir Reparto: Félix De Givry, Pauline Etienne, Laura Smet, Vincent Lacoste, Vincent Macaigne, Greta Gerwig Distribuidora: Abordar Casa de Películas Fecha de estreno: 18/09/2015