Continuamos nuestro recorrido por la 12ª edición de DocumentaMadrid con dos películas que tienen como trasfondo la guerra de Afganistán, pero desde puntos de vista muy diferentes. Si en la Sección Oficial, Tell the spring not to come this year, de Saeed Taji Farouki y Michael McEvoy, ganadora en la última Berlinale del premio del público en la sección Panorama Documental, es una cinta bélica de carácter más convencional, dentro de Panorama del cine español, recién llegada del Festival de Málaga, pudimos ver Game over, de la reconocida directora y videoartista Alba Sotorra, que supone una reformulación del acercamiento a la llamada “generación perdida”.

Tell the spring not to come this year  – De soldados y hombres

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Un título como el que da nombre a la película que vamos a comentar, quizás sugeriría algún tipo de ejercicio poético. Lejos de eso, Tell the spring not to come this year es más bien un acercamiento en clave de reportaje al día a día de un grupo de soldados del ejército afgano, desde los momentos de intimidad hasta los peligros a los que se enfrentan, o sus funciones como responsables de los civiles, entre los cuales su presencia no es muy bienvenida. Saeed Taji Farouki y Michael McEvoy no hablan del ejército como algo abstracto, sino que optan por centrarse en los individuos y observarles de manera personal, dando una imagen que quizás se antoja demasiado benévola.

La cámara se introduce también en operaciones que los militares llevan a cabo, algunas de ellas muy arriegadas, como la parte final en la ciudad de Sangin. En sus momentos más valientes, recuerda a la ganadora del Premio del Público el año pasado en el mismo DocumentaMadrid, la siria Return to Homs, de Talal Derki. Sin embargo, frente a la sinceridad de aquella, Tell the spring… resulta algo tramposa en su manera de aunar imágenes y testimonios. También la música entra en el juego para desestabilizar al espectador, algo que no tendría por qué resultar un problema si no fuera un efecto tan evidentemente manipulador. Sin duda, la película tiene momentos escalofriantes, pero, con un montaje que sería más propio de la ficción (incidiendo en los primeros planos), impide sentirse completamente implicado con lo que se está contando. Algo que, en un filme de estas características, debería ser lo fundamental.

Game over – El juego de la guerra

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Djalal es un joven catalán de ascendencia iraní, obsesionado con todo lo que tenga que ver con el mundo militar. Además de tener una gran colección de equipamiento y armamento, desde pequeño le ha gustado hacer fotos y rodar con su cámara. Finalmente, decide alistarse en el ejército, y se marcha a Afganistán. Game over se erige en gran parte sobre las imágenes que Djalal graba allí de manera compulsiva; pero lo que finalmente configura la película es su cambio de mentalidad a su regreso a España: tras una experiencia de la guerra un tanto contemplativa, lejos de la acción que él imaginaba, decide no volver. Es ahí donde empezará el verdadero problema, descubrir hacia donde enfocar su vida, ahora que el sueño que tenía se ha desvanecido.

La directora Alba Sotorra nos presenta a este veinteañero que sigue siendo como un niño. A lo largo del metraje, descubriremos las circunstancias personales que le han llevado a ese estado: se encuentra en el medio del divorcio de sus padres, y su madre le sobreprotege por haber tenido un accidente de pequeño. Se pasa los días perdiendo el tiempo con su novia, y en las redes sociales, subiendo fotografías a Facebook o vídeos de Youtube. El patetismo de esta situación llega convertir la película, en ocasiones, en una comedia negra involuntaria. Sin embargo, la sensación de tensión y angustia, generada a través de momentos de languidez debidos a la falta de aspiraciones, es constante y casi palpable.

Game over es una película que representa como pocas a una generación concreta, cuya pérdida de objetivos les ha llevado a la más absoluta apatía. Al no saber qué hacer con su vida, no hacen nada. No es casualidad que en muchos filmes que retratan a estos jóvenes, los protagonistas acaben rodeados de cajas con sus cosas, simbolizando una búsqueda de asentamiento que nunca llega. Djalal, ante la perspectiva de tener que dejar su casa (la cual su padre ya no puede seguir manteniendo), se verá obligado a tomar decisiones de una vez, y a darse cuenta de que el juego debe acabar, para dar paso al mundo real.