El director húngaro Béla Tarr, quizá el más conocido de todos los directores de ese país, ha construido una filmografía extensa en el tiempo, no tanto en el número de películas, en la que cada uno de sus trabajos se ha convertido en pieza de culto y en un ejemplo de lo que la personalidad de un cineasta puede conseguir. Se le ha relacionado con múltiples influencias pero bien es cierto que su cine ya es algo totalmente único y reconocible y con un fuerte sello de autor.

La escena que voy a comentar pertenece a la que es a título personal mi película favorita de cuantas ha dirigido Béla Tarr: Armonías de Werckmeister. Dado que es una película demasiado compleja como para describir en unas pocas líneas y mi intención no es hablar enteramente de ella, la resumiré para contextualizar la escena de la forma más breve posible.

Armonías de Werckmeister es una película completamente metafórica sobre el poder político y la influencia que éste ejerce en la población más ignorante. La ballena, el circo, el personaje de El Príncipe; todo son metáforas de la belleza, la ignorancia, violencia, poder o libertad que salpican la historia de un astrónomo, Janos Valuska, que representa la bondad y el conocimiento y será testigo directo de la descomposición de la civilización, en este caso comprimida en un pequeño pueblo.

En este proceso de descomposición y autodestrucción imparable se enmarca la escena de la que voy a hablar. Aunque existen otras dos escenas que también me parecen dignas de mencionar en este monográfico, finalmente me he decantado por esta por el poder que tiene la imagen en ella.

Transcurre en un hospital en el que, en medio de unos violentos disturbios, la muchedumbre enfurecida irrumpe con violencia destrozando todo y golpeando todo a su paso. Toda la escena es un único plano secuencia de 8 minutos y que provoca una inmersión total en lo que ocurre en ella. La cámara se desliza a lo largo de un pasillo, parándose en la puerta de cada habitación y filmando como en cada una entran los violentos a destrozar y agredir a los enfermos, algunos incluso tumbados en las camillas sin posibilidad alguna de defenderse. La violencia de la escena es muda, pues no se escucha un solo grito en los 8 minutos, como si las propias víctimas supieran ya el futuro que les esperaba y lo aceptaran con resignación. Algunos intentan escapar o esconderse pero en general lo que ocurre en la escena parece inevitable a ojos de los agredidos y de los agresores.

Todo ocurre de esta forma hasta que en un momento dado, dos hombres apartan una cortina y descubren a un anciano desnudo de pie en una bañera. Ese instante, en el que comienza a sonar la triste melodía de Mihàly Vig, supone uno de los momentos más desgarradores que se han filmado jamás en la historia del cine. La imagen de ese anciano esquelético y mojado, pegado a la pared del baño mirando con terror absoluto a los dos hombres supone un punto de inflexión en el comportamiento de éstos,pues a partir de este instante, quizá por los remordimientos ante una imagen tan triste o quizá porque simplemente se han dado cuenta de la barbaridad que han hecho, todos los agresores, de nuevo en silencio y sin mediar palabra, abandonan el hospital.

La cámara, que ha permanecido quieta grabando al anciano, vuelve a moverse sin cambiar de plano para seguir a los hombres de nuevo a la salida y descubrir que, en una esquina que no llegaron a descubrir, permanecía escondido el protagonista, Janos Valuska, que mira con auténtico pavor a la cámara durante unos largos segundos, aterrorizado por lo que ha visto (y quizá por ser el único que lo comprende) poniendo así fin a una de las escenas más impresionantes que se han creado jamás.