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Pocas cosas son tan cabales como desear que no llegue el día en que sea la última vez que se frecuenta a John Ford. Valgan estas líneas para posponer ese día y actualizar así un cariño que no es solo fuente de belleza, sino también de verdad (sean lo que sean ambas cosas cuando son tratadas en abstracto). Dos películas son en esta ocasión el pretexto: una que aparece en casi todas las listas de obras maestras, y otra que no suele hacerlo. La una es El hombre tranquilo (The quiet man, 1952), la otra, La taberna del irlandés (Donovan’s reef, 1963), ambas protagonizadas por John Wayne, un actor más dotado de lo que deja ver su mítica imagen de eterno hombre del oeste como icono para la historia.

Hay una extraña añoranza que provoca Ford en su capacidad para crear pequeños mundos ficticios que, venturosamente, se convierten en hogares abiertos de carne y hueso donde mudarse esta misma tarde. Las costumbres son sencillas allí, y mantienen el pulso de una comunidad tal vez algo idealizada (y a mí qué), lo sensible nunca es sensiblería en tierras fordianas, los ojos de sus habitantes no miran al suelo, y el entorno propicia que comparezca lo que más importa: el amor, la amistad y las heridas que supuran los pasados, ese dolor enquistado que busca ser restañado, aun sin garantía de éxito.  

Cómo no querer vivir, por ejemplo, en ese pequeño pueblo irlandés al que regresa el ex-boxeador Sean Thornton para, por fin, instalarse, reposar y limpiarse el sudor y la sangre de todo lo andado. El hombre tranquilo no quiere otra cosa que comprar y restaurar la vieja casa donde nació, enamorarse (quién no) de la irresistible Mary Kate Danaher y tomar algunas pintas vespertinas en el pub de Innisfree. Vida sosegada tras el vértigo pasado, que bien representan el boxeo y la acogedora y terrible América, la tierra prometida que no da nada –ni dinero, ni fama- sin cobrarse como precio la inocencia afectiva de un origen rural austero.

El hombre tranquilo

Pero no sobreviene sin más esta tranquilidad deseada, y Thornton tendrá que luchar (ya no en el ring y también consigo mismo) para que el deseo se convierta en aquietada vivencia. Tal es el momento de verdad que muestra Ford sin subrayados, consciente de que el alcohol –no solo el que proporciona el licor- es un escozor que cauteriza heridas, mas no por sí solo, sin risas ni camaradería, sin el imprescindible concurso de otros colegas de pelea, no sin el desafiante gesto cómplice de sus paisanos. Con esto, el protagonista de El hombre tranquilo no es más que un tipo semejante a cualquiera, lo que viene a ser nada menos que un héroe que se esfuerza en uno de los retos más difíciles que, desde Homero, ha sabido reflejar el arte: volver a casa.

En esta labor le da impagable réplica el inolvidable y nada secundario personaje femenino, más sutil y respetuosamente tratado de lo que se suele concluir de un excesivo y parcial hincapié en ciertas escenas de la película. Ford, como cualquier grande, escapa a toda etiqueta, y así, el personaje de Maureen O’Hara (suspiro) necesita fabricar su propio hogar futuro, a fuerza de limpiar su honor como premisa insalvable, y a golpe de dignificar su nombre por encima de las miopes jerarquías masculinas. En una palabra, Mary Kate siente el deber de llevar a cabo algunas cosas importantes según sus propias reglas, y Ford comprende y alienta su tarea desde la silla de director antes que el ofuscado protagonista masculino. Ambos trabajos –el de Thornton y el de Mary Kate- solo se lograrán con colaboración y mutua cercanía; nobles actitudes que, lejos de ser un a priori en estos personajes más humanos cuanto más les queda por aprender, son también resultado del conflicto y el denuedo. La vida, la amistad y el amor se labran, se forjan, están en constante y quebradizo hacer, parece decirnos Ford casi en cada toma. Y la lucha merece la pena, aunque solo sea porque, como dice el genio autodestructivo de All that jazz (otra maravilla del cine, aunque no precisamente fordiana), “estar en el alambre es vivir; el resto es esperar”.

Más allá del primer plano, esto es, aparte del tratamiento cómico y lúcido del proceso del amor (y amistad) en una pareja que adolece de cerrazones mutuas, la maravilla de El hombre tranquilo se completa con una deliciosa galería de personajes secundarios, con los que sería un placer emborracharse cada atardecer y a los que cabría confiar cualquier secreto con la certeza de la mano tendida. Algo más que el azar debe motivar que la amistad vertebre y haga crecer a menudo las películas de no pocos clásicos, desde Ford hasta Hawks, desde Wilder hasta Eastwood.

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De amistad también habla La taberna del irlandés, otra película con personajes que buscan cura y ayudan a curar, y otra película en la que John Wayne se enamora –de un modo brutal, tierno y cómico- de una mujer que debe resolver aspectos de su pasado con esforzada autonomía. Similitudes aparte, la película destaca por el tosco y noble personaje de Lee Marvin, un tipo que fundamentalmente bebe y pelea. Son amores esas peleas, son ásperos divertimentos que unen más que separan, y es la taberna su marco, esa plaza generalmente vetada a las mujeres donde se fraguan los lazos de los hombres. El alcohol hace crecer la bravuconería, la comicidad y la tendencia a los puños de los personajes, pero también consolida una amistad nada frágil, ni mucho menos falsa o innoble, pero sí elusiva y torpe, algo coja al estar cubierta por un velo protector contra lo explícitamente sentimental. Mientras tanto, y por fortuna, las mujeres de Ford se saltan el veto de la taberna y cualquier otro que los hombres consideren férrea norma, a la vez que ponen en duda las imposturas y reservas masculinas, esquivan minas para trazar su propio camino, y –al igual que el maestro John Ford– acaban diciendo mucho más de lo que dicen.